Camino de la mediocridad

Por  21:57 h.

La mediocridad. Bendita para algunos y maldita para otros. Sí, bendita, porque si el Betis acaba esta temporada en esos puestos que suelen ser propiedad de Valladolid, Getafe, Español y compañía, se libraría de la insana emoción que provoca bordear el descenso. Maldita porque supone asumir una condición que, por afición y plantilla no tiene el club con la historia y el potencial de las trece barras, que da pena verlo años atrás en descenso y que el conformismo suponga optar a ser décimos. Pues en ese camino, y con esas dos lecturas (y tropecientas más que habrá en función de los gustos individuales), recorre el equipo de Chaparro las etapas de esta Liga. Va hacia ella, hacia estar salvados y sin objetivos allá por abril, cuando el resto de equipos andarán haciendo cábalas para salvarse o para metas más gloriosas.

Esa previsión de aburrimiento contrasta con la pregunta sin resolver que es pensar qué hubiera sido este equipo con Edu y si en enero hay fichajes competentes. Quizás los haya, porque los discursos actuales no valen de nada ya que son fácilmente excusables en cuanto pasen un par de horas, pero eso es un futurible con menos respuestas incluso hoy día. Si el Betis tuviera esos puntos que echa de menos (como casi todos los equipos) y si aprovechara la ocasión que parece que se le presenta este año para auparse más arriba de las metas de la mediocridad, la alegría puede ser comparable a un premio importante en la Lotería. Chaparro quiere cambiarle la cara al bético y pasar en unos meses de tres años de angustia a la dicha continental. Es lícito que piense así, porque el bético de a pie también lo considera y él se debe a una hinchada que ha recibido la ilusión como un regalo inesperado. Sin embargo, el término medio de la mediocridad se antoja como lo más probable. Unos lo llamarán crecimiento pausado, otros reclamarán calma y la mayoría acepta que los milagros no son posibles de un año para otro, pero la pena es que el Betis tenga que no sólo que conformarse, sino alegrarse con ser décimo cuando su puesto está mucho más arriba. Que la emoción se mantenga hasta el final por intentar agarrar felicidades y no por rechazar tristezas.

Redacción

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