Paco Gallardo: «Una vez me cambié la camiseta con Iturralde»

Por  23:17 h.

—A las cinco ya he cenado. Y a las ocho o nueve ya estoy medio listo, metido en la cama. ¡Es que aquí, en Hungría, la gente empieza a trabajar a las siete de la mañana!

—¿Qué tal las comidas?
—No, bien, eso está bien. Eso sí, la gente se toma muchas sopas.
—Porque usted prefiere un buen gazpacho, ¿no?
—Hombre, claro. Y con mi gente. Mi familia es lo más importante para mí. ¡Y mis padres son para comérselos! Me han enseñado mucho, incluso sin yo darme cuenta.
—¿A qué se refiere?
—Pues no sé, quizás por su forma de ser. Mi padre, por ejemplo, siempre ha trabajabado como montador de andamios. Yo le había dicho que dejara el trabajo, que no hacía falta, pero no quiso. Y nunca olvidaré un día…
—Dígame.
—Salía del estadio con mi pedazo de coche, descapotable, y la gente me paró para que le firmara autógrafos. Miré hacia adelante y vi a mi padre. ¿Recuerda que había un hotel que estaban haciendo que se llamaba Novotel? Pues ahí estaba. Trabajando, ahí colgado. Me dio hasta miedo. ¡Uff! Se me cayeron los palos del sombrajo. La vida te da enseñanzas donde menos te lo esperas.
—¿Se aprende también de los malos momentos?
—Sí, claro. Mire, yo me tuve que ir del Sevilla porque no podía aguantar que mis padres sufrieran. Me pitaban mucho. Incluso, y de eso puede hablar Casquero porque se enteró, un día probé a jugar un partido con tapones en los oídos. Pero nada…
—Vamos a cambiar de tercio. Cuénteme algún momento positivo.
—Claro, hubo muchos. El vestuario que teníamos era espectacular. Había días que nos quedábamos en la ciudad deportiva hasta las diez de la noche. Y los partidos de los miércoles por los pueblos eran increíbles. Nosotros lo llamábamos la «Champiñones Luis». Caparrós llevaba siempre a los que no iban a jugar el fin de semana. Pero un día nos llevó a todos.
—¿Qué pasó?
—Eso fue increíble. Eran las cuatro y media de la tarde. Lo recuerdo perfectamente. Y a pocos minutos, cuando estábamos a la altura del gimnasio Galisport, el autobús se paró en un semáforo y vimos a dos aficionados del Betis con banderas y bufandas. Nos estaban cantando. Y se armó un revuelo importante. ¿Sabe una cosa? ¡A ver qué piensa usted…! Es que el otro día estuve pensando en esto que le cuento. ¿Usted cree que a las cuatro y media de la tarde iba a haber por casualidad dos aficionados del Betis en un semáforo por el que toda la plantilla del Sevilla iba a pasar? Blanco y en botella. Jugábamos contra el Betis en pocos días. ¡Caparrós te animaba de una manera que no he visto nunca! ¡Qué arte!

«En el aeropuerto de Tenerife “perdimos” a Olsen; vimos a mucha gente aplaudiendo y a él encima de una silla cantando»

—Otro artista, Frode Olsen. ¿Qué me dice?
—¡Uff! Lo del noruego ese era increíble. Siempre estaba con el Pichón< . Yo no sé cómo hablaban. Se hacían gestos. Un día, en el aeropuerto de Tenerife, mientras esperábamos a que saliera del avión Frode desapareció. Fuimos a buscarlo y de pronto vemos como un montón de gente empieza a aplaudir. Me acerqué un poco más y vi a Olsen de pie en una silla cantando ópera y al Pichón< pasando un gorro para las monedas. Estas cosas no las voy a olvidar nunca. U otro día que me iba al hotel de concentración… Mi hermana llegó a casa por la mañana y me dijo: «¿A qué no sabes a quién he visto en una boda cantando?» Le pregunté que a quién y me dijo: «A Olsen». Le dije que era imposible porque había partido. Cuando llegué al hotel me acerqué a Frode y le pregunté: «Olsen, ¿tú anoche en party (fiesta)?» El tío se rió y me dijo que lo habían invitado, que estaba en el coche parado en un semáforo y que los novios, al reconocerlo, le dijeron que se fuera a la celebración. Y él fue, claro. ¡Y cantó!
—¿Alguna más?
—Hay muchas, algunas inconfesables. Aunque esta sí puedo… Estábamos en el autobús al lado del estadio y de repente vimos cómo un niñato le pegó un tirón a una señora para quitarle el bolso. Se fue corriendo y Prieto, al verlo, dijo: «Todo el mundo quieto. De aquí no sale nadie». Se bajó del autobús y se escondió detrás. El niñato no lo vio. Prieto le hizo una entrada que hubiera sido roja. ¡Impresionante!
—Me habían contado algo de un viaje de Lérida a Sevilla en tren. ¿Sabe algo de ello?
—¡Cómo no lo voy a saber! Ya estábamos casi en Primera. Esa era la época que Nico Olivera iba siempre con un radiocasete. Estaba todo el día con una canción de Papá Levante. Esa que decía algo así como «aunque parezca mentira / me pongo colorada…» Primero empezamos con las palmas. Luego, Zalayeta desencajó la puerta del coche cama en el que dormía Nico y empezamos a dar toquecitos para llevar el ritmo. Acabó la cosa regular. Roberto Alés habló con la plantilla y dijo que teníamos que pagar la puerta. Pero que nos lo perdonaba si ganábamos el siguiente partido.
—¿Qué pasó?
—Que ganamos. Pero nosotros también perdonamos un dinero… ¡Eso fue buenísimo! Fue en un partido en Vallecas. Iba con nosotros Miguel Aguilar, que en paz descanse. Cuando terminó el partido y ganamos entró Miguel al vestuario y empezamos a gritarle: «Miguel, presidente; queremos primas…». La emoción era tan grande que Miguel se vino arriba y dijo: «¡Dos millones de prima!» Pasó un ratito, ya sin la euforia, y se volvió a acercar y nos dijo: «Es que me he dejado llevar. Que está la cosa muy mal. ¿Podéis perdonarla?»
—¿Y?
—Pues claro que sí. Miguel era una persona increíble y todos lo entendimos. El fútbol te da momentos que no olvidarás nunca.
—¿Algún otro?
—¡Es que hay muchos! Me acuerdo la cara de sorprendido de Antoñito. Me vino a ver al final de un partido y me dice: «¿Tú le has pedido a Iturralde cambiar la camiseta?»
—¿Y era verdad?
—Sí, sí, claro. Nunca he tenido nada que esconder.
—Lo sé y le felicito por ello.
Roberto Arrocha

Roberto Arrocha

Redactor de Deportes en Diario ABC de Sevilla
Roberto Arrocha

@RarrochaR

Periodismo/Journalism (ABC) Profesor/Dr (Univ. Loyola Andalucía). ABP (SFC TV). Canario en Sevilla
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