La soprano Pretty Yende
La soprano Pretty Yende - VANESSA GÓMEZ
CRÍTICA DE ÓPERA

«Le fille du régiment»: Una «Hija» para adoptarla

La atuación de la soprano Pretty Yende en «Le fille du régiment» deja boquiabierto al público del Teatro de la Maestranza

SEVILLAActualizado:

Si convenimos en que una ópera hoy día va más allá de un buen elenco y una estupenda orquesta, coincidiremos en que necesita del concurso de una buena producción para alcanzar esa categoría de un gran espectáculo que el público pide. Y esto pasa por la figura cada vez más providencial del director de escena, capaz de sublimar o hundir la obra.

En él deben converger la imaginación para recrear la ópera y necesidad la absorción de los pensamientos del autor. Aquí, considerar que Donizetti se impregna del espíritu de la ópera cómica francesa hasta el punto de no contener más italianismos que Adam, Auber o Meyerbeer (Gérard Condé); o saber que anticipa el futuro género de la opereta (su «Rataplán» será la inspiración del «Ba-Ta-Clan» de Offenbach), un número que también servirá para enfrentar la «vulgaridad» de la pieza con la «exquisitez» del «becantismo» en la romanza de la lección de canto; y no digamos en el trío «Tous les trois reunis» (esos tres focos siguiéndolos, ese baile…).

Pero se necesita a un Pelly que entienda todo esto, y muchos más aspectos (la escasez de arias puras, la perfecta hilazón de los números, la intrincada interrelación de texto, música y dramaturgia…) para valorar en su magnitud el trabajo del director francés.

El primer acto suele ser —y así se le trata— más estático: es el de la presentación de los personajes, de la situación, de la contextualización, y que con frecuencia cae en el tedio; el borboteo escénico de Pelly, sobre todo con los soldados, no deja vacíos, en una rica y perfecta máquina dinámica de relojería suiza llevada a cabo con marcial precisión. Imposible detenernos más, aunque bien que nos gustaría.

En lo vocal, el elenco fue bastante digno, si bien todos quedamos boquiabiertos con la «niña»: los «padres» y el público, que le dedicó una calurosísima ovación tras otra, tanto si emitía colosales sobreagudos mientras planchaba, le hacían cosquillas o pataleaba, como nos ponía los pelos de punta con el lirismo intenso, poético, expresivo y subyugante de su voz.

A su lado, Osborn palideció un tanto, porque su registro se muestra irregular, tal vez porque su técnica resulta evidente cuando resuelve cada problema de una forma distinta; pero fue creciendo con la obra y estuvo francamente brillante en su esperada aria («A mes amis»), que arrancó el entusiasmo del público.

A Pinchuk no le termina ir del todo el personaje de Marquesa (¿tesitura?), pero tiene un bonito color, que reparte con justeza por todo el registro con dinamismo y seguridad; y, como todos, estuvo espléndida actoralmente.

También Daza estuvo en su sitio, con un registro pleno, mudable, contundente como militar y cariñoso como padre (y paciente con la marquesa). Lagares aprovecha cada oportunidad que le brinda el Maestranza, y nuevamente sobresalió como criado respondón, que da para mucho matiz. Estuvo también espléndido Arrabal en un papel corto, porque lo es y porque supo a poco. Y muy divertidos Vicky Peña (Duquesa) y Juan Carrillo (Notario). Ahora, este coro nos tiene maravillados.

Sin restar ni un ápice al femenino, en esta ópera ellos son el regimiento, y destacaron por una notable conjunción (quéæ magnífica vocalización, qué bien se les entendía todo) como por un espectacular desarrollo escénico, acaso el más exhaustivo que le recordamos, y en el que corrieron, bailaron, saltaron o asaltaron. Serrate sacó mucho de la orquesta, desde una limpieza a veces mozartiana a una riqueza colorística tanto en la sutileza de la cuerda, metales o conducción de los solos (trompa, corno o chelo). Son estas óperas las hijas que queremos adoptar los melófilos.