Centenario en 2092

Por  1:44 h.

30 de junio de 2092. Un imponente mural al megalómano estilo de los que hoy decoran calles y plazas de La Habana y Pekín presidirá el ya concluido templo consagrado al bimensual encuentro con los fieles. Hará ya tiempo que el benefactor dejó planeada al milímetro la transición hacia un régimen pretendidamente más popular pero de atávicas trazas populistas.

Todo funcionará según los impulsos de veleidosos designios del nombrado sucesor, que habría sido convenientemente moldeado a imagen y semejanza del llorado Gran Timonel. El elegido se habrá rodeado de ventajistas y medradores cortesanos, indecisos entre un innegable patriotismo, su afán de notoriedad y la adulatoria complicidad en la vertebración de un sistema en el fondo desestructurado, anquilosado y sin visos de apertura. Nada habrá cambiado y la masa social, maltratada hasta la asfixia en su aplastado espíritu levantisco, malvivirá ayuno de ilusión por la perenne y camuflada crisis.

Pero ese día el Betis cumplirá cien años. Los festejos serán admirados y dignos de una efeméride a la altura de las evocaciones más conmovedoras de un sentimiento inefable; el reconocimiento a una historia, a unos símbolos y a unos colores resultará sincero y genuino; y paterno-filial el cariño a quienes hicieron posible que la leyenda alcanzara su primer siglo de una grandeza que supera el logro cuantificable. Eso sí, presente como un Gran Hermano estará siempre el ciclópeo retrato del Querido Líder, del muñidor, allá por los primeros lustros de su déspota delirio, de un proyecto ilustrado en el que la base, la gente de la calle, sólo existía como destino de una labor que en la práctica la condenaba al ninguneo: la demagogia había sido su gran arma ante la amenaza de revueltas, una virtud que debía transmitirse a los herederos de su Gran Obra.
Ni el Hacedor ni los que siguieron su disparatado plan de espaldas al clamor popular habían sido modelos de gestión y el año a año se sintetizaba en una dura lucha por la supervivencia, pero hay que reconocerles que no lo tuvieron nada fácil, tal había sido la cantidad de conjuras y conspiraciones que atajar y humillar. Aunque la situación se reconduciría, antes de cumplirse el decimoquinto cumpleaños del nacimiento de la Era de la Libertad y la Riqueza, la que inauguró el Líder, y después de unos años de júbilo y euforia, un amplio sector del pueblo había empezado a cuestionar la conveniencia de ciertas decisiones y una parte de su séquito se había hecho crítico entre bambalinas.
Llegado 2007, el despreciado populacho había discrepado del Perfecto Guía porque, defendía, era entonces cuando debía celebrarse la centuria de vida del proyecto común. Entendió el factótum, sin embargo, que debía dar manga ancha a la disidencia para no ganar enemigos tan pronto, aunque en la sombra sí movió los hilos para torpedear toda iniciativa de sus súbditos. La crisis le había estallado en las manos e incluso en casa le salieron traidores, pero para resolverla estaba su recurso al decretazo… y la fe debida al trono: ante todo, había que aferrarse al poder. Aplastada toda oposición (hubo otra que entendió que su única oferta, la instancia al diálogo, no llevaba a ninguna parte), y sin importar si el Betis se sumía en la pobreza o si la providencia lo sacaba de la hambruna más atroz, el Líder reescribió la historia, barrió de la conciencia colectiva la más insignificante referencia a los 85 años de historia anteriores a la revolución que él había prodigado y mantuvo con mano de hierro la unidad de su designio unipersonal. Eso había sucedido en 2007 y ya nadie se acordaba, pero es que era ese año cuando el Betis cumplía cien.

Redacción

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