La resignación tiene un límite

Por  15:02 h.

Un equipo mediocre, un rival desahuciado, una clasificación donde está (casi) todo el pescado vendido, un horario molesto, un estadio extraño y con accesos francamente disuasorios, televisión en abierto… Bueno, pues pese a todos estos condicionantes y algunos otros, la afición del Betis va a acudir en masa al Olímpico de La Cartuja para apoyar a su equipo, abstraerse de los muchos y demoledores motivos que tiene para abandonarse a la indiferencia, centrarse en los futbolistas que van a defender la camiseta verdiblanca –qué acierto la evocadora casaca del Centenario– y poner todo de su parte para que se queden en casa tres puntos que dejen ya muy próximo, prácticamente a falta de confirmación matemática, el objetivo de asegurar la permanencia y ponerse a pensar, con la mayor antelación posible, en la planificación –qué concepto tan ajeno a la dirección actual del club– de la próxima temporada.Betis-Real Sociedad en los carteles del monumental estadio que tantos jaramagos ha criado entre los municipios de Sevilla y Santiponce, todo un reto a la hora de acumular share para la cadena del tiquitaca, que en cualquier otro caso clasificatoriamente similar, pongamos un Levante-Nástic, habría tenido que contratar como realizador a un auténtico mago para que ofreciera planos con un mínimo de ambiente en las gradas y a tres o cuatro animadores como el que da color a los partidos de los sábados para que el encuentro programado no fuera una continua invitación al cambio de canal. Pero estamos hablando del Betis, de un fenónemo sociológico capaz de extraer entusiasmo donde sólo sería lógica la abulia, y al conjuro del nombre del Betis siempre acaba ganando la leyenda sobre la prosaica realidad de un resultado, de una temporada, de un presidente y hasta de un dueño. Aunque esto último se está poniendo ciertamente complicado. El bochorno gratuito y perfectamente evitable al que ha sido sometida la afición bética a cuenta del último episodio protagonizado por el que fuera salvador del club y por su perro Hugo, para recocijo de ocurrentes mandarines de los micrófonos capitalinos, puede haber servido para acabar con las últimas dosis de paciencia y resignación de muchos aficionados, que tienen un límite por mucho que no lo tenga su beticismo. El poder de la grada para transformar una realidad que hace tiempo que no le gusta es tan relativo, frente a la fuerza de las acciones, que son legión los aficionados verdiblancos que rumian su tristeza en espera de que un nuevo vaivén en la agitada historia de su club les dé algún motivo para salir del estoicismo. Los más románticos buscan refugio en la leyenda del desempolvado manquepierda. Y los más beligerantes gritan en vano “Lopera, vete ya”. De momento, que unos y otros busquen aparcamiento como puedan para dejar su impotencia y su rabia en las puertas del Olímpico y echen una mano para ganarle a la Real.

Redacción

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