Algo debe cambiar…

Por  23:07 h.

… para que todo siga igual. Para que los aires de renovación terminen viciándose y aboquen a la entidad a un anquilosamiento sin vuelta atrás. Quizá es que así se define su esencia, una idiosincrasia basada en la necesidad de perpetuarse en el inmovilismo, de estancarse eternamente, pero con alguna concesión al cambio, para que adaptarse a los tiempos no se interprete como rendición con condiciones y sí como una válvula por la que el sistema se ventila mientras asegura con ello su subsistencia.

Manuel Ruiz de Lopera ha abierto las ventanas de cara a la galería. El ficticio aperturismo que inspiran sus últimas decisiones no esconde más que un esfuerzo tan estéril como carente de credibilidad por recuperar la aclamación popular. Si la voluntad de cambio fuera decidida; si al máximo accionista le embargase el más insignificante interés por complacer a una masa social desencantada a la vez que indignada y presa de un inequívoco furor por un cambio de rumbo, y mejor si es sin Lopera; si el ingreso en la modernidad que bendice éxitos y amortigua rachas adversas presidiera la hoja de ruta del ex presidente, nada se habría hecho como se está haciendo. No se habría envuelto en brumas de duda la contratación de Marcelino, perfil de Juande, talla profesional y rigurosa para abanderar un proyecto sólido de futuro, “rara avis” en una fauna en la que abundan los aduladores, “vendehúmos” y otros trepas expertos en el arte de sacar tajada en un mundo regido por la prisa y el beneficio rápido. No debe desdeñarse que el pujante entrenador asturiano haya puesto condiciones de flagrante costo para el club: una lista negra de bajas, la revitalización de la secretaría técnica o una mejora de las instalaciones de entrenamiento. El percal empieza a ser de dominio público.

Malo si el golpe de efecto que persigue Lopera se limita a los cinco fichajes que dijo tener atados a falta de su aval personal (mejor ni hablar de la nueva astracanada, representada en una delirante propuesta de venta del paquete accionarial mayoritario). Malo y no porque lo sea en sí mismo, sino porque el patrón, guiado por el populismo más rancio y previsible, volverá a confundir un viraje en el rumbo de la desnortada nave bética con un repunte coyuntural encaminado a apaciguar el vendaval contestatario que ha levantado la rugiente pero aún débil oposición. Los tiempos se han vuelto adversos pero, en el ideario de Lopera, reciclarse sólo obliga a pagar una cuota: esa ligera concesión, deportiva e institucional, que más que un deseo de cambio enmascara la voluntad de que todo siga igual.

Redacción

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