Eva Díaz Pérez
Eva Díaz Pérez - ROCÍO RUZ
NOVELA

Eva Díaz Pérez: «Murillo y Velázquez son los dos caminos del artista»

La columnista de ABC presentó ayer «El color de los ángeles», donde novela la vida de Bartolomé Esteban Murillo en la Sevilla del Siglo de Oro

SEVILLAActualizado:

El rigor, la investigación y la documentación son tres pasos ineludibles para la sevillana Eva Díaz Pérez a la hora de escribir una novela histórica. Porque la novela significa ficcionar y fabular, pero cuando lleva el adjetivo de histórica, debe ser verosímil y mostrar la psicología de los personajes, que suele quedar fuera de los documentos de los archivos. Esa idea anima «El color de los ángeles» (Planeta), la novela en la que la escritora y columnista de ABC presenta a un Bartolomé Esteban Murillo de carne y hueso, con sus dudas y certezas, sus impulsos creativos y su vida de padre de familia, en la Sevilla barroca del Siglo de Oro que se asoma a su decadencia, convertida en un personaje más de esta narración. La novela se presentó el jueves en el Espacio Santa Clara.

¿Cuándo y cómo se dio cuenta que la vida de Murillo tenía una novela?

Me di cuenta de que era un personaje muy popular y, aparentemente, muy conocido, incluso internacionalmente. Vas a cualquier museo del mundo y en la sala de pintura española siempre hay un murillo. Pero después pensé que existen muchos clichés que lo limitan solo como un pintor religioso. En esto es excepcional y lo tenemos que reivindicar como creador del imaginario amable de la Contrarreforma, que dulcifica la religión y la hace más humana. Pero aparte de eso, es un pintor que reivindica la pintura popular. Crea el imaginario popular de nuestro Siglo de Oro. Son dos vertientes que dan como resultado un artista completísimo.

De hecho, usted se detiene en la novela en el «Niño espulgándose».

La novela reivindica mucho ese artista que, es verdad, hace eso por los encargos que recibe de los flamencos. En ese momento, en Flandes y en Holanda se está viviendo una revolución en la historia del arte, que es apuntar a la vida cotidiana, los seres anónimos… Desde Sevilla hay un artista que también apuesta por eso. Cuando, siendo tan famoso y tan reconocido, no estaba tan bien visto, pues en los tratados pictóricos de la época de Pacheco y Carduccio se ataca mucho a esa pintura.

¿Es hora de dejar atrás, entonces, esa imagen de Murillo como pintor de vírgenes y querubines?

«La documentación es fundamental. Luego el novelista fabula, pero siempre desde la ficción verosímil»
Eva Díaz Pérez

Creo que más que dejarla atrás hay que añadirle las múltiples facetas que tiene el personaje. El problema es que se ha utilizado su pintura, encasillándola, convirtiéndola en algo kitsch. Durante el nacional catolicismo se hizo una popularización de fabricación en serie de su pintura, de mala calidad, en las típicas cajas de membrillos, almanaques… Eso ha limitado mucho al personaje. Él hace una labor muy importante en la España de la Contrarreforma. Ves la obra de otros artistas y es ese mundo que da miedo, tenebroso…

La documentación histórica le ha servido, entonces, para desde la literatura construir al personaje.

A mí me encanta la novela histórica y me sorprende que haya mucha gente que se apunte al carro comercial sin ese trabajo anterior de documentación extenuante. Para mí es fundamental, me sumergí en la Sevilla del siglo XVII, en todas las investigaciones sobre Murillo, Valdivieso, Diego Angulo... Luego hay lagunas, que es donde el novelista fabula, pero siempre desde la ficción verosímil. Todo tiene un sentido, incluso las cosas en las que yo he hecho más ficción, tienen una probabilidad. La novela histórica se utiliza muchas veces para cada disparate brutal.

Un buen ejemplo de ficción verosímil puede ser el encuentro entre Velázquez y Murillo, que no está documentado, pero que dan probable especialistas como el director de la National Gallery, Gabriele Finaldi.

Finaldi, Bartolomé Benassar… Pudo ser. Murillo hizo dos viajes a Madrid. El primero no está ni siquiera documentado. El segundo se intuye, pero no está confirmado que se conocieran, pero es probable. Velázquez recibía a los paisanos. Se sabe que Murillo estuvo viendo las colecciones reales, por qué no estuvieron juntos. Y a partir de ahí se abre el mundo de la literatura, que es crear un episodio en el que hay un diálogo entre ellos. Eso me parece precioso y muy osado también.

Una conversación sobre el destino que la posteridad podría deparar a ambos artistas, pero también sobre un tema que llega hasta nuestros días: si el artista debe quedarse en Sevilla o salir al mundo.

«Es la Sevilla barroca, llena de contrastes, la ciudad que está intuyendo el charco de su decadencia»
Eva Díaz Pérez

Totalmente. Murillo y Velázquez son los dos caminos del artista y sigue ocurriendo. O te quedas o te marchas. Planteo a ese Murillo pensando si se marcha o no, y si por eso su pintura queda alicorta o provinciana. Es verdad que la Sevilla de la época era mucho más importante que la de nuestra época. Murillo se queda porque es el mejor pintor de Sevilla, tiene encargos de todo tipo. Por eso creo que es tan importante cuando ve esas colecciones reales y ahí fabulo qué tuvo que sentir Murillo cuando ve la obra de Tiziano o la de Tintoretto. Tintoretto tampoco salió de Venecia, por qué no, piensa Murillo. Está ese debate que sigue siendo absolutamente actual.

Sevilla es un personaje más de la novela, mostrando la ciudad que comienza a entrar en decadencia.

En todas las novelas, incluso en las que he situado en otras ciudades europeas, como París, Praga, Viena... A mí me fascinan los escenarios, se convierten en un personaje más. Yo tenía muchas ganas de volver a Sevilla. No lo hacía desde «Memoria de cenizas», que se sitúa en la ciudad en el siglo XVI, así que me apetecía muchísimo esa continuación. Qué había pasado desde esa Sevilla del siglo XVI, ese intento de la Reforma, del humanismo, de la pletórica Sevilla de la carrera de Indias… un siglo después. Tenía muchísimas ganas, porque es la Sevilla barroca, llena de contrastes, de luces y sombras, la ciudad que está intuyendo el charco de su decadencia, porque en 1717 el monopolio comercial pasa a Cádiz. Eso se intuye perfectamente en una ciudad en decadencia.