Ilusionismo de cada domingo

Por  19:24 h.

Dicen que el Betis es una doctrina antes que un ordinario equipo de fútbol. Pero entre sus dogmas hay, de un tiempo a esta parte, demasiados resquicios para el pecado. En su decálogo ontológico el primer axioma es un padrenuestro: el Betis es una ciencia sin método en la que la mayor derrota puede ser una victoria y viceversa. El misterio del Betis está en su caos, en su capacidad para ser grande jugando en patatales de Tercera y pequeño cuando aborda los grandes estadios de Europa. Todo o nada. Lágrimas de alegría o carcajadas de pena. El Betis, yendo al grano, es otra cosa. Por eso puede permitirse el lujo de navegar en el desorden sin que los béticos tengan miedo de ahogarse. Pero su idiosincrasia, que no puede resumirse en el triste lema del manque pierda, no da patente de corso a quienes gestionan esta religión -olvídense ya de sociedades anónimas y de acciones, que estamos hablando de cuestiones que ni se compran ni se venden- para justificar su desastrosa anarquía a la hora de edificar las estructuras básicas del club. El calamitoso estado en el que sobrevive lo que queda de Betis, de su esencia, va más allá del buen juego que impone Chaparro, del acierto en los fichajes de Mehmet, Emaná, Sergio García y Nelson, o de la tranquilidad en la que habita el equipo esta temporada. Porque el Betis es maravillosamente caótico por imposición sacramental, pero no es desordenado por capricho de nadie. Ese antojo arbitrario con el que está siendo guiado el sentimiento verdiblanco es, precisamente, lo más antagónico que existe al Betis. El caos verdadero es el que explica que se vista con las trece barras un alemán negro, que a un portero le falten dedos o que a un serbio lo llamen Pepe. El caos falso es que el director deportivo sea un ex jugador que nadie recuerda ni por sus fallos, que el presidente sea el rey de la sopaboba para cuchara que ni pincha ni corta, o que la escasez económica para fichar sea una bandera que se enarbola al viento de la incredulidad y la desconfianza.

Más claro y sin rodeos: este fin de semana llegan los leones de Bilbao con un sevillista de trapío en el banquillo. Jugarán Arzu y Rivera en el centro. Pavone arriba. Y Melli en la tapadera. A lo mejor se gana, pero esta vuelta al desorden le quita las ganas de Betis al más pintado. Mejor dicho, le quita las ganas de Betis a quienes hayan conseguido conservarlas en estos tres años. Porque el Betis ya no es una doctrina. Es una inercia que nos duele en las entretelas del alma. Una desazón que nos agria el estómago. Una ilusión que aún conserva relámpagos pero que se desvanece en el ilusionismo de cada domingo cuando se hace la oscuridad en la ciudad del sol. Heliópolis. Gane o pierda.

Redacción

Redacción