Don Barriga y el Comendador de Jabugo

Por  21:18 h.

Érase una vez un fabuloso comilón con ínfulas coloniales que se aficionó a zampar manjares de Jabugo. Resulta que este pobre malandrín hizo amistad con el Comendador de esta villa para poder tragar cuanto su antojo le exigiera. Pero el Comendador de Jabugo, que era un narciso que se enamoraba locamente de sí mismo cuando oprimía a sus vasallos, no entregó sus mejores viandas al pícaro don Barriga de balde. A cambio de satisfacer sus extrañas hambrunas, el Comendador le obligó a pronunciar en la plaza del pueblo los bandos más impopulares que se le ocurrían. Hizo que don Barriga pregonara, sin más remordimiento que las ansias de mordimiento bellotero, que sus compañeros de trabajo en el molino debían alabar al Comendador si querían comer. Y hete aquí que sus colegas se rebelaron contra él. Pero Barriga sólo pensaba en yantar. Así que también pregonó, por orden del Comendador, que si alguien osaba criticarlo éste daría orden de acabar con el reparto de trigo entre los vecinos. Porque el Comendador se creyó dueño del pan y del hambre. Y no admitió las quejas de los lugareños sobre su mala gestión en el pueblo. Así que, con su viejo discurso de patrañas, amenazó con retirar su oro de la villa si sus vasallos no lo lisonjeaban. Pero la turba ya sabía que todo el oro que tenía lo había conseguido oprimiendo a los vecinos y exigiendo el diezmo a la población. Lo sabían todos menos don Barriga. Él no se enteraba de que el Comendador se beneficiaba de los bienes de la villa y luego decía que ponía sus beneficios personales al servicio del pueblo. Don Barriga sólo quería comer. Pan para hoy y hambre para mañana. Y no le importó enfrentarse a todo el mundo, porque lo suyo era meterle el diente al manjar de Jabugo. Y tanto se obsesionó con la comida del Comendador, que llegó incluso a creer que todo cuanto decía el jerarca era la verdad absoluta, sobre todo cuando sus intestinos rugían con furia. Así que defendió a su gobernador en su función de vocero público cuando éste cumplió su amenaza de retirar su supuesto oro personal. Y volvió a defenderlo cuando dijo que el pueblo entraría en una economía de guerra por culpa de los opositores. Pero el pobre Barriga no se daba cuenta de que sus paisanos habían ido a trabajar cientos de veces al pueblo de al lado y sabían que allí no había pobreza a pesar de que los recursos eran idénticos. Sí, en la cercana villa de Benavente había los mismos vecinos censados que en Jabugo, se recibían exactos dineros del reino y los benaventeros tenían idéntica pasión por su pueblo que los jabugueños. ¿Por qué en Jabugo no había monumentos y en Benavente sí?, se preguntaban. Pues porque el Comendador de Benavente no era un cacique. Barriga nunca supo nada de esto. Comió con desenfreno hasta que su jefe le retiró la vitualla y lo vetó como vocero. Entonces quiso buscar amparo en sus compañeros del molino. Pero no había nadie dispuesto a ayudarlo después de haber sido la voz de su amo durante tanto tiempo. Y don Barriga tuvo que emigrar.

Moraleja: el Comendador de Jabugo habrá de caminar, con su tiranía a cuestas, allá donde don Barriga, la miseria y el olvido conviven desde que todo cambió. Paciencia. El Comendador es sólo dueño del pan. En nuestra hambre mandamos nosotros.

Redacción

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