Cultura - Teatros

Cecilia Bartoli: El canto honrado

«Un viaje por 400 años de música italiana» es la propuesta que Cecilia Bartoli y el pianista Sergio Ciomei traían para su recital en el Teatro Real

Cecilia Bartoli
Cecilia Bartoli - √ĀNGEL DE ANTONIO
ALBERTO GONZ√ĀLEZ LAPUENTE - Actualizado: Guardado en: Cultura Teatros

«Un viaje por 400 años de música italiana» es la propuesta que Cecilia Bartoli y el pianista Sergio Ciomei traían para su recital de ayer en el Teatro Real. Sobre el papel era una selección incómoda. Hay que hilar fino y con conocimiento de causa para concentrar semejante ruta. Pero Bartoli es inteligente, hábil, generosa, su sola presencia llena el escenario y su calidad artística es formidable.

Lo de ayer comenzó endeble: en el teatro faltaban programas de mano, sobre el escenario estaba el piano y al lado una mesita y una silla feas de solemnidad, la botella de agua impresentable, la luz acentuando el desastre de frac y calzado de Ciomei. Todo estaba por ganar. Poco a poco se empezaron a enlazar las obras sin solución de continuidad, sin tiempos muertos. En el primer tramo con fragmentos del barroco y con contraste entre afectos disímiles. Fue imponente «La costanza in amor vince l'ingranno» de Caldara, y la haendeliana «Lascia la spina». Quiere decir que ¿quizá, Bartoli es ahora una intérprete menos artificiosa y con tendencia a defender estilos más silábicos y expresivamente trascendentes?

«Nobil onda» de Porpora lo desmiente. Mejor aún, el «Non piú mesta» rossianiano de adiós, que hizo de manera apabullante. Antes, en la segunda parte, se pasó de Puccini a Domenico Modugno cortándose el aire ante «'A vuchella» de Tosti o «Cara, ti voglio tanto bene» de Curtis. Cuestión de personalidad: hay que saber retener el tiempo, mecer el ritmo, filar, recolocar el timbre y buscar un registro intencionado, interpretar el texto. Por eso merece la pena recordar «O mio babbino caro» en una versión particular, realista y hasta (interesante) ingenua sobre las palabras «Babbo, pietà, pietà!». Al final, las cinco propinas pudieron ser más. Ciomei, con la tapa del piano muy baja, demostró saber a quién acompañaba y cómo hacerlo. Un éxito rotundo.

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