El ególatra

Por  1:32 h.

En su deriva absoluta de los últimos años, en su más que evidente decadencia, en lo absurdo y en la locura, en plena y recurrente fiebre dialéctica, antes, ahora, siempre, el principal accionista del Betis reincide una vez tras otra en su mayor pecado, en su mayor defecto, en su gran error, en aquel instinto que le empujó para acabar dominando y moldeando a su antojo al centenario club de Heliópolis cubriéndolo con una gruesa manta oscura. El ego. La soberbia hecha carne. Pecado capital, ya que frotamos tantas estampitas. Por eso llegar al club. Por eso tanta foto, tanto busto, tanto petisú y tanta criaturita. Cualquier crítica, y más si es hacia su persona, la asocia a un ataque directo a la institución que mal gestiona de sus encarnizados enemigos. Gigantes y no molinos. Pero se va quedando sin sanchos y rocinantes…

Cuando ha llegado un ataque fiero de verdad, nada menos que el de la Fiscalía de Sevilla atribuyéndole un supuesto delito societario –en román paladino, que podría trasvasar dinero del club a sus empresas personales— que muchos atisbasban en el horizonte, Manuel Ruiz de Lopera ha echado mano de su más que habitual enroque discursivo y, entre otros penosos argumentos, ha llegado a asegurar que “es la primera oposición, en cien años, que ha denunciado al Betis”. Lo de siempre. Yo soy el Betis. Su terrible enfermedad. Diríase que terminal. No. Usted no es el Betis. La plataforma que ha trasladado al fiscal la información mercantil con las presuntas y gravísimas irregularidades no ha denunciado al Betis, ni mucho menos. No desvíe. Lo ha denunciado a usted porque entiende que se beneficia del Betis, que es algo radicalmente distinto y que cualquiera comprende. Quizás se le ha nublado el entendimiento pensando que sí, que el club es poco más o menos que una extensión suya, al ver en qué lo ha convertido y todo lo que ha hecho. Ha puesto su nombre al estadio, a la misma casa del Betis, con la pobrísima justificación de que ha levantado un par de gradas nuevas y de que la gente lo había pedido. Ha puesto su nombre a la ciudad deportiva, esa de la que cualquier técnico serio se ríe por lo tercermundista de sus instalaciones. Ha convertido su domicilio en el centro de operaciones del club. Se ha erigido en sabio secretario técnico experto en fichar acertadamente. Y en intermediario. Ha traspasado los mayores activos del club a sociedades que son suyas. Suyos son los contratos, las tribunas, los futbolistas, los títulos, los ingresos televisivos, los pagarés, los cheques de El Corte Inglés, la supuesta directiva, la gerencia, los obsoletos despachos o los mecanismos de coacción o amenaza. Pero el Betis no, no se confunda. Nadie ha denunciado al Betis, sino a quien presuntamente le saca la sangre. Usted mismo lo ha dicho alguna vez: “Si yo me voy, el club dura tres meses”. Así lo quiere, así, bien agarrado. O yo o nadie. Pero ahora ya no es cuestión de críticas ni pitos ni cartas al director o micrófonos comprados sino de jueces, a los que dice no temer. Si eso es así, luz y taquígrafos. Anímese y explique. Pero deje de repetir las mismas sandeces y aquello de que el club no le debe nada a nadie. Financieramente, la entidad no existe. En lo demás, no se preocupe usted, tiene una salud de hierro. Ya lo verá. ¿Que está rozando el descenso? ¿Que puede jugar en Segunda B si usted no pone la guita? Pero si no hablo de fútbol ni de categorías ni de goles, hombre… Hablo del Betis

Redacción

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