Arza: «Mi mujer dice que es la edad, pero no puedo evitar llorar al recordar»

Por  19:26 h.

Emociona mirarle a los ojos y se te encoge el alma al escucharle hablar. Son sensaciones extrañas las que se tienen cuando se está delante de Juan Arza. Le gusta que le llamen "Juanito". Ayer cumplió 84 años y es el orgullo de Nervión, el campeón de Liga, el «pichichi» sevillista.

—Con las botas de ahora puedes bailar hasta sevillanas; antes, nada, qué malas eran. Tenía siempre los pies fastidiados, poniéndome esparadrapo. Sí, sí, el defensa cuando tenía que despejar no pasaba nada, el problema era para el delantero, tenías que hacer virguerías para llevarte la pelota. Ahora ves las botas y relucen como el sol.

—También las camisetas han cambiado…

—Eso sí, antes eran más cómodas. Eran abiertas, con las cuerdecitas, y luego nos pusieron una con el cuello cerrado y estaba todo el día tirándome de él, claro, había que cambiar, y a peor.

—¿Y la comida?

—Te comías lo que cogías por delante. Yo le llego a decir a la patrona que me hiciera algo de régimen y me echa de casa. Había una comida, y si querías otra cosa, había que pagar más. Algunas veces comía garbanzos; otras, alubias. Estuve cinco años viviendo con la patrona, allí dormía todos los días menos cuando había partido. Nos íbamos a Oromana, le encantaba a Helenio Herrerra… También cuando terminábamos los partidos nos llevaba otra vez; te metías, como decía yo, en un charco y te relajabas. Era como dicen ahora… un jacuzzi, pero distinto. Todo ha cambiado, mucho. Antes un futbolista ganaba sólo un poquito más que el sueldo medio.

—¿Cuál era su sueldo, si se puede saber?

—Claro, no hay problema, me podía llevar al mes unas 700 pesetas. Ahora la diferencia con el resto de los trabajos es bestial.

—Es verdad, compare lo que puede ganar ahora un futbolista y un secretario.

—El secretario está sentado y el jugador tiene que correr, y correr. La diferencia no es más que ésa. Y luego hay que meter el gol entre tres palos, que no se ve… Todavía veo la portería pequeña.

—¿Y todavía sueña jugando partidos?

—Muchas veces. Hay veces que me levanto por las mañanas y no sé qué me pasa. Luego me acuerdo de lo que estuve soñando, me había pegado una paliza corriendo, que había vuelto a jugar un partido.

—¿Cuándo se emociona Juan Arza?

—Mire, cuando veo al equipo salir al campo, en ese momento me entra una emoción tan grande que no puedo aguantarlo. Y me voy; siempre en la segunda parte. Hace ya ocho o nueve años que lo hago. No puedo, no puedo. Si está ganando, porque está ganando, y si está perdiendo, porque está perdiendo.

—¿Se va a verlo por la televisión o a oírlo por la radio?

—¿Sabe lo que hago? Calculo el tiempo que dura la segunda parte y el descanso y me pongo a caminar, dando vueltas. Cuando llego a casa mi mujer lo primero que me dice es: «Hemos quedado así». Soy un gilipollas, no debería hacerlo, ¿no? (Se ríe). Y así, tengo una vida tranquila. A las ocho de la mañana me despierto y mi mujer me lleva el desayuno a la cama, echo los pies para abajo y me tomo mi cafelito y mis dos tortas; me levanto, me afeito…

—¿Todos los días se afeita?

—Bueno, ya lo voy dejando algún día; sigo, me voy al campo y a las nueve menos cinco ya estoy corriendo. Hago 15 vueltas, además de nueve andando con ejercicios. No fallo nunca, sólo los domingos, que me voy a misa. ¿Si llueve? Pues da igual, me pongo el chubasquero y ya está. Me voy a mi casa, que está enfrente del estadio, y me ducho. Me tomo una cervecita sin alcohol, un poquito de queso y unos piquitos. A la una y medio como, y luego me cojo la novelita de Estefanía —Marcial Lafuente Estefanía—. Cuando los ojos me dicen: «Juan, a dormir», me echo una horita y cuarto.

—¿Y luego?

—Cuando me despierto me tomo un cafelito o un zumo de naranja. Por la tarde veo la tele y espero un poco, sobre las seis y media, para darme una vuelta. Una hora, más o menos… Luego juego a las cartas, cojo mis cartitas. Juego al 'Solitario'. Si viene algún nieto jugamos a 'La Escoba'. Y hago trampas.

—¿Si?

—Es que me jode perder, hasta con los nietos. Ésa es mi vida.

—Está emocionado…

—Tengo los ojos vidriosos, ¿verdad? Yo es que… pasa una cosa ahora mismo, me dice mi mujer que es por mi edad. Nunca he sido así; sí, claro, me he emocionado, pero no así. El presidente me conoce y cuando me llama, o me ha llamado por el Centenario, sabe que no me puede dejar sólo porque empiezo a llorar. Cuando hablo dos o tres cosas, cuando alguien me dice un piropo, va… y me pega el latigazo. Y él lo sabe. El otro día fui a un sitio, a buscar un premio del deporte del Ayuntamiento, y me llama su secretaria. Me dice: «El presidente, que si hace falta que le acompañe». Él sabe la razón.

