José Mari, un cabal

Por  21:51 h.

En un mundo en el que el dinero es el eje central de cualquier conversación incluso de bar, donde las cifras se airean sin pudor, donde se presume de presupuesto y se mete cizaña en el agravio de los salarios de las grandes estrellas contra los canteranos, un gesto en el sentido contrario basta para medir el valor de una persona. El fútbol de hoy es duramente mancillado en cientos de foros con palabras que aluden a las telarañas del mercado: a los futbolistas se les llama mercenarios; a los presidentes, peseteros; a los dueños, empresarios. Porque el balompié de este tiempo nada tiene que ver con el de antaño. El amor a una camiseta es, salvo contadas excepciones, una patraña. Casi nadie se deja ya la vida en el campo por defender un escudo, sino por cobrar la ficha convenida con el club. En resumen, la profesionalización del fútbol ha convertido un juego que fue opio para el pueblo en un negocio alentado por aficiones para las que el mercadeo es invisible. Pero el Betis, siempre lo he dicho, es otra cosa. Incluso en esta época en la que casi todas las noticias que surgen en torno a Heliópolis tienen que ver con el dinero que hay en las arcas para invertir en jugadores, el Betis encuentra un resquicio para ese romanticismo que justifica su esencia.

Un jugador criado al otro lado del río, en la orilla rival, ha venido a resucitarnos la idiosincrasia bética. José María Romero se va. Renuncia a cuanto firmó, a su legítimo salario como profesional, porque no se siente a gusto. En lugar de emular a tantísimos peloteros que se diluyeron en los campos sin dejar de cobrar lo suyo incluso estando entrenando con el filial, José Mari abandona el barco sin exigir nada a cambio. Sólo paz. Y ese detalle, tan increíble en este fútbol de maletines y denuncias de partidos amañados, sirve para descubrir que la honradez no tiene precio. No se compra ni se vende. Y será cierto que el de los Diez Mandamientos ya vive su ocaso futbolístico, de lo cual no hay que culparle después de tantos años en la elite, pero no ha engañado a nadie. Volvió a Sevilla tal vez en busca del retiro soñado. Y el fútbol áspero de hoy le ha truncado ese anhelo. Pero el beticismo ha descubierto algo clave de José Mari: que su declive profesional es inversamente proporcional a su señorío.

Dios quiera que tenga suerte. Salud y libertad. Es lo mínimo que merece un hombre esencialmente bético, aunque ni él mismo esté de acuerdo en que lo es. Mejor dicho: es lo mínimo que, por encima de colores y afiliaciones, merece un hombre cabal.

Redacción

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