La grada de Gol Sur
La grada de Gol Sur

Historias del Gol Sur

La reconstrucción del Gol Sur nos da un aviso que tiene que ver con lo más bético que hay: la esperanza
Por  12:36 h.

Lloré como María Magdalena a los pies de Cristo cuando el árbitro pitó el final con empate a cero en el marcador. Año 1992. Las cosas del Betis son así. Cuando Sevilla se engreía de una Exposición Universal que la estaba poniendo en el mapa, el Betis se quedó en Segunda en una promoción contra el Deportivo de la Coruña que supuso un punto de inflexión en mi vida. Yo tenía 15 años y era la primera temporada que iba al campo con mis amigos, no con mi familia. Aquel año en el Gol Sur me marcó para siempre. Y aquella noche del Deportivo se me viene a los ojos una y otra vez cuando intento explicar por qué soy del Real Betis Balompié. Viví ese fracaso desde las entrañas de las que emana el clamor más espeluznante de cuantos conozco: «¡Beeeeeeetis, Beeeeeeetis, Beeeeeeetis!». En esa grada antigua donde tantas vivencias tuve con los Tenorio, una familia en la que sólo se habla del Betis, fragüé lentamente un compás verdiblanco que ahora le da ritmo a mi existencia, latido a latido, pálpito a pálpito, entre nostalgias de Gordillo agarrándose a la baranda para no caer al foso tras una carrera que siempre acababa en un centro imposible. El Gol Sur es para mí un recuerdo de petición de silencio absoluto para las faltas de Calderón, de enfados permanentes con las cosas que no le salían bien al Puma Rodríguez, de gritos de ánimo a Zafra o a Loreto, de sueños a medio cumplir con Calderé y López Ufarte, de devoluciones del balón a Pumpido, Diezma, Trujillo… Es un despeje de Antolín Ortega, un espejismo lejano de Miguel Ángel II regateándose a medio Sabadell en dirección al Gol Norte para pegar un pepinazo que Mel empujó a puerta en el primer ascenso que viví. Es también una chilena mágica de Ivanov contra el Villarreal o el gol en lontananza de Bjeliça en la semifinal de Copa con el Celta. El Gol Sur es la estampa de Alberto Tenorio sentado a solas, el merodeo de los gatos, el marcador del palomar con 1-1 en la gesta de España contra Malta cuando iban once a uno pero sólo había dos tablillas de cada número, la tapia encalada, la celosía de ladrillos, las vigas de hormigón cansadas, el abrazo con cualquiera a quien no conocía de nada cuando metíamos un gol que nos daba la vida…

Creo que no hay un solo bético en el mundo que no haya pasado alguna vez en su vida por esa tribuna humilde, bajita, desconchada y sufridora. Por eso su demolición tiene que ser un símbolo. No cae una grada trasnochada y obsoleta. No cae tampoco un millón de historias de amor y melancolía. Ni siquiera cae una reliquia del campo antiguo. Caen una época y una forma de hacer las cosas. La reconstrucción del Gol Sur es filosofía pura del beticismo. Nos invita a no perder nunca la memoria, pero sin aferrarnos a ella como único patrimonio. Y nos da un aviso que tiene que ver con lo más bético que hay: la esperanza. Porque los que tenemos las trece barras talladas en el alma no sólo queremos un Gol Sur nuevo más moderno y con más capacidad. También queremos un Betis más grande. Arriba la grada nueva, sí. Pero, sobre todo, arriba Betis campeón.

Alberto García Reyes

Alberto García Reyes

Adjunto al Director de ABC de Sevilla