Bertoni: “Fue un orgullo que los aficionados pusieran mil pesetas para ficharme”

Por  16:56 h.

Daniel Bertoni, ídolo del sevillismo, trajo la ilusión en 1978. Hoy tiene 52 años, vive en su Argentina natal y sueña con entrenar en Europa.

Sevilla FC: Daniel Bertoni, ídolo del Sevilla de los 70 y 80

—¿Qué hace un campeón del mundo en 1978 en el siglo XXI?

—Estoy bien, metido en el fútbol como comentarista de la Fox Sport del fútbol argentino; trabajé como técnico en 2004 y el 18 de octubre me voy a Italia para obtener el carné de entrenador. Mi idea siempre ha sido dirigir en Europa y ya me he decidido. Además, así podré estar cerca de mi hijo, que trabaja para la Asociación Europea de Ligas de Fútbol. Estudió marketing e hizo un master en la FIFA, así se colocó. Y la niña estudió periodismo deportivo y no quiso ejercerlo. Al final se decidió por la psicología.

—No se puede quejar de cómo le ha ido la vida…

—Muchas veces me pregunto, también mi mujer me lo dice, si merecemos todo lo que tuvimos. Y yo creo que sí. Porque somos buena gente, honestos. El día que pienso que no esté sobre la tierra me quedo tranquilo sabiendo lo que he hecho.

—¿Qué ha aprendido con los años?

—A valorar lo que Dios me ha dado.

—¿Y qué le ha dado el fútbol?

—Amigos, alegrías, tristezas, como la vida misma. Sí, con más tristezas que alegrías. Yo fui campeón del mundo y a la semana ya estaba en Sevilla, sin poder disfrutar con mi gente, en mi país. Podés ganar tres partidos seguidos, que si luego caes en uno o dos vuelve pronto la tristeza. Así es el fútbol. Así es la vida.

—Me recuerda lo que habla al Sevilla actual.

—El fútbol son estados de ánimo; lo que pasó con el chico, con Puerta, le ha tenido que afectar al equipo. Eso hay que trabajarlo psicológicamente; el equipo está para ganar la Liga, lo digo convencido, aunque me preocupa que la mente no vaya bien. No es fácil recuperarse después de perder a un compañero así.

—¿Cómo se ve al Sevilla en Argentina?

—Como uno de los grandes de Europa; aunque no lo pasan mucho por televisión porque no hay argentinos. Hay más brasileiros.

—Brasil domina el fútbol mundial.

—Claro, es que en Brasil hay 220 millones de habitantes; argentinos somos unos 40. Pero fijese en países chiquitos como Chile, Uruguay o Paraguay, de donde salen siempre futbolistas.

—Bueno, está Fazio, que es argentino.

—Es verdad, sí, y se lo digo con mucho cariño, me ha sorprendido mucho. En Argentina lo veíamos con algunas carencias defensivas; y ahora, en los partidos que le he visto jugar en el Sevilla, parece otro futbolista, seguro, fuerte. La selección argentina va a necesitar un jugador como Fazio, seguro.

—Hábleme de su fichaje por el Sevilla.

—Yo estaba en Córdoba, la Córdoba de Argentina, y vinieron a verme Santos Bedoya, que creo que era el director deportivo del Sevilla, y Roberto Dale. Me hablaron del Sevilla, de la nueva época que iban a abrir. Me convencieron para que fichara en sólo unos minutos. Me entusiasmaron mucho y lo arreglamos ese mismo día.

—Usted fichó antes del Mundial…

—Sí, después aparecieron muchos equipos. Fue marcar un gol en la final y muchos clubes comenzaron a llamarme. Yo ya había dado la palabra al Sevilla. Luego me enteré de que muchos aficionados pusieron mil pesetas cada uno para que yo jugara en el Sevilla. ¿Usted sabía eso? Es el mayor orgullo para un futbolista. Yo llegué diciendo que quería ser campeón. Es que… venía del Independiente, donde gané ocho títulos; y pensé que llegaba a un equipo que podía luchar por un título. Y no, qué va. Sexto, séptimo, octavo… ahí estaba el lugar del Sevilla.

—¿Qué le queda de Sevilla?

