Cultura - Teatros

Veinte años de la muerte de Antonio el bailarín

El 5 de febrero de 1996 falleció una de las figuras más trascendentes de la historia de la danza española

Antonio Ruiz Soler
Antonio Ruiz Soler - ABC

Se llamaba Antonio Ruiz Soler, pero todo el mundo le conocía como Antonio el bailarín; ése era el apellido adquirido del que sin duda ha sido uno de los artistas más significativos y trascendentes de la danza española. El 5 de febrero de 1996, hace hoy veinte años, moría en Madrid, a causa de una trombosis.

Antonio Ruiz Soler fue el mejor bailarín que dio España al mundo. Nacido en Sevilla el 4 de noviembre de 1921, comenzó sus estudios con el maestro Realito con apenas seis años. Allí conocería a una niña que se convertiría en su pareja artística durante mucho tiempo: Rosario. Con ella viajó, hasta el año 1952, por todo el mundo; especialmente importantes fueron los doce años que estuvieron trabajando en América.

Tras su separación de Rosario, Antonio montó compañía, el Ballet Español de Antonio, que se presentó en el Festival Internacional de Música y Danza de Granada, al que volvería en distintas ocasiones. La compañía fue durante muchos años punta de lanza de la danza española, y en ella se crearon coreografías tan importantes como «El sombrero de tres picos» o «El amor brujo», ambas sobre música de Falla; «Allegro de concierto», sobre la música de Granados; «Fantasía galaica», con música de Guridi; o «Sonatas» sobre las composiciones del Padre Soler.

En 1978 realizó una gira de despedida, a la que puso punto y final en Japón; dos años más tarde fue nombrado por el Ministerio de Cultura director del Ballet Nacional de España, en sustitución de Antonio Gades; permaneció tres años en el cargo, y salió de allí de manera poco elegante.

Hasta su muerte, Antonio Ruiz Soler vivió a medio camino entre el olvido y sus recuerdos. Su inmensa figura artística se vio ensombrecida por sus frecuentes apariciones en fiestas, que daban de él una imagen frívola que no se correspondía con su importancia dentro de la danza española, que no ha visto nacer una figura comparable.

Con motivo de su muerte, escribí en ABC: «Ya miraba con ojos cansados, en constante viaje hacia pasadas glorias. En los últimos años, se estaba posando sobre él el polvo del olvido, y a veces se velaba el color de su sonrisa. No ha habido -no habrá tampoco- un bailarín como él. El duende lo eligió para encarnarse, y encontró en aquel cuerpo menudo que engrandecía al respirar el aroma de las tablas, un instrumento perfecto para convertirse en danza, un barro donde moldearse y transformarse en arte. Antonio -nada más y nada menos que Antonio- murió tras una larga pelea con su enfermedad. Una hemoplejía que le había postrado en una silla de ruedas -a él, que tenía chispas en los pies y que había hecho del movimiento su vida-, y murió rodeado por el calor de su familia, a la que tanto había dado.

»Antonio ha sido la figura más importante de la danza española de este siglo. "Es el alma de España que baila en ti", le dijo en una ocasión el mítico director de orquesta italiano Arturo Toscanini. El mundo de la danza sentía reverencia por aquel bailarín de genio que dibujaba su baile con seda y fuego. Nureyev, Baryshnikov, los más grandes, tenían siempre su nombre en los labios. Le respetaron, le admiraron, le envidiaron.

»Para las generaciones más jóvenes era ya un mito, un sorbo de historia que descansaba en las oscuras bodegas de la memoria, un nmbre que no precisaba de apellidos porque había nacido de la danza y no se podía llamar más que Antonio el Bailarín.

»Hoy se arroja incienso sobre el recuerdo de un genio que vivió sus últimos años surcado por las añoranzas, tocado por las polémicas que olvidaban e ignoraban su gloria, abrumado por su propia historia y enlodado en mil y una historias. Las ovaciones, que hacía años se habían callado, han despertado para despedir al mejor bailarín que ha dado España al mundo».

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