Disciplina de Triana

Por  13:33 h.

Lo de la Junta General será mejor que lo escriba un juez, porque a estas alturas de la película Lopera ya ha demostrado que se la suda lo que escribamos los medios. Me acogeré, por tanto, al refrán que dice que justicia es agravio cuando no la aplica el sabio. Y como no está entre mis intenciones agraviar a don Manué –pleitos tenga y los gane-, sino defender la historia centenaria y la idiosincrasia del Real Betis Balompié, hoy me voy a quitar el sombrero con Paco Chaparro, ese moreno del Zurraque en el que el dueño no ha creído nunca. Porque el propietario sólo cree en el poder del dinero. Dinero tirado con Víctor Fernández cuando Juande Ramos estaba haciendo un equipazo con un equipucho. Dinero tirado con Irureta cuando la afición aclamaba a Serra. Dinero tirado con Luis Fernández para que tuviera que ser el propio Chaparro quien lo sacara del fangal. Y dinero tirado con Cúper cuando los béticos rogaban que llegara Marcelino. Detrás de todo ese dinero, cobrando apenas un sueldo digno mientras se echaba kilómetros a las espaldas por campos de mala muerte para hacer crecer al filial, estaba siempre Chaparro. Sin hacer ruido. Calladito. Esperando su momento. Soñando con quimeras como la Liga. Jugando a la utopía. Con la piel ennegrecida de tantas horas al sol. Todo el mundo lo veía menos quien lo tenía que ver. Pero él seguía aguardando, con paciencia, la hora en la que bordarse las trece barras en el pecho para siempre. Porque habrá quien piense que el fútbol de hoy ya no tiene nada que ver con el sentimiento, pero se equivoca. El beticismo de Chaparro asegura muchas cosas en el banquillo. Y en el césped. Asegura lucha, entrega, pundonor, estoicismo. El beticismo de Chaparro asegura honestidad, alineaciones de futbolistas convencidos, dolor en la derrota y alegría en la victoria. Y todo esto, que en otra situación no sería más que palabrería de baja ralea, en el Betis de ahora es vital. Porque el Betis de ahora es muy malo. No tiene más que lo que tiene. Tiene canteranos con ilusión, pero sin experiencia. Internacionales con experiencia, pero sin ilusión. Y muchos peloteros de medio pelo.

A qué engañarnos. Por eso Paco Chaparro es el mejor entrenador del mundo para el Betis de hoy. Probablemente lo será también para otro Betis –hay que darle tiempo para saberlo-, pero otro Betis, hoy por hoy, es imposible. El Betis que nos queda por delante es aquél que teníamos cuando Gail, Rodolfo, Miguel Ángel o Monreal. Aquel Betis de Balan González y Ekstrom, de Mágico Díaz y Txirri. No hay más. Este Betis sólo puede aspirar a salvarse de milagro. Todo lo que se consiga más allá de eso será por la mano de Dios. Así que yo me quito el sombrero con Chaparro, porque ha sido el único que en los últimos tiempos ha puesto los pies en el suelo. Ganó en Villarreal poniendo el autobús detrás. Empató en Valladolid a base de voleones. Y ha conseguido que el Betis respire porque es bético, porque lleva el sufrimiento en las entretelas del alma, porque está acostumbrado a pasar fatigas triples. Porque fue cocinero antes que fraile. Mucha gente en Sevilla ha aprendido a correr con él en el colegio San Francisco de Paula. Y toda esa gente lo recuerda como un hombre exigente, disciplinado. Es bético, de Triana y disciplinado. Madre de Dios, qué navidades se tiene que estar pegando Cúper allá en la Argentina a costa del dinero que el dueño del Betis, sus adláteres y todo su “cuerpo técnico” le han pagado porque estaban en la Pampa.

Redacción

Redacción