—Mucho, mucho. Mi hija se llama Macarena y yo soy hermano de la Macarena. Trajimos a Argentina un Cristo. Lo hizo Luis Álvarez Duarte. Lo encargamos entre Scotta, algunos futbolistas más y yo, y acá lo llaman el Cristo de los futbolistas. Está en la Catedral desde 1981, enfrente de la Plaza de Mayo. Todos los jueves iba con mi señora al Señor del Gran Poder. Soy muy creyente. La Semana Santa me gustaba mucho más que la Feria. A mí nunca me gustó el alcohol, no fui bailarín. Me daba vergüenza. Cuando iba lo hacía para acompañar a mi mujer y a mi hijo. Ella sí se vestía, se ponía su traje de gitana, y algún año mi hijo fue vestido de…

—De corto.

—Eso. Y como le dije, a mi hija Macarena le pusimos ese nombre en honor de la Virgen. La concebimos en Sevilla, nació en Italia y mi mujer y yo decidimos que si todo salía bien la llamaríamos Macarena.

—¿Cómo era Bertoni de niño?

—Mi padre era camionero, mi madre ama de casa, de clase media tirando para pobres. Pero felices, muy felices porque teníamos una pelota al lado, yo, y mi hermano mellizo. A mi mujer se lo digo: «Mis grandes amores son mis hijos y la pelota». Y que no se ofenda nadie. La pelota siempre me acompañó; cuando se rompía cogía una media de mi vieja y le poníamos diarios dentro, o con tres o cuatro calcetines. El dominio de la pelota empieza ahí, en esa edad. Por eso, llevo pensando un tiempo en eso, en que cada vez un niño en Europa va a tener menos opciones de jugar. Allá están rodeados de computadoras, tienen de todo y se olvidan de la pelota. No les hace falta. En Argentina jugamos en los potreros, que en España son las calles.

—¿Siente nostalgia al hablar del pasado?

—Ya pasó. Tengo 52 años y ahora no puedo vivir de recuerdos. Intento centrarme en el presente, en el futuro.

—¿Cómo era su Sevilla?

—Éramos como una familia. Me acuerdo de Paco, el arquero, haciendo la pantera. No lo puedo olvidar. De Pablo Blanco, de Julián Rubio…

—¿La pantera?

—La pantera rosa. Cuando ganábamos un partido y aparecía el presidente por el vestuario yo ya sabía que Paco, enjabonado y todo, se iba a acercar a Montes Cabeza moviéndose como si fuera la pantera rosa. Lo hacía para pedirle premio doble. También me acuerdo de Pablo Blanco, el día que me vino a buscar al hotel 'Los Lebreros'. ¿Sigue el hotel Los Lebreros funcionando?

—Sí, sí, es el hotel de concentración del Sevilla.

—Enfrente había un bar al que íbamos a tomarnos unas tapas después de los entrenamientos. Por lo menos nos juntábamos unos diez. Bueno, a lo que iba, de Pablo Blanco. El día que lo conocí estaba en la pileta —piscina— del hotel y apareció él, tan amable. Es un tipo bárbaro. También sigue Antonio Álvarez, ¿no? Cada vez que veo un partido del Sevilla lo veo en el banco. Jugaba bien el flaco, y también cantaba. Me acuerdo de las canciones que tenía con Gordillo.

—Habla con mucho cariño.

—Es que Sevilla me lo dio todo, muchas vivencias, muchas emociones. Me acuerdo de un día, en plena Feria. Creo que fue en mi segundo año y perdimos con el Betis por cuatro a cero. Cuando llegué a casa mi mujer me dijo: «Prepárate rápido que el Gringo —por Scotta— nos pasa a buscar antes de ir a la Feria». No me lo creía, ¿cómo iba a salir yo a la calle después de perder cuatro a cero? Me daba vergüenza hasta de pensarlo.

—¿Y salió?

—No, no, le dije a mi mujer que fuera con Scotta y su mujer, que yo no podía. ¿Qué cara iba a poner? Si nosotros perdíamos por un gol fuera de casa y los viajes que me pegaba eran de amargura y amargura.

—También habría buenos momentos.

—Muchos, entre ellos me quedo con haberle marcado dos goles a la Real Sociedad y quitarle el título. Al año siguiente, cuando yo ya estaba en Italia, viendo la tele vi cómo esa temporada