Las ocho semanas y media de Edu

Por  12:39 h.
Sería el destino, para los que creen que escribimos sobre sus folios ya numerados; o la fortuna, que hay quienes andan resignados a su ruleta; o más bien la vida, tan linda y tan puñetera. Sea lo que fuere convirtió en profecía una advertencia, la de Manuel Ruiz de Lopera cuando hablando de nuestro protagonista, que le dijo tres veces no a su oferta de renovación, afirmó: «…Y si se lesiona, mala suerte». Y Edu en la cara de los cromos, Luis Eduardo Schmidt en el revés, se lesionó, y lo hizo de gravedad hasta el punto de que tuvo que ser operado. En Finlandia, hasta donde se fue la persona y la tarjeta de crédito, reconocieron sus lágrimas.
Por más que las palabras del jefe resultaran trágicamente proféticas, no puede decirse que el Nostradamus de Jabugo hubiera procedido con desprecio hacia él. La oferta de ampliación de contrato que le puso sobre la mesa era bien generosa, pero el brasileño, que se sabía el mejor y más regular jugador del plantel bético en el último lustro, quería un último compromiso cinco jotas, acaso el que algunas sirenas cantaban en el viaje a Ítaca de su representante, un José Fuertes, el mismo que el de Luis Fabiano, que últimamente anda gafado. Si la sirena era el Valencia, ya se vende a rodajas en el mercado como merluza congelada.
Edu volvió el sábado al fútbol y logró su cuota de protagonismo en el descuento. Tiene nueve partidos en ocho semanas y media para demostrar que es un jugador de dos millones de euros netos. Lo que le pidió al Betis. Pero yo no sé si aceptaría ahora lo que Lopera le ofrecía antes ni si en Jabugo llegarían de nuevo a esa cifra.
SACRIFICIO SIN PREMIO
Deje usted al perro sin su paseo de la tarde, al niño haciendo alpinismo por el pasillo colgado de las alcayatas de los cuadros, acorte la siesta y alargue los pasos, fríase con una bufanda colgada al cuello y váyase a animar a su equipo desde la salida del hotel para que un tal Ricardo, que no desciende del Corazón de León sino de Cabeza de Chorlito, haga un penalti de risa con el descuento ya descontado y el rival se cobre un punto cuando tenía perdido los tres. Paco «Gato» Chaparro, que no tiene siete vidas sino 29, tantas como jornadas se llevan disputadas, no le gana a nadie. No sólo eso, es capaz de hacer pichichis a tipos como Carlos Aranda, un delantero que fichó Monchi en la época en la que el sevillismo bebía agua y que se presentaba a los entrenamientos con tal exceso de peso que a su lado el Romaric de agosto era un buñuelo.
Han pasado 48 horas de la cosa —¿partido?— contra los sorianos y el que manda sigue reunido consigo mismo sin lograr convencerse de la medida a tomar. Es lo malo de exigir mayoría absoluta en lugar de conformarse con la simple. Lo que quiere Ruiz y secunda Ávalos hace dudar a Lopera.
Redacción

Redacción