Toros

Feria de Abril: romance de adiós a Paquirri

En su última tarde en Sevilla, corta una oreja, al igual que su hermano Cayetano

Cayetano brinda a un emocionado Francisco Rivera
Cayetano brinda a un emocionado Francisco Rivera - Raúl Doblado
ANDRÉS AMORÓS Sevilla - Actualizado: Guardado en: Cultura Toros

¡Por fin ha salido el sol! ¡Cómo reluce la Plazal! Se han llenado los tendidos (este año, la Feria abarca el gran puente madrileño y dos fines de semana). De Sevilla se despide un muy popular espada, Rivera Ordóñez, Paquirri, de dinastía preclara, con su hermano Cayetano, de muy notoria elegancia, y Julián López, El Juli, cuya ambición no descansa. Los domecqs de Daniel Ruiz gozan merecida fama de nobleza y calidad: las figuras los reclaman.

Al comienzo, es el silencio que por Montoliu se guarda, a los veinticinco años de la trágica jornada. Ha comenzado Francisco con una larga cambiada pero el toro humilla mucho, da una vuelta de campana, por eso rueda en la arena tras de la primera vara. (Una vez más, esa suerte, tan bella, se queda en nada). Banderillea, muy fácil, y, así, la ovación se gana: sobre todo, el tercer par, por dentro, junto a las tablas. Demuestran su buen oficio los muletazos que traza y lo mejor es que logra una certera estocada.

El cuarto no es “Enemigo”, aunque ese nombre le hayan puesto desde que nació: tiene una embestida clara. A García Pelayo brinda porque es su amigo del alma. Manda bien con la derecha y templa con la zocata. Al matar con decisión, el cariño se desata y le conceden la oreja, en la última jornada en que pisa, dignamente, el ruedo de la Maestranza.

A chiqueros va el segundo pero El Juli allí lo engancha: con la muleta al hocico, no le deja que se vaya y manda mucho, aunque el toro sale con la cara alta pero no remata bien la faena con la espada. Mansea el quinto, se va y su mansedumbre canta como un “Lorito” que pesa más de media tonelada. El Juli, con sus doblones, al toro los humos baja pero embiste rebrincado, con poca clase y desgana. Y así, con no buen sabor, Julián de la Feria marcha.

Cayetano, en el tercero, por muy poquito se salva, al irse a portagayola, que es suerte bien arriesgada, pero el toro se derrumba y una gran protesta estalla. Le brinda a los que protestan, demuestra que tiene casta, mas, con un toro tan flojo, el gesto no arregla nada.

Cita al sexto desde lejos pero el toro se le para; le aplauden luego con fuerza gaoneras ajustadas y se escucha “¡Viva Ronda!”, el grito de un entusiasta. Saluda Iván García junto con Alnerto Zayas. Le brinda luego a su hermano que, cariñoso, le abraza. Hincándose de rodillas, la gran ovación se gana, con un gesto de valiente que es muy propio de su casa; luego, templa bien al toro, llevando la mano baja, hasta que la res se aflige y hacia las tablas se raja. Mata bien, corta un trofeo y, así, a su hermano se iguala.

Acabada la corrida, me asomo yo a la terraza: cae suavemente la tarde, se ha puesto color de plata; de aquel sol tan bravucón ya sólo quedan las brasas; los vencejos de Sevilla (los que Antonio Burgos canta) ya han bajado y el albero acarician con sus alas; suenan campanas, muy lejos; a la luz tornasolada, fluye mansamente el río; al fondo, asoma Triana; parece que va cantando una dulce copla el agua: “Adiós, Francisco Rivera, que tengas vida muy larga y feliz, te lo has ganado con tu valor, en la plaza”.

POSTDATA.- Salvo casos excepcionales (el de Victorino fue uno de ellos), una corrida de toros no debe durar mas de dos horas. En esta Feria – y en todas – lo habitual es que duren dos y media o más: un profundo error. Muchos diestros actuales son muy pesados, alargan las faenas cuando no logran conectar con el público (y, al hacerlo, conectan menos todavía). En Sevilla. además, el loable cuidado por el rito ha desembocado en una premiosidad aburrida: hasta los más nimios detalles se realizan con solemnidad exagerada. Deben ser lentos los muletazos, no todo el desarrollo del festejo. Cuando suena el clarín, los diestros han de estar preparados para el paseíllo, no atendiendo a periodistas o fotógrafos; cuando arrastran al toro y suenan aplausos, deben salir a saludar, no hacer entrevistas; el presidente ha de ser rápido en sus decisiones… El ritmo vivo es esencial para el éxito de un espectáculo en directo, igual en los toros que en el teatro o en un concierto. Los veteranos recuerdan el éxito de Curro Romero y de Gregorio Sánchez, cuando mataron seis toros en hora y media escasa; los toreros, por lo visto, no.

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