CRÍTICA TEATRAL

«Ahora todo es de noche»: La Zaranda o la poética de la lucidez

En la obra presentada en el Teatro Central, tres mendigos buscan un lugar donde dormir, un cobijo para los temporales de la vida

Una escena de «Ahora todo es de noche», obra representada por La Zaranda en el Teatro Central de Sevilla
Una escena de «Ahora todo es de noche», obra representada por La Zaranda en el Teatro Central de Sevilla - ABC
EVA DÍAZ PÉREZ Sevilla - Actualizado: Guardado en: Cultura Teatros

Nada más llegar al teatro asalta el pasado de La Zaranda. Allí está el esqueleto del cantaor de «Vinagre de Jerez» con un olor a bodegas y sepulcros, el caballito de carrusel, los muñecos de madera en sillas de ruedas. Todo ese mundo de poesía de la devastación, de humor grotesco, de esperpento de la lucidez que es La Zaranda, la veterana compañía andaluza que harta de ingratitud y apoyo se fue de Jerez a Madrid. Pasó de ser Teatro Inestable de Andalucía la Baja a convertirse en Teatro Inestable de Ninguna Parte.

Soberbio es su último espectáculo: «Ahora todo es noche. (Liquidación de existencias)», que es también una declaración de por dónde va la lectura alegórica de este montaje. Tres mendigos buscan un lugar donde dormir, un cobijo para los temporales de la vida. Y advierten dentro de su miseria que es malo no saber adónde ir, pero que peor es no saber dónde se está. Es la primera declaración de intenciones, porque la historia de esos vagabundos es en realidad la autobiografía de La Zaranda después de cuarenta años.

La Zaranda es un sueño, un sueño dentro del teatro, un sueño que resiste a pesar de esta época llena de basura y de vulgaridad. Y es difícil resistir y demostrar dignidad y decencia en medio de un tiempo falsario.

Paco de La Zaranda dirige este espectáculo que él mismo interpreta junto a Gaspar Campuzano y Enrique Bustos. Eusebio Calonge vuelve a asombrar con un texto lleno de verdad y poesía con esas frases estremecedoras, llenas de hondura y entrelazadas con las típicas letanías casi absurdas, hiperrealistas de humor bronco y grave de los personajes.

Hay muchos momentos luminosos en la obra, como cuando los actores se quitan la ‘máscara’ y hablan con la voz de La Zaranda y confiesan al público las cosas que les han ocurrido en estos cuarenta años: la envidia, la pobreza, la burocracia, el desengaño, heridas y cicatrices. No falta el sarcasmo y la crítica feroz contra el poder, como cuando los mendigos pasan por las cloacas y la más hedionda es precisamente la que llega «de las Consejerías» y la de «los grandes teatros». Y no olvidan atacar al mundo de la cultura, al mundo del teatro, cuando los vagabundos se prueban corbatas que en la lectura alegórica son las etiquetas de la falsa vanguardia: el postexpresionismo, presurrealista del tardosimbolismo. Palabras, palabras, palabras. Y vacío…

La Zaranda liquida sus existencias. Quedan sobre el escenario los recuerdos rotos que son olvidos, la herrumbre, la tristeza, el polvo, la sombra de los malditos y todo ese teatro de la heterodoxia que caracteriza su poética dramática. Los mendigos son ellos, los artistas que piden, que viven al borde del desahucio, vagando en la miseria. Vagabundos-teatreros que buscan una obra -en su doble sentido- para refugiarse. Y allí nadie podrá acabar con el rey Lear, ni a Segismundo, ni a Prometeo. Porque el teatro vive. «¡La Zaranda vive!», gritan. Y, en efecto, viven y no hay duda de que le han ganado la guerra a estos tiempos sucios y hostiles.

Toda la actualidad en portada

comentarios