La conjura de los necios

Por  21:49 h.

Uno examina cada gesto, cada comentario, cada excentricidad, cada “boutade” de Luis Fernández y suelta la imaginación. ¿Es más el personaje que la persona? Sin duda. Escucharle es como estar ante una original creación literaria que ha saltado desde la ficción a esta realidad que atormenta al beticismo. No hay patente posible, pues ya alguien creó un ser imaginario que se creía diana de una conspiración de magnitud mundial encaminada a desposeerlo de esa verdad universal de la que en su racial cerrazón se considera custodio.

John Kennedy Toole escribió “La conjura de los necios”, que la primera reseña que salta al escribir el título en “google” define como “una disparatada, ácida e inteligentísima novela. Pero no sólo eso, también es tremendamente divertida y amarga a la vez. La carcajada escapa por sí sola ante las situaciones desproporcionadas de esta gran tragicomedia. Ignatius J. Really es, probablemente, uno de los mejores personajes jamás creados y al que muchos no dudan en comparar con el Quijote. Más aún, es el antiprotagonista perfecto para una novela repleta de excelentes personajes, situados en la portuaria ciudad de Nueva Orleans, magistralmente definidos y que suponen el contrapunto exacto al gran Ignatius. Él es un incomprendido, una persona de treinta y pocos años que vive en la casa de su madre y que lucha por lograr un mundo mejor desde el interior de su habitación. Pero cruelmente se verá arrastrado a vagar por las calles de Nueva Orleans en busca de trabajo, obligado a adentrarse en la sociedad, con la que mantiene una relación de repulsión mutua, para poder sufragar los gastos causados por su madre en un accidente de coche mientras conducía ebria”.
Ya ven, situaciones disparatadas y desproporcionadas, tragicomedia quijotesca, incomprensión social hacia el antihéroe, que se mueve entre la inadaptación y la repulsión que siente por un entorno siempre amenazante… y una cuenta que pagar. La diferencia es que, en su febril delirio, en su enfermiza misantropía, Ignatius abriga un imposible, tan alcanzable en la inocente imaginación que lo devora como de frágil inconsistencia al enmarcarlo en la vida real. Pelearse con molinos de viento es más disculpable cuando se tiene una venda en los ojos. Hacerlo en estado de plena consciencia es enmascarar la verdad con supercherías, levantar una nebulosa de debates sin sentido para disfrazar una acción tan humana como el error, orillado ante semejantes a los que el recelo viste de necios conjurados.

Redacción

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