Zozulia, en un acto del Betis (J. M. Serrano)
Zozulia, en un acto del Betis (J. M. Serrano)

La posverdad de Zozulia

La cuestión capital de la polémica es la transformación de un error en verdad absoluta por el efecto de las redes sociales
Por  12:48 h.

Cada día tomamos pequeñas decisiones sin sospechar su posible trascendencia rocambolesca. Si aquella mañana de agosto, cuando estaba preparando la maleta para viajar a Sevilla, Roman Zozulia se hubiera puesto un polito en lugar de la camiseta con el escudo de su país, a esta hora no se habría quedado sin trabajo tras ver sus derechos laborales pisoteados, y no se habría originado un escándalo que ha derivado en conflicto internacional: el embajador de Ucrania en España ya ha intervenido y en la exrepública soviética acusan a Rusia de estar detrás de la campaña contra un futbolista que se ha convertido en héroe nacional no por sus goles, sino por convertirse en emblema del orgullo patrio.

El «caso Zozulia» es una de esas polémicas desproporcionadas que de vez en cuando amenizan la actualidad futbolística porque se salen de los parámetros estrictamente deportivos. La historia ha dado para diversas lecturas: la ideología del chaval, una cuestión que sólo le debía competer a él pero que se ha convertido en controversia pública; la ascendencia de grupos ultras en las directivas, la tolerancia en las gradas y hasta un debate sobre jurisprudencia laboral, porque se trata de un trabajador que podría quedarse sin cobrar porque no se le permite acceder a su puesto. Nadie ha puesto énfasis, sin embargo, en la cuestión capital: la transformación de un error en verdad absoluta gracias al efecto demoledor de las redes sociales. La posverdad de Zozulia, según el término que ha puesto de moda la última politología. Esta polémica nace de un error -admitido con humildad por su autor- que aparece publicado en una web del norte de España, en la que se informó de que el futbolista del Betis había llegado a Sevilla ataviado con una camiseta con el anagrama de un grupo neonazi. A las pocas horas se comprobó que se trataba del escudo de su país, pero la bola era ya imparable: una televisión nacional emitía el vídeo y comenzaban a circular en redes sociales fotos de Zozulia con ropa paramilitar. Nadie reparaba en la sociedad militarizada de Ucrania -un país prácticamente en guerra tras la ocupación de Crimea-, ni en las aberraciones que hizo la Alemania de Hitler en aquel país -consideraban a los ucranianos untermensch, «personas inferiores»-. En las redes sociales Zozulia ya era un nazi sanguinario. Y esa es la verdad que finalmente se ha impuesto, la falsa certeza que ha hundido la vida del jugador y ha provocado un conflicto diplomático.

El caso del delantero bético demuestra, más allá de su dimensión deportiva, que el proceso por el que las redes sociales reemplazan a los medios tradicionales como proveedores de información no sólo compromete la viabilidad de un modelo de comunicación, sino que supone una amenaza para la libertad. Perjudica al ciudadano tanto como a las empresas informativas. Y si tienen dudas, pregunten al pobre Zozulia.

Manuel Contreras

Manuel Contreras