Lopera bipolar

Por  2:57 h.

La capacidad de adaptación de Manuel Ruiz de Lopera a todas las circunstancias es tan admirable como vergonzante, según sea el caso. Se arrima a la razón pero se casa con la desvergüenza, saca pecho si puede y amolda su discurso al victimismo si es rentable. Siempre es lobo embutido en piel de cordero y aunque llega a pedir perdón con la boca pequeña, jamás reconoce una culpa. Ninguna responsabilidad le toca en los desastres pero reclama los parabienes por los buenos momentos que al beticismo le ha tocado vivir en los últimos 17 años, de modo que los éxitos de las dos etapas de Lorenzo Serra Ferrer son suyos, porque él contrató al balear, pero los fiascos de tantas y tantas otras temporadas hay que apuntárselos a los que le recomendaron a Griguol, a Irureta y a Hiddink o a quienes se pronunciaron a favor de darle la oportunidad de su vida a Paco Chaparro. Si el viento sopla a favor, él se coloca a proa, como Leonardo di Caprio en el Titanic, y cuando el barco se va a pique él aparece agarrado a un salvavidas en la popa ganando tiempo para salir de nuevo a flote con una habilidad para escapar de la tragedia que ni Harry Houdini. Su fin, que es quedarse siempre a la mitad de las cosas —de los proyectos, del crecimiento deportivo, del estadio…—, justifica la demagogia, el cinismo y su pertinaz interpretación del «o yo o el caos» aunque todo el caos posible se haya desparramado ya sobre el alma bética.

No comprendo al dirigente, al dueño de la sociedad anónima deportiva que no del Betis, y siempre me ha caído bien la persona. Dicotomía pura. No se puede entender al Lopera bipolar de los cinco mil millones de pesetas por Denilson y de los bajantes apestosos de la sala de prensa del estadio; al de las primas mareantes y las moquetas prehistóricas de las oficinas de Heliópolis; al que trae a Alfonso y a José Mari; al que tan pronto se da golpes en el pecho como calla durante meses. Al que está tan cerca pero tan lejos. Al que viajaba con el equipo y hacía chistes y al que vive prisionero de los guardaespaldas. ¿Merece la pena, Manolo?

Redacción

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