Piccini y Van Wolfswinkel pelean con Beñat un balón en el Betis-Athletic
Piccini y Van Wolfswinkel pelean con Beñat un balón en el Betis-Athletic

Perdona, Linus

"Crucemos los dedos para que esto no sea el dejà vu de hace dos años, que es lo que parece"
Por  1:03 h.

Linus Lövgren es un chaval sueco residente en el pequeño municipio de Borlänge, en el centro de Suecia, que tiene tatuado el escudo del Betis. A pesar de que en su casa apenas hay afición al futbol, se hizo seguidor del club cuando tenía once años, impresionado por el Betis de Serra Ferrer, y desde entonces sigue con pasión los avatares verdiblancos. Cada fin de semana se las apaña para seguir los partidos del Betis por televisión, y sus comentarios en Twitter denotan un perfecto conocimiento de la plantilla. El caso de Linus se repite en otras muchas ciudades del planeta. Gente sin relación alguna con Sevilla que se hacen seguidores acérrimos del club de Heliópolis. No han pisado la ciudad, no hablan español, pero a miles de kilómetros captan que el Betis es un club especial: esa es la grandeza del beticismo, un sentimiento que escapa a los parámetros de la lógica y la razón.

Los locos de la cabeza como Linus merecen un equipo a la altura de su leyenda. No hay derecho que un tipo que en el centro de Suecia se las apaña cada domingo para ver jugar al Betis se le ofrezca un bodrio como el de ayer. Un equipo mal colocado, sin estrategia, sin físico, perdido enmedio de la lluvia sin saber a qué jugar. Un equipo al que le llegan a su área 34 veces -¡34 veces, Linus!- y que tarda 40 minutos en tirar a puerta ante su afición. Un equipo inseguro, cohibido ante la falta de un patrón de juego y que por tercer partido consecutivo encaja un gol en los primeros diez minutos. Un equipo sin trabajar, sin jugadas ensayadas y para el que una falta en contra es casi un penalti. Un equipo, en definitiva, muy por debajo de la plantilla que lo compone.

Nosotros, los que traemos el beticismo de fábrica, no tenemos opción, pero me pregunto cómo es posible que un sueco que vive a 3.600 kilómetros de Sevilla siga enganchado al Betis tras partidos como el de ayer. Es la prueba irrefutable de que el Betis es algo único y el beticismo una bendita enfermedad. Quizás un virus en el hipotálamo, vaya usted a saber. En cualquier caso, Linus, machote, perdona el espectáculo y crucemos los dedos para que esto no sea el dejà vu de hace dos años, que es lo que parece. Y si lo es, no pasa nada: seguiremos disfrutando derrota tras derrota de este Ébola verdiblanco que no tiene fronteras ni, gracias a Dios, vacuna posible.

Manuel Contreras

Manuel Contreras