Paco Chaparro

Por  21:50 h.

A la hora de redactarse este artículo, Marcelino García Toral está a punto de convertirse en entrenador del Betis. Si no lo ha hecho ya, que con Tegasa nunca se sabe… Pero resulta justo dedicarle un espacio y un buen puñado de elogios a Paco Chaparro, trabajador en la sombra y hombre de poco glamour pero de mucha dignidad. La gloria le debe una.

No se trata de discutir la idoneidad de la contratación de Marcelino, ojo, sino de dar al César lo que es suyo. Tras el desastre de los renombrados y bien pagados Irureta y Fernández, Chaparro, técnico de la casa y trotamundos de los banquillos de Segunda B y Segunda en Andalucía, se hizo cargo del auténtico “marrón” de entrenar al primer equipo verdiblanco una sola semana para disputar la última jornada a cara o cruz: o se ganaba en Santander o el Betis descendía el año de su centenario, nada más y nada menos. El vestuario estaba muerto, el ánimo de los jugadores por los suelos e incluso muchos aficionados veían ya al equipo en Segunda. Pero Chaparro imprimió su sello en sólo varios días, mentalizó a los jugadores, les dio ánimos, ejecutó el trabajo de forma lógica –o sea, a ver si nos enteramos ya, poniendo a cada jugador en su sitio– y logró que el Betis ganara y se salvara. Antes había clasificado ya al filial para la liguilla de ascenso a Segunda B, objetivo que obtuvo, sentado de nuevo en el banquillo, este domingo.

Nada nuevo. Hace justo seis años, Chaparro consiguió que el Betis lograra su último ascenso a Primera hasta la fecha, el de Jaén con los dos goles de Casas. Él y Luis del Sol trabajaron duro varios meses y metieron al equipo donde debía estar en una temporada dificilísima peleando con el Sevilla, que fue campeón destacado, el Tenerife de Rafa Benítez, Torrado y Martí y el Atlético de Madrid del emergente Fernando Torres. Como entonces, ahora ha tenido que ser un técnico de la casa, desprovisto de medallas pero cargado de beticismo, el que salvara el pellejo y tapara las grietas de esta triste patera que un día fue yate. Posiblemente Chaparro no vista los mismos trajes de marca que José Mourinho o Jorge Valdano, ni tenga la capacidad verbal o la retórica de Víctor Fernández, ni la mesura de Vicente del Bosque, ni el pelo de Frank Rijkaard, ni use las gafas de diseño de Fabio Capello, ni vaya a entrar en las quinielas para entrenar al Madrid, ni tenga tan buena prensa como Bernd Schuster, ni el culo pelao como Luis Aragonés, ni sea tan payasete como su predecesor en el Betis. Posiblemente. Pero su dedicación, su trabajo y, no se olvide nadie, sus resultados, merecen todo el respeto y todas las flores. Nunca ha gozado de grandes titulares, pero a él sí le hierve la sangre. La sangre verde, por supuesto. El Betis y sus cien años estarán en deuda eterna con Chaparro. Escrito queda.

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Redacción

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