Ganar cuando no se debe empatar

Por  17:20 h.

Dice un adagio futbolero muy conocido y que se aplica normalmente cuando se juega fuera de casa que «hay que procurar no perder los partidos que no se pueden ganar», de lo cual hay que inferir que el equipo sólido es el que vence cuando no debe empatar, se apunta la equis cuando no puede ganar y pierde cuando el contrario es definitivamente mejor o cuando le toca el Turienzo de turno.

Esta ley del rendimiento óptimo tendría también un contrapunto, que sería la norma de la exigencia mínima. Si un equipo no gana los partidos que tiene de cara, mala cosa, y peor cuanto más fácil se le ofrezca el triunfo. Si llega a perderlos, chungo cubata, que dice un amiguete. Porque la exigencia mínima para no entrar en el terreno de lo preocupante obliga a vencer cuando no se debe empatar y mucho menos perder. Y eso es lo que hizo ayer el Betis, lo cual le concede un margen de confianza.

Llevaba el equipo de Chaparro sin ganar en la Liga desde el mes de noviembre y había sumado sólo un punto de los últimos 18 que había disputado, de modo que negar su mal momento sería una necedad en vísperas del choque de Pucela. Pero el Valladolid también había entrado en una fase declinante y llegada la hora de la verdad, con el balón puesto en juego, su fútbol de imprecisiones exigió la victoria del Betis, que mantuvo un nivel mínimo suficiente para cumplir con esta obligación y tranquilizar a su afición al hacerle saber que no está tan mal como para perder con cualquiera. Certeza ésta de importancia superlativa.

El conjunto bético necesitaba hacer palanca en algún sitio para abrir una puerta que se le había cerrado. Y lo encontró en Pucela. Ganar ya era vital, un objetivo prioritario, y hacerlo en un partido como el de ayer, en el que el Valladolid no era capaz de aspirar por sí mismo al triunfo, más aún, ya que hubiera sido lesivo no derrotarle.

Redacción

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