Concierto en Fibes

Juan Luis Guerra transforma la calurosa noche sevillana en una auténtica fiesta caribeña

El artista dominicano demostró por qué es considerado el rey de los ritmos caribeños

El artista Juan Luis Guerra en el auditorio Fibes
El artista Juan Luis Guerra en el auditorio Fibes - RAÚL DOBLADO
Fernando Rodríguez Murube Sevilla - Actualizado: Guardado en: Cultura

Uno de los más insignes embajadores del Caribe, el mítico Juan Luis Guerra, hizo olvidar anoche durante un par de horas el rigor de la casi irrespirable canícula sevillana (los termómetros marcaban 40 grados a las diez de la noche, hora en la que comenzaba el espectáculo), haciendo bueno un dicho popular de aquella hermosa tierra que expresa algo así como que bailando todo se arregla.

El artista dominicano, acompañado por su legendaria banda 4.40, se encargó de que el público no parara de bailar de principio a fin del concierto. Lo hizo con suma elegancia, demostrando que se puede conectar con la gente sin hacer aspavientos, sin usar un vocabulario soez y, sobre todo, respetando y amando a la mujer. Unos conceptos totalmente contrapuestos con las letras y el estilo de los géneros urbanos latinos actuales que encabezan los Maluma, Daddy Yankee y compañía, que se muestran orgullosamente machistas y reducen a las mujeres a objetos sexuales de sus letras y sus vídeos. Cuesta creer que supuestamente éstos beben de la bachata, la salsa y el merengue; y tienen su origen en artistas como Juan Luis Guerra, alguien defiende a ultranza el papel de la mujer en la sociedad y que grita a los cuatro vientos el amor que profesa por su esposa de toda la vida. «El que ama a su esposa, se ama a sí mismo», deslizó antes de interpretar la preciosa «Mi bendición».

Había espectáculo tanto en el escenario como en la grada, donde las miles de personas que abarrotaron Fibes se movían cadenciosamente solas o en pareja. No exagero si digo que durante las más de dos horas que duró el concierto todo el aforo del auditorio no cesó de bailar ni un segundo. Una auténtica fiesta.

Al ver un conciertazo como el que se marcó el gigante caribeño y lo compara con el giro que han dado los artistas jóvenes a estos géneros (algunos de ellos considerados patrimonio inmaterial de la humanidad), uno tiene la idéntica sensación que cuando escucha a Camarón y luego a alguno de lo que algunos denominan «flamenquito apaleao»: que lo segundo no es flamenco ni es «na».

Y es que es un auténtico placer disfrutar de Juan Luis Guerra sobre el escenario. Desliza como el que no quiere la cosa un sinfín de principios que por desgracia últimamente están en peligro de extinción en la sociedad en general, y en la música en particular. El dominicano canta y baila con la elegancia, la humildad y el respeto de los grandes.

Con la sonrisa dibujada en su cara y animando y empatizando con el público en cada momento, ofreció un espectáculo vibrante, con un sonido de enorme calidad gracias en gran parte a los diecisiete excepcionales músicos que formaron anoche la 4.40. Temas como «La travesía», «Ojalá que llueva», «La llave de mi corazón» o «Mi bendición» sonaron genial. Capítulo aparte merece la versión de su clásico «Woman del callao», con un inicio con un marcado acento reggae y jugando con el público al más puro estilo del gran Bob Marley. Una auténtica delicia.

Pocas veces habrá tenido el recinto sevillano tanta mezcolanza de nacionalidades en el público. El propio artista se aventuró a enumerar los países allí representados ante la enorme cantidad de banderas lque afloraban en el graderío: dominicanos, cubanos, venezolanos, portorriqueños, mexicanos, argentinos, etc. Mención especial tuvo Venezuela, para quien Guerra pidió un aplauso, respondido con una cerrada ovación. Igual de intensa que una que espontáneamente había surgido antes de comenzar el concierto al corear un grupo de venezolanos una pancarta que rezaba «Por una Venezuela libre».

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