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Un Barça al ritmo de Messi

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Al barcelonista le resulta imposible asimilar un dato estadístico escandaloso tras la derrota en el Vicente Calderón y la eliminación europea: Messi recorrió, que no significa corrió, menos de 7 kilómetros (6,8) contra el Atlético en los 94 minutos que duró el partido (46 en la primera parte y 48 en la segunda), sólo 1,5 kilómetros más que Pinto, el portero azulgrana. Eso no sólo revela que Simeone logró desactivar a su compatriota con su solidaria defensa de ayudas, sino que además el 10 del Barça no se movió, ni se desmarcó, ni bajó a buscar el balón como en partidos similares en los que estaba enjaulado. Simplemente, eligió no correr. Con el Mundial (el único título que le falta) a la vuelta de la esquina, si ese va a ser el ritmo competitivo del argentino hasta el final de temporada, costará ganar este sábado en Liga en Granada y se intuye una final de Copa del Rey ante el Real Madrid no apta para amantes del atletismo. Fuera ya de las semifinales de la Liga de Campeones por primera vez en las últimas siete temporadas, al Barça no le queda más remedio que centrarse en el doblete de Liga y Copa, todavía posible, pero el problema es que Messi parece dispuesto a buscar esos éxitos caminando. Y eso es muy contagioso.

Ya había sucedido en otras ocasiones desde aquella maldita lesión muscular en París de la que se cumplió un año recientemente, pero nunca en un partido de tanta trascendencia y siempre tuvo coartada: jugó con dolor, con miedo a romperse, se rompió más, reapareció, midió sus esfuerzos, se dosificó, volvió a lesionarse, regresó con miedo, avanzó poco a poco, muy poco a poco, recuperó parte de su nivel, se autoexigió menos. Como tiene calidad para decidir partidos jugando al paso y un currículo que le permite a ojos de todo el mundo vivir los partidos según las sensaciones del momento, no se hizo un drama del asunto.

Su segunda parte, andando, sin ayudar a sus compañeros y perdiendo balones, fue desesperanteHa dado tantas alegrías en los últimos años que se le ha perdonado la indolencia. Su 2014, con altibajos físicos, estaba siendo formidable, por lo menos en cuanto a registros goleadores. Incluso en el Vicente Calderón tuvo dos grandes ocasiones en la primera parte, un cabezazo que se perdió a milímetros del poste y un remate con la zurda dentro del área pequeña que se le marchó fuera a la media vuelta. Pero su segunda parte, andando, sin ayudar a sus compañeros para arrastrar rivales, perdiendo balones, fue desesperante y Messi acabó siendo un lastre para su equipo, demasiado acostumbrado a la 'Leodependencia', con jugadores que llevan años sin asumir la responsabilidad del gol, escondidos detrás de la ambición del cuatro veces Balón de Oro.

Pedirle a Cesc Fàbregas que dé ese paso es ya una cuestión de ciencia ficción. Su llegada al Barça en 2011 ha coincidido con la pérdida de la autoridad del Barça en Europa. La obligación de los entrenadores de meterle en el once con calzador desequilibra al equipo. En el exigente estilo azulgrana, cuesta encontrarle una ubicación. Xavi, por su parte, siempre ha elegido la comodidad de esa zona del campo donde ni pisa área ni se lleva golpes. E Iniesta ha perdido constancia.

Martino demostró que no sabe todavía lo que es el Barça al cambiarle en el Calderón. Aunque no estuviese acertado, la eliminatoria sólo se podía superar con algún arranque de genio de Messi o de Iniesta, pero uno jugaba en estático y el otro acabó en el banquillo.

Sólo Neymar parece predispuesto a rellenar un día las lagunas de Messi, pero todavía toma demasiadas decisiones equivocadas que desvirtúan su calidad, un pecado de juventud. Y el Tata Martino se ha cargado con sus decisiones la autoestima de Pedro y Alexis, quienes hace apenas un mes iban como motos.

Un «fracaso» reconocido

Aunque reconoció con honradez la palabra «fracaso» desde un punto de vista personal, el técnico argentino sale muy mal parado del KO frente al Atlético. En la ida todavía se pudo creer que tenía previsto un partido largo en el que castigar el esfuerzo físico rojiblanco en los últimos minutos. Y no se puede negar que algunas decisiones eran suyas, como la ubicación de Neymar por la derecha y cuatro centrocampistas para garantizar la posesión. Pero en la vuelta la triste sensación es que cedió al alinear y dibujar el once más popular: Neymar a la izquierda, Xavi, Cesc e Iniesta por ahí. Y lo que es peor: que no preparó nada, ni intuyó lo que se le venía encima. Salir con el balón jugado desde atrás con Pinto y Bartra era un riesgo letal porque el portero no tiene la precisión en el pase de Valdés y el canterano no se ofrece como lo hace Piqué, capaz de recibir en el banderín del córner con tal de hacer más grande el campo y que haya más distancia entre las líneas de presión del Atlético.

Por si fuera poco, cuando todo el mundo había anunciado que Raúl García jugaría por la derecha para descolgar balones en los centros largos a la zona de un bajito como Alba, el Barça no tomó ni una precaución: así llegó el 1-0 tras el poste de Adrián y así se produjo otro travesaño de Villa.

El Tata acabó su mal día en la sala de prensa explicando algo que nadie entendió sobre la desconexión de Messi: «Hoy no nos interesaba tanto que Messi participara del juego, sino que buscara más el uno contra uno en la derecha». Lo primero se cumplió: Leo no participó. Lo segundo no ocurrió: Messi ni intentó un uno contra uno frente a Filipe Luis. Fue un Barça mal trabajado en los días previos y poco trabajador durante el encuentro. Y así fue, es y será imposible.