—¿Qué le dijo?

—Que no, y acabé emocionado, claro.

—Dicen que la sensibilidad nos hace diferentes.

—No, no, no es bonito. Es una endeblez, un tío como yo, con más de ochenta años… Yo veo a los que hablan y lo hacen bien. Normal. Esos tíos aguantan. ¿Usted cree lo que me pasó el otro día? Una mujer de unos setenta años me vio en la calle y me dijo: «¿Usted es Arza?» Le dije que sí y me dio dos besos. Casi me caigo. Mi mujer muchas veces me lo comenta, «hay que ver Juan que todavía te conocen…».

—¿De qué jugadores se acuerda?

—De muchos, de Doménech, de Pepillo, de Alconero…

—¿Y por buena persona?

—De Alconero, era especial, era muy especial. A él le ponías un vaso de vino y se volvía loco.

—¿Por qué?

—Joder, porque le gustaba el vino. Como yo no bebía siempre se sentaba cerca de mí. Daban una botella de vino para cada cuatro, y a mi lado estaba Alconero.

—¿Cuando supo usted que iba a ser futbolista?

—Mi padre era taxista y tenía dos coches, uno que cogía él y el otro, mi hermano. Me preguntó un día por los estudios y le dije que yo quería ser futbolista. Lo que pasa es que él quería que jugara en el Osasuna. Y no, no, qué va. Le dije que no me gustaba. Había un tío del Osasuna que una vez dijo una frase que no me gustó nada.

—¿Cuál?

—Que yo era muy chico, sí, se me quedó grabado; luego me vino a buscar para ficharme. Y nada. Firmé por el Alavés, que estaba en Segunda. Fui al Athletic de Bilbao y luego me arrepentí y di marcha atrás. Estaban Panizo, Zarra, y yo era muy chico; ya me habían dado el dinero y todo, estaba todo perfecto. Volví para darles el dinero, y se cabrearon. Luego me llamaron por teléfono y lo cogió mi padre, él no tenía ni puñetera idea de fútbol y dijo que nada, que llamaran otro día. Era el Málaga, y me convencieron. Me dijeron vente para acá. Se me dio muy bien, me decían el niño para acá, el niño para allá…

—¿Y el Sevilla?

—Bueno, yo tenía, tengo que decirlo, un cuñado que vivía en Sevilla. Y yo mismo me decía, voy a tener que ir por allí. Así fue, me llamaron un día. Me llamó el Sevilla, y yo, claro, le pedí muy, muy, muy, muy poco. Yo quería jugar allí. A mí me habían hablado de los Stukas cuando jugaba en el Alavés, estaba enamorado del Sevilla sin saber por qué; antes no era como ahora porque no podías verlo por la televisión, no había. Y a mí me gustaba el Sevilla. Mi padre me decía: «El Sevilla no es tu equipo, es que es todo». (Se queda callado unos segundos, toma aire y sigue recordando). Eso sí, hubo un día, en la tercera temporada, que hablé con los señores del club y les dije que me iba al pueblo y lo hice.

—¿Por qué?

—Es que no tenía nada para llevar a mi casa, es que tampoco tenía para mí. Así, que para estar en esa situación, me voy a casa. Y lo hice. Pero vinieron a buscarme. Es que don Ramón Sánchez-Pizjuán era un caso…

—Hábleme de él.

—Era un fenómeno, mire que en 16 años he visto presidentes. Hay una frase de él, muy buena… Decía que para gozar de mi juego estaban él y sus socios. No me dejó irme, nada, nada, no me dejó. Me daba de vez en cuando unos regalitos sin que se enteraran los demás. Y claro, yo estaba enchulado con el Sevilla y no me quería ir.

—¿Y los periodistas?

—Te cogían cuando salías de entrenar, había muy pocos y era sagrado lo que pusieran. Claro, como no se veían por la tele los partidos. Y te sacaban en una foto en el periódico si tenías amistad con alguno. La radio también funcionaba, entrevistaban a las figuras…

—A usted.

—No se crea, yo es que era muy despistado. Lo veía todo normal y no, no, qué va. A mí me daba igual eso. Me acuerdo a la hora de entrar al campo, había una puertecita muy pequeña por la que entrábamos los jugadores y allí cogía por lo menos a 20 niños y les decía que se pusieran en fila, que nos íbamos todos pa’dentro. Venía el encargado y me decía: «Pero Juan, no…». No le dejaba ni terminar. Si no entran ellos, no entro yo. Era lo que les decía.

—Ha sido un auténtico placer hablar con usted. Muchas gracias, de corazón.

—No hay de qué, me lo he pasado muy bien recordando…


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Redacción

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