«Venían armados para la guerra; fue un milagro que no hubiese víctimas»

Por  11:00 h.
Parte del arsenal requisado«Sigo sin creérmelo. Pienso en lo que pasó, en que había niños por la calle, gente saliendo de misa y creo que fue un milagro que no hubiese víctimas». Han pasado varios días, pero Carmen Hidalgo sigue hablando nerviosa, con un sentimiento de impotencia que se entremezcla, casi a partes iguales, con el pavor que vivieron durante horas. Regenta un pequeño establecimiento en la calle Uruguay, en pleno Heliópolis, en el centro neurálgico del campo de batalla en el que se convierten las inmediaciones del Ruiz de Lopera cada quince días. Pero , que aún no eran suficientes para el «combate», al que estaban citados por Internet para las tres de la tarde.
Pasaban pocos minutos del mediodía. Una patrulla de la Policía Local evitó el primer enfrentamiento. «Venían desfilando desde el final de la calle y, cuando vieron a los locales, empezaron a tirar las armas a los chalets más cercanos. Aún hay cuchillos de cocina, de quince centímetros de hoja, en las alcantarillas —el periodista da fe de ello—. Los cachearon y detuvieron a algunos, pero los supporters ya habían ido a por refuerzos. Quizá fue peor el remedio que la enfermedad», añade Carmen. Otra vecina, que prefiere mantener el anonimato, confirma tal extremo. «Salíamos de misa y vimos cómo llegaban decenas de béticos dispuestos para el combate. Llevaban de todo. Daban miedo. Incluso el párroco tuvo que cerrar las puertas (se refiere a la Iglesia del Claret), porque estábamos aterrados. Y lo peor es que volverá a suceder en breve, quizá con el Cádiz».
Al parecer, con los rayistas controlados por la Policía Nacional —que acudió de manera rauda al llamamiento de la Local—, los aficionados del Betis se dedicaron a «adornar» la calle Uruguay con bengalas. Algunas de ellas se colaron en los establecimientos. «Tuvimos que cerrar todo. No se veía, te lloraban los ojos. Se querían esconder en el humo para seguir su marcha, para llegar donde estaban los detenidos y seguir con la pelea. Parece alucinante en lo que se está convirtiendo el fútbol…», vuelve a añadir Carmen, visiblemente afectada.
«Queremos que se sepa que no es un problema deportivo, que es algo social. No vimos emblemas políticos, pero esto no es el Betis», agrega. «Sí que llevaban simbología —apostilla un joven, colocado alrededor del periodista y que atiende a la conversación—. Todos sabemos que las Brigadas —ahora, a pesar de esta «aventura militar», se hacen llamar Bukanerosdel Rayo son de extrema izquierda y los Supporters, de extrema derecha. Estaban convocados por Internet, venían a liarla. Y poco pasó para el armamento que tenían».
Algo más tranquila, Carmen reflexiona. «Todos queremos el bien del Betis, por eso no me callo ni permanezco en el anonimato. Vivimos de él todos los que tenemos negocios cerca, pero no puede ser que suframos esto cada vez que hay fútbol aquí. Porque además somos vecinos, tenemos niños, había gente mayor por la calle en ese momento. Y no nos podemos quedar parados además en un tema premeditado, fijado desde hace tres o cuatro días, como sucedió el domingo. Venían a muerte, a la guerra y la Policía, por no estar por aquí antes, lo permitió. La suerte o la providencia divina hizo que no hubiese muertos. Pero, ¿quién nos asegura esto la próxima vez? Es más, ¿por qué tiene que haber una próxima vez?». Su aplastante lógica derrumba las intenciones de los que se hacen llamar aficionados y simplemente quieren destrozar el fútbol y que, día a día y sin aparente control, siguen citándose para convertir el bendito deporte del balompié en una verdadera batalla campal.