Anna Goryachova (Carmen) y Franceso Meli (Don José), en la escena final de la ópera
Anna Goryachova (Carmen) y Franceso Meli (Don José), en la escena final de la ópera - Javier del Real
CRÍTICA DE ÓPERA

Carmen y el cambio social

El Teatro Real celebró el vigésimo aniversario de su reapertura con el estreno de la ópera de Bizet, en una producción de Calixto Bieito

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«Carmen» de Bizet y la producción que Calixto Bieito diseñó en 1999 caminan en paralelo. Ambas han terminado por convertirse en cosmovisiones del original literario de Mérimée: una desde la fidelidad a la España pintoresca y pasional que alumbró el siglo XIX, la otra abierta a un universo de contrabando y marginación en la frontera ceutí en los años setenta. El salto es enorme porque lo que entonces fue verismo se convierte ahora en veracidad, en imágenes reales que mudan la leyenda y su aire romántico en una cercanía incómoda y estomagante. La representación del miércoles en el Teatro Real, clausurada con algunos silbidos, parece demostrarlo.

«Carmen» (***)Música de Georges Bizet. Dirección musical: Marc Piollet. Dirección de escena. Calixto Bieito. Escenógrafo: Alfons Flores. Principales intérpretes: Francesco Meli, Kyle Ketelsen, Anna Goryachova, Eleonora Buratto. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Madrid, Teatro Real.

Sin embargo, razones poderosas, cercanas a la formidable calidad técnica del trabajo y a la rotundidad del significado que propone, han permitido que la producción recorra teatros de todo el mundo durante dieciocho años. En este tiempo se ha dicho de todo. Cualquiera puede, antes de penetrar en el lumpen, leer el artículo de María M. Delgado, incluido en el programa de mano, fácilmente descargable desde la web del Teatro Real. En él se describe minuciosamente la propuesta. En síntesis quizá sea la obviedad del desgarro, la visceralidad, la inminencia de lo primario, lo que se perciba con más intensidad. El dúo final, enmarcado por el espacio vacío y apenas apuntado en el suelo por un ruedo imaginario, es un destino paradójicamente perturbador.

Bieito llega a él en vecindad con la partitura de Bizet, ayer consolidada en la buena versión musical de Marc Piollet. El trabajo del coro titular fue particularmente importante. Y en el primer reparto, la plenitud de unas voces un punto contenidas. Por grandeza se impone la muy irregular de Francesco Meli, Don José. Por igualdad y color la de Anna Goryachova, la protagonista. Kyle Ketelsen, Escamillo, no remató lo que con tanta autoridad anunció en su salida y Eleonora Buratto tiene las notas y en menor grado el efecto necesario con el que equipararse a la descarnada incomodidad que destila el gesto exacto, certero y esenciado de esta producción.