Lopetegui, en el aeropuerto
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Mundial Rusia 2018Un ridículo mundial

Lopetegui quedará marcado para siempre por su abrupta salida de la Federación, señalado por su deslealtad, por las formas y por el momento

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KrasnodarActualizado:

España, sin que la pelota haya hablado, ya pierde 1-0 en el Mundial de Rusia 2018, dinamitada la armonía en Krasnodar por un comunicado que llevaba el escudo del Real Madrid y no el de la Real Federación Española de Fútbol, matiz importante para entender de qué va la película. De repente, y de la manera más inesperada, la selección se ha quedado sin su preparador porque Luis Rubiales no traga con la deslealtad del técnico, ni con las formas, ni con el momento, inconcebible que a dos días del torneo más importante que puede haber se monte semejante jaleo. El ridículo es mundial, lo nunca visto.

Vaya por delante que aquí pierden todos, empezando por el Real Madrid, origen del incendio, y terminando en la propia selección, que a un día de su estreno ante Portugal no tiene ni la más remota idea de cómo afrontar semejante cita, aunque parece que el parche de Fernando Hierro, con su rostro amable y su sonrisa ladeada, puede camuflar alguna vergüenza. España, tan favorita hace un par de semanas, pasa a ser el hazmerreír de este Mundial por un sainete intolerable y muy mal llevado también por parte de Julen Lopetegui y su entorno, del que cuesta creer que no pudiese imaginar que su fichaje por el Madrid derivara en esto. Conviene, por cierto, insistir en el destino ya que la magnitud de la casa blanca hace que todo tenga una trascendencia universal.

Decisión temeraria

Lopetegui se ha colocado con un paquete de cerillas al lado de un bidón de gasolina y debe asumir sin rechistar la responsabilidad que conlleva su decisión. Nadie le puede cuestionar que se siente a escuchar ofertas porque todo el mundo lo haría, desde quien escribe esto al que lo lee, pero tiene razón Rubiales cuando pone el grito en el cielo censurando las formas. El presidente, en un acto de buenismo, quiso exculpar mínimamente a Lopetegui al decir que lo más probable es que el ya exseleccionador lo hubiera hecho de otra manera y, con la boca pequeña, señaló a sus agentes y al Real Madrid, pero se le supone a Lopetegui la capacidad necesaria para dar las indicaciones pertinentes ante una noticia tan sonora. Culpable con todas las letras.

Rubiales, valiente

Cuando Lopetegui dio su «ok» activó la maquinaria y comprobó la relevancia que tiene el Madrid, donde llega esta vez como entrenador del primer equipo. Pasó por la cantera, jugó unos minutillos sin demasiada gloria y luego regresó para dirigir al Castilla, aunque eso no sirve como rodaje ante lo que debe afrontar desde ya. Le valdrán estas jornadas frenéticas y este despido, procedente en todo caso, para entender dónde se ha metido y de dónde sale, plantando a la Federación por tercera vez. Esta, de todos modos, no tiene comparación con las otras dos.

En el fútbol, nada tiene valor más allá del dinero, ni la propia palabra ni los sentimientos. La decisión de Rubiales, valiente y lógica si se analiza fríamente, puede derivar en horas y horas de debate. Ya ayer se le reprochaba, en una maniobra increíble por parte de algunos sectores, que volatilizara a la propia selección a dos días del Mundial de Rusia, obviando que el presidente es, con casi toda probabilidad, quien menos culpa tiene en toda la trifulca. Él, que hace tres semanas renovó a Lopetegui, se queda con cara de tonto al ver que en esa relación hay alguien más, el Madrid, y ni siquiera se le tiene en cuenta, así que es comprensible que quiera que en su propia casa la gente cumpla con un mínimo de valores exigibles. Por mucho Mundial que haya.

Golpe de autoridad

La papeleta de Rubiales era muy complicada, y hubo quien se vació tratando de frenar su ímpetu, pero Lopetegui no podía seguir ni un segundo más como seleccionador. Primero, porque el presidente tenía la obligación de demostrar que nadie está por encima de la Federación por muy bueno que sea, y mucho menos cuando no lleva ni un mes en el despacho de Las Rozas. Segundo, porque ante su junta también debía exhibir autoridad ya que si hacía la vista gorda y dejaba correr el agua esperando que los goles hicieran el resto sentaba un precedente peligroso. Y, tercero, porque un mal resultado mañana ante Portugal supondría una bomba de relojería con las consecuencias previsibles y con la sensación de haber sido cómplice de la situación. Se compra la idea de que España podría abstraerse ya que el balón corresponde a los futbolistas y ellos saben de sobra cómo funciona este chiringuito, pero a la mínima fricción se dispararían las susceptibilidades y las especulaciones. A veces hay que cortar de raíz, y Rubiales, al que se le puede incidir en el estilo, no ha tenido más remedio. Con su decisión, además, manda un mensaje rotundo: con la FEF no se juega.

Queda por ver, eso sí, qué hubiera sucedido si el anuncio del Real Madrid no hubiera existido, pero eso ya es divagar y jugar al «y si». Efectivamente, ese comunicado es crucial para entender todo lo que ha sucedido en estas 48 horas de locos, en donde la Federación se hizo un lío con un baile de comunicados que solo sirvió para generar más confusión. Con matices, pues todo es mejorable, la gestión de la crisis, asumiendo la decisión de Rubiales, ha sido óptima y se reaccionó bien con el nombramiento de Hierro, el mejor para apagar un fuego que campaba a sus anchas y amenazaba con devastarlo todo.

Lopetegui ya no existe, pero su salida no se olvidará jamás y le perseguirá siempre la etiqueta de desleal. Es comprensible que quiera ir al Madrid y que el Madrid quiera que vaya, pero es cuestionable, y mucho, la forma en la que decidieron hacerlo público, dando por hecho que nada importa más que sus propios intereses.