Iriondo levanta en el Calderón la Copa del 77 (Foto: Real Betis)
Iriondo levanta en el Calderón la Copa del 77 (Foto: Real Betis)

El cursillo de Iriondo

Con él aprendimos que el Betis nunca vence fácil y que la victoria es más grande cuando cae del lado de quienes sabemos esperarla con el corazón en los labios
Por  10:46 h.

Vine al mundo bético un rato antes de que López levantara la cabeza del beticismo para llevarnos a la prórroga en el Calderón. Nací en esas horas en las que Esnaola detuvo la historia de calamidades del Betis cuando Iribar se disponía a acrecentarla. Llegué a este universo del balompié real con Gordillo recibiendo balones de Cardeñosa por orden de un señor que plantó en Heliópolis el árbol de Guernica. Rafael Iriondo es una exégesis forzada de beticismo, un inspirador del fútbol picassiano que se juega en la yerba del Sur de Sevilla. Ganó lo que parecía imposible y con el mismo equipo descendió. En apenas un año, el Betis hizo de su leyenda un evangelio, un agridulce relato de luces y sombras, una pintura tenebrista con tintes surrealistas. Claroscuros de la ciudad de la luz. Iriondo, que había recorrido toda España detrás de un balón, descubrió aquí la inabarcable fortaleza de la cultura bética. Entendió la grandeza del Betis cuando en mitad de la cegadora claridad sevillana, y tras haber levantado la primera Copa de Su Majestad y haberse paseado por Europa, el equipo volvió a inventarse la oscuridad en un estadio que jamás estuvo solo. Por eso el Betis fue su último equipo. Se fue precisamente al Rayo Vallecano, al que hay que ganar este fin de semana llueva o ventee, después del primer fracaso aquí. Y volvió al año siguiente para repetir negruras. A partir de ese momento, nunca más se sentó en un banquillo. Y jamás dejó de mirar de reojo hacia Heliópolis, desde donde había arrebatado la Copa al equipo de toda su vida, el Athletic de Bilbao, en una tanda de penaltis que resume casi mejor que ningún otro momento de nuestra historia el espíritu sufridor de la filosofía bética. Con Iriondo aprendimos que el Betis nunca vence fácil. Y que la victoria es más grande cuando cae del lado de quienes sabemos esperarla con el corazón en los labios.

Ayer murió. Esa etapa queda ya para los álbumes. Iriondo dirigió el regreso del Betis al éxito en una ráfaga de alegría después de décadas de penalidades. Y dirigió también la vuelta inminente del equipo a su más detestable realidad. Hizo las dos cosas. Por eso los que vinimos al mundo bético en aquella época aprendimos en un cursillo acelerado que para ser del Betis hay que tener el pecho como la fachada de la catedral. Y que toda nuestra verdad, para lo bueno y para lo malo, consiste en sufrir. Eso ya lo sabemos. Así que en memoria de Rafael, tal vez podríamos empezar ya a sufrir triunfos aunque sea en interminables tandas de penaltis. Ojalá a partir de ahora sólo miremos abajo para acordarnos todos nuestros ídolos que están bajo tierra. ¡Viva el Betis, señor Iriondo! Muchas gracias por tanto. Y que Dios lo tenga en su gloria, que seguro que es verde, blanca y verde.

Alberto García Reyes

Alberto García Reyes

Adjunto al Director de ABC de Sevilla