El cuento del lobo

Por  15:16 h.

Se acabaron las clases de psicología a la plantilla bética para afrontar los partidos con ánimo combativo. Esta vez no le funcionó la estrategia del diván a Paco Chaparro, que estuvo durante la semana ensayando la llamada “mirada del lobo” para, como se dijo, “ver a la presa, no perderle la pista, cazarla…” y toda esa literatura de la sabana africana. Llegó el Sevilla y, cuando más falta hacía esa motivación extra, hizo añicos ese apartado pedagógico del técnico verdiblanco.

Eso de la mirada al final acabó siendo el cuento del lobo a tenor de lo visto sobre el verde del campo sevillista en la noche dominical. Lo más feroz que tuvo la actitud bética en terreno del gran rival fue la venda de la cabeza de Edu o la cara de Chaparro en el banquillo. Por lo demás, corderitos. Lobos como corderos, ponen en los cines. En el de Nervión, también. Se reincide, además, ya que esta falta de sangre no es nueva en las filas verdiblancas, viene de muy largo y ha sido crítica constante de los aficionados y analistas, especialmente en el caso de los derbis, que el enemigo disputa siempre con un punto más de testosterona. A ellos sí les funcionó muchas veces otro viejo cuento como el del lobo, aquel de la sangre roja hirviendo y todo eso. Y es que a la hora de la verdad, toda esa palabrería con la que los técnicos rellenan demasiadas veces los huecos que no pueden completar con otros argumentos más objetivos no dejan de ser eso, cuentos chinos. El de la circulación sanguínea a cien grados, el de la mirada animal, el del olor a linimento o el que se ponga. Encomiable ha resultado y resulta el talante y la labor de Chaparro, que parece haber sido capaz de revivir a un auténtico muerto y que, además, es un entrenador más que capacitado. Pero en el fútbol llega un momento que lo que hace que la balanza caiga a un lado o no es la simple capacidad, la calidad del plantel o del equipo que se ponga en liza. Y en ese ámbito, lamentablemente para su gente, el conjunto bético está ahora mismo a años luz del eterno rival. De él y de muchos otros equipos de Primera, como ya dejé escrito. Por supuesto Madrid, Barcelona, Atlético, Valencia o el vecino de al lado. Pero también Español, Villarreal, Racing, Mallorca, Zaragoza y algún otro. El Betis tiene lo que tiene y con ello da para lo que da, y por eso el objetivo no es otro que no descender, algo que costará sangre (roja, verde o de lobo), sudor y posiblemente más de una lágrima. Las justificaciones se repiten una vez tras otra. La defensa no da la talla, nerviosa y superada en demasiadas fases de los partidos, el centro del campo no tiene nivel para contener y mucho menos capacidad para organizar o marcar el tiempo de partido más recomendable, mientras que los delanteros no ven puerta ni desbordan ni nada de nada. Sólo a ratos y en algún partido puntual aparece alguna acción salvadora. Y todo es por simple falta de calidad, ni más ni menos la que el que manda en el club ha querido que tenga el Betis. Lejos quedan ya, pese a la cercanía, Alfonso, Finidi, Vidakovic, Alexis, Jarni, Joaquín, Stosic u Oliveira. Lo de ahora es, sencillamente, otra cosa. Otra cosa bastante peor que el Sevilla, naturalmente. Por eso a nadie debe sorprender la derrota, ni siquiera la pobre imagen. Eso sí, bien podría servir para que el dueño de la entidad decidiera reforzar la plantilla, algo más que necesario, urgente. Pero él sigue con su vieja cantinela del gran nivel de la plantilla, de que si hay que fichar es para mejorar lo que hay (vaya reto complejo…) y de que en el 92 no sé quién salió corriendo. Sigan rezando, béticos.

Redacción

Redacción