Fin de trayecto

Por  2:11 h.

El domingo se cumplieron justo seis años de que dos goles de Gastón Casas en Jaén devolvieran al Betis a Primera. Precisamente este domingo, efeméride total, otros dos goles de Edu sirvieron para mantener al club verdiblanco en la máxima categoría. Fueron el rescate ante un descenso que ya se palpaba y que hubiera resultado dramático y escandaloso. Pero si el 0-2 del 17 de junio del año 2001 supuso un punto de inflexión en la historia de la centenaria entidad, el 0-2 del 17 de junio de 2007 tiene que representar, por narices, el fin de un trayecto, el tope de la precariedad como institución, decisiva para explicar el segundo batacazo seguido. Así lo pide el corazón bético, que es su gente.

Porque todo o casi todo en el Betis se ha hecho mal. Y los que no han dado la talla o ya están fuera o están en ese tránsito. Lo hizo mal Javier Irureta, triste, incapaz, y acabó comiéndose el turrón en casa. Lo hizo igual de mal Luis Fernández, patético, perdido, bocazas, y terminó despedido tras un vergonzoso 0-5 en La Palmera. Lo han hecho mal los futbolistas, penosos en su amplísima mayoría. Y por eso no es raro que ahora el principal aspirante a entrenar el equipo pida unas quince bajas. Claro. Lorenzo Serra Ferrer solicitó hasta catorce y no andaba mal encaminado, visto el rendimiento. Romero, Contreras, Assunçao, Robert, Odonkor… Suspenso rotundo. Hay que fichar. Lo hizo, lo ha hecho y lo sigue haciendo el consejo de administración o lo que queda de él, simples figuras decorativas o palmeros del tres al cuarto sin capacidad alguna de decisión. Nadie se explica qué motivos tiene José León para representar un papel entre lo melodramático y lo puramente humorístico como presidente del club. Y nadie se explica que otros sigan queriendo actuar de blanco de las iras de una afición que busca más allá de esa pantalla directiva. Que busca al gran culpable. A Manuel Ruiz de Lopera, hace años ídolo de la masa y ahora principal responsable de la gravísima decandencia. Y hay que decirlo: el principal culpable debe ser quien manda de forma dictatorial, sin asesores ni profesionales que lo rodeen y que, sobre todo, se atrevan a llamar pan al pan.

En su constante ensoñación quijotesca, Lopera cree controlar un club de fútbol del siglo XXI cuando lo que maneja es un simple caballito de cartón, una entidad deportiva sin la mínima estructura, donde la simple compra de un balón pasa por su despacho, donde no existe personal cualificado ni un número de trabajadores acorde ni por supuesto instalaciones a la altura. Cualquier equipo de Segunda (Elche, Ejido, Almería, Murcia…) o hasta de Segunda B (Córdoba, Éibar, Rayo, Oviedo…) trabaja de manera más seria, más rigurosa, más estructurada y con mejores medios. ¿Quién carga con las maletas en los viajes del Betis? ¿Quién se ocupa de los billetes de avión, por ejemplo? ¿Qué iluminación tiene la ciudad deportiva? ¿Qué camisetas usan los escalafones inferiores? ¿Qué ojeadores tiene el club? ¿Cuántos? ¿Quién se encarga de arreglar la hierba? ¿Cómo es el gimnasio del equipo? ¿De dónde proceden los vídeos que maneja la secretaría técnica? ¿Cuántos ordenadores tiene el club? ¿Hay algún fax más aparte del que usa el gerente? Cada respuesta es motivo suficiente para explicar la debacle de cualquier club y mucho tiene que ver todo eso en lo que ha pasado. Pero lo peor es el egocentrismo de Lopera, incapaz de delegar pese a sus reiteradas equivocaciones, que le han llevado a estar a punto de convertirse en el primer dirigente que manda a Segunda dos veces a su club. Improvisa constantemente, con lo que demuestra una y otra vez que de gran empresario no tiene un pelo. Ha sido y es un magnífico rentista. Pero el Betis no es una nave alquilada en el Polígono Navisa. Su gestión no es adecuada y por eso está cada vez más solo. Él, su dinero, sus acciones y su club de cartón, ese “Real Betis Balompié Sociedad Anónima Deportiva”. Pero el Betis está en otro sitio, un lugar al que Lopera ya no podrá llegar. La gente se lo impedirá. Ya no le quieren, porque él mismo ha llevado la situación al límite, al final del trayecto.

Redacción

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