Varios jugadores del Betis, durante el derbi jugado en Nervión (Foto: EFE)
Varios jugadores del Betis, durante el derbi jugado en Nervión (Foto: EFE)

Pobre Betis

Felicidades al Sevilla por sus éxitos, pero los béticos no aceptamos esta diferencia
Por  13:53 h.

Perder un partido es lo de menos. Yo me arrodillo ahora mismo ante el Sevilla FC, mientras aprieto con la rabia de mi puño el escudo de mis desconsuelos, porque su palmaria superioridad es digna de encomio. Mal adversario es aquel que no sabe reconocer las virtudes de su rival. El equipo de Nervión está, deportivamente, a un par de galaxias del mío. Lo felicito sin la menor doblez. Por derecho. Y me revuelvo por dentro porque no lo entiendo. No lo entiendo. No logro entender por qué el Real Betis, que social y económicamente no tiene nada que envidiar a casi nadie, se presenta en el campo con la actitud de un equipo menor, a verlas venir, haciendo números de menesteroso permanentemente para que le salgan unas cuentas que dan vergüenza. Una entidad que tiene peñas en todas las provincias de España, más de 40.000 socios y miles de aficionados repartidos por todo el mundo no puede estar siempre aterida por el miedo al descenso y embarcada en el suplicio del maldito «manque pierda». El costumbrismo bético se ha convertido ya en una lacerante degradación, en un insoportable ultraje a nuestra resistencia. Los que tenemos hijos pequeños que no han visto ganar más que al Sevilla sólo podemos apelar a la tradición familiar para intentar mantener el castillo en pie. Los chiquillos nos preguntan por qué somos del Betis y cada vez encontramos menos razones para persuadirlos porque ya se han hartado de batallitas, de ver una y otra vez que han elegido una opción menor frente a otras que se permiten disfrutar con cierta periodicidad.

La derrota de ayer en el Sánchez-Pizjuán no es grave. El peligro está en el cansancio de fracasos que nos asuela. Todo tiene un límite. Y es paupérrimo conformarse con haberse mantenido en Primera y con esperar a ver qué hacen los demás para amortiguar nuestra inagotable frustación. Nuestras energías hay que consumirlas en intentar mejorar, no en aprender a soportar la miseria. Hay que gastarlas en hacer un equipo a la altura del aguante de su gente. En ganar títulos nosotros también. Y en dejar de ir a los campos con cara de pobrecitos que sólo podemos conseguir el triunfo gracias a un golpe de azar. Eso se tiene que terminar. Y hoy ha de ser el primer día de esa nueva era. Hay que parar la sangría societaria, buscar un consenso interno de una santa vez y proyectar un equipo valiente. Mientras continúen los navajazos entre nosotros no habrá solución. Dejémonos ya de contiendas palurdas. Todo el mundo tiene que ceder. Porque el Real Betis Balompié, ese sueño romano de la Bética que puso su bandera en Heliópolis para enarbolar los colores de esta tierra, es una cultura que tendríamos que proteger como el Patrimonio de la Unesco. Es una enseña de Sevilla tan alta como la torre que alzaron los moros. Un respeto, por favor. Seamos conscientes de que perder no nos debilita, lo que nos marchita es la asunción de la derrota. Lo malo no es ser pobre, sino no tener la menor aspiración a dejar de serlo.

Alberto García Reyes

Alberto García Reyes

Adjunto al Director de ABC de Sevilla