Gordillo es el Betis

Por  21:20 h.

En el año en que nací, Esnaola metió aquel penalti. Cobo alzó la primera y se la entregó a su maestro Rogelio. Cardeñosa se consagró. Benítez jugó por bulerías. Bizcocho, Sabaté, Biosca, López, Alabanda, García Soriano y Megido llevaron al Betis a la gloria en el Calderón. Y un chiquillo de Almendralejo criado en el Polígono se comió por primera vez la banda izquierda del Benito Villamarín.

Treinta años después, aquello es sólo un recuerdo esquivo. Memoria de unas espinillas desnudas. Remembranza de lo más grande -de lo más Gordo- que ha tenido el Real Betis Balompié. Toda mi generación ha crecido soñando con ser Rafael Gordillo. Los béticos y los sevillistas. Los madridistas y los culés. Todos hemos jugado a ser el tres, a meterle un gol a Malta, a ponerla en la cabeza de Poli Rincón o de Santillana. Y todos nuestros padres se han sentido orgullosos de comprarnos la camiseta de la selección con su número a la espalda. Todo el país ha sido del Betis alguna vez gracias a él. Pero hay quien no disfruta con su popularidad, con su posición como símbolo verdiblanco. Mientras Di Stéfano tiene un lugar selecto en el palco del Bernabéu y el título vitalicio de presidente de honor del Madrid, Rafael Gordillo no entra en Heliópolis. Mantiene el equipo de veteranos pagando una cuota conjunta con viejos compañeros como el que alzó aquella copa. Y todo porque firma más autógrafos que el busto. Ay, Dios. En la entrevista que le hizo Roberto Arrocha incluso llegué a notar cierta suavidad en sus críticas. Estoy seguro de que no quería perjudicar a su Betis. Pero, al menos, dio un paso al frente en la queja contra la estatua dictatorial de un hombre que llegó al Betis cuando él ya venía de vuelta. En el año en que nací, Rafael Gordillo Vázquez era un pilar del Betis. Treinta años después, señor Lopera, Rafael Gordillo Vázquez, ese al que usted obliga a defender la historia centenaria de su club a costa de su propio bolsillo, es la columna vertebral del beticismo.

Redacción

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