Salvador Compán
Salvador Compán - RAÚL DOBLADO
NOVELA

Salvador Compán: «La sociedad de la posguerra fue muy parecida a la de la Contrarreforma»

El autor afincado en Sevilla presenta en su nueva novela una historia de esperanza en los años de la dictadura

SEVILLAActualizado:

Salvador Compán (Úbeda, 1949) regresa al territorio en que creció en su nueva novela, la séptima en su bibliografía, titulada, a partir de un verso de Antonio Machado, «El hoy es malo, pero el mañana es mío» (Espasa). El escritor radicado en Sevilla traza una historia de esperanza y redención en los años de plomo de la posguerra española en Daza, ciudad imaginaria y acrónimo de Úbeda y Baeza, y alrededor de un pintor, Vidal Lamarca, que volverá a despertar a la vida cuando comience la relación con una mujer.

– Vidal Lamarca es un personaje complejo. Ha sufrido en la Guerra Civil pero que también ha infringido daño.

– Es un personaje que lleva esa cárcel dentro, como encerrado en varios recintos, como un extranjero dentro de la ciudad. El último círculo concéntrico de esos recintos es la culpa de un delator que, efectivamente, ha hecho daño y que tiene que redimirse como puede y al final encuentra esta idea, que en gran modo es redentora: Nadie si es humano debe ser un vencido, lo propio de la humanidad es la resistencia. Cuando alguien está derrotado del todo, renuncia a sus facultades humanas en general o por lo menos las aparta. Y él tiene ese punto de resistencia, de quererse a sí mismo, con la ayuda o con la gran palanca del amor que es el que va generar la metamorfosis…

– La entrada de Rosa Teba supone todo un revulsivo para Lamarca.

– Exacto, es, de pronto, verte a ti mismo que no te quieres y ver a alguien que sí te quiere. Encontrar en esa mirada del otro un espejo más real que al que estás acostumbrado cuando te miras a ti mismo, ese es el camino de emancipación que encuentra, cuando ve que alguien encuentra valores que él mismo no se ve. Y desde ahí quiere parecerse a la mirada del otro. En definitiva, eso es el amor, nos imaginamos al otro, nos lo inventamos, pero procuramos saber cuál es la imagen que tiene de nosotros el otro e intentamos parecernos a ella, eso es lo que intenta Larmaca.

– Sitúa la acción en una ciudad trasunto de Úbeda y Baeza, dos ciudades que conoce bien, ¿pero también las ha elegido porque una ciudad pequeña de provincias simboliza mejor la España de posguerra?

– Sí, se ve más en carne viva, porque en espacios pequeños todo resuena más y es más visible. Pero hay otras razones.Me gustaba la idea porque Daza es un acrónimo de Úbeda y Baeza, y lo quise hacer así porque son dos ciudades que están a nueve kilómetros una de otra y esa proximidad espacial la han tenido también histórica y culturalmente. Además, es el territorio que conozco. Siempre que hay que poner en pie la historia y los personajes en un espacio que se conozca. No podría poner en pie una novela situada en Moscú, la podría contar, pero sería una traición a mí mismo como narrador. El espacio puede tener un valor significativo y aquí lo tiene como ciudad provinciana donde la asfixia de la dictadura era más palpable.

– ¿Por qué cree que hay en los últimos años una vuelta hacia la posguerra en buena parte de la narrativa española? ¿por qué hay ese interés?

– El pasado nos debe interesar siempre y el reciente, doblemente. Si es tan traumático que supuso un tajo que dividió España por la mitad en esa guerra fratricida que es lo peor que le puede pasar a un pueblo, hay que analizarlo, asimilarlo. No se puede tapar con una alfombra. La posguerra es el oscuro resplandor que la guerra dejó. Tiene unos formantes sociales y estructurales muy parecidos a los de la Contrarreforma, un periodo también traumático. La posguerra convirtió a España en algo anémico, cultural y materialmente, y casi catatónico. Esa sociedad tuvo casi las mismas características que la de la Contrarreforma en el Siglo de Oro, de una gran presencia de dogma religioso, la división entre españoles de primera división del bando nacional, que eran como los cristianos viejos frente a conversos y judíos. Hay tantas concomitancias que la posguerra sigue siendo un territorio narrativo con mucha capacidad semántica, de explicar vidas sometidas a presiones. Lo propio de la literatura no es contar lo cotidiano, porque todas las familias felices se parecen.

– Como decía Tolstói.

– Así comienza «Anna Karenina» y, sin embargo, las desgraciadas lo son cada una a su manera. Los periodos históricos, cotidianos, sin grandes sobresaltos, se parecen unos a otros, me refiero desde el punto de vista literario. La normalidad es mucho menos literaria, rinde menos narrativamente, poética o dramáticamente, que los periodos donde hay distorsión. Lo propio de la novela, de hecho, es que haya cambio, una tesis, una antítesis, un estado de equilibrio que debe desequilibrarse porque si no, no hay historia.