Actores buenos y malos (II)

Por  19:34 h.

¿Y dónde está la primera parte de este artículo?, preguntarán algunos. Al ocuparse de Juande Ramos, pues en el foro cibernético que le corresponde por la actual filiación deportiva de éste. O sea, en orgullodenervion.com, la web siamesa de ésta. Allí se concluyó que el entrenador sevillista es mal actor por su interpretación en la sala de prensa de Getafe tras el derbi de vuelta copero. Ahora, aquí, analizaremos a otro mal actor: su homólogo verdiblanco, Luis Fernández. Malas son sus interpretaciones, más frecuentes que las de su colega y no amigo. Malas.

El último ejemplo del galo, la efectuada en la última comparecencia bética, en la despedida de la Copa del Rey sin público pero con cámaras de televisión. Y éstas retransmitieron su mal papel. Si Juande prefirió película de acción para su estreno cinematográfico, Fernández eligió de nuevo –pues no era éste su estreno en estas lides– una de humor negro salpicado con gracejos barriobajeros, tipo Torrente. Lo suyo es la comedia, sí. Al menos es lo que siempre elige. Pero, pese a estar más curtido, nada de nada. No hay Goya ni Oscar ni Oso ni tan siquiera Grammy. Gracia, ninguna.

Sus provocaciones a Luis Fabiano y a Juande no pueden ni deben entenderse como una parte del juego que normalmente pasa desapercibida porque existe sonido ambiente, ruido del público que oculta lo que los profesionales entienden como el fútbol “de verdad”. No. ¿A qué venían las estupideces de Diogo o del botellazo si además sabía que iban a ser oídas por todos? Pues quizás a ese forzado intento que tiene el francés por interpretar un papel que ya está muy visto, el de gracioso de la corte. O quizás, también, por esa especie de obsesión que sufren los recién llegados por agradar al personal, como no se cansa de intentar cuando recalca en público que la plantilla es estupenda y que no necesita retoques para el año próximo –a Lopera ya no le gusta gastar, pero al final acaba no casándose ni con el más pelota–. Lo del potencial no se lo cree ni él. O como cuando se da golpes en el pecho subrayando su beticismo. Para bético, Rafael Gordillo; y no va al campo. O quizás, a lo mejor, para desviar la atención del juego del equipo que adiestra. Quizás. Ese equipo que, como le escupió a la cara el entrenador de la otra acera, dio al eterno rival todas las facilidades del mundo para que lo apeara de la competición del K.O. Ese equipo que está a cinco puntos del descenso. Ese equipo que ha ganado sólo cuatro de los dieciséis partidos oficiales en los que él ha sido el responsable táctico; y los cuatro, por la mínima.

A nadie escapa la gran labor que ha realizado Luis Fernández desde su llegada al Betis, un muerto al que ha logrado resucitar cuando todos lo enterraban allá por diciembre. Ha sacado partido a un grupo de jugadores que no conformaban un verdadero equipo. Les ha hecho mejorar muchísimo en la faceta defensiva y les ha sacado del pozo. Incluso les ha hecho jugar mejor por momentos. Pero quedan lagunas, peligro real de descenso y mucho trabajo por hacer. Y por eso, porque resta una labor ingente, más vale no despistarse ni dedicar tiempo a otras aficiones como la interpretativa. Le paga el club de Heliópolis, no Mariano Ozores ni Santiago Segura, así es que, señor Fernández, céntrese usted algo más y siga ejerciendo de entrenador, ámbito en el que ha demostrado muchas cosas buenas y tiene un reconocido prestigio. Olvídese de las comedias y los entremeses. Por lo menos en aquellos escenarios donde ya no cabía un chiste más. Ni siquiera verde.

Redacción

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