Dmitry y Manuel

Por  22:28 h.

Blas Ballesteros, que antes de cocinero deportivo fue fraile político, ha tenido la oportunidad en su corta estancia como caballero de la mesa redonda verdiblanca de pronunciar varias frases lapidarias. Algunas, supuestas gracias con el rival de diana, terminaron atragantándosele, pero otras adquirieron cierto relieve, algo por lo demás no demasiado difícil de conseguir oyendo a los que hablaban últimamente en el patio heliopolitano. Lo penúltimo que pronunció, casi coincidente con su adiós, fue una advertencia: “Cuidado que nos podemos encontrar con que al Betis llegue un Piterman”. Era, hay que admitirlo, una frase interesante, porque el ucraniano se ha convertido en el lobo del cuento para muchas aficiones del fútbol español, pero lo cierto es que pensándolo bien llegaba uno a la conclusión de que Blas estaba de broma: ¿Cómo va a llegar un Piterman al Betis si ya lo tiene?
El ucranianoestadounidense sólo se diferencia de Lopera en que entrena al equipo y lo dirige en el banquillo los domingos, pero por lo demás, igual: confecciona la plantilla como le da la gana, hace y deshace en el club a su antojo y mantiene una permanente cruzada contra todo aquel que se le enfrente y no comulgue con sus ideas. Al menos Dmitry no engaña a nadie. La afición le importa un pimiento y no se oirá por su boca aquello de que trabaja 24 horas por ella; reconoce pasárselo pipa fichando y traspasando a los jugadores que considera oportunos sin escudarse en la “recomendación de los técnicos”, ahorrándose así que los entrenadores digan después que les trajeron lo contrario de lo que habían pedido y, en fin, le repugna la hipocresía y afirma que con su dinero hace lo que le da la gana y que si es dueño de la cosa los demás chitón, no como el verdiblanco, que asegura que los dueños del club son todos los socios, hasta el más modesto, y a la hora de la verdad los trata como si fueran jeques árabes. Así que menos gritar que “viene el lobo”, Blas, que eso ya no se lo cree ni Epi.

Redacción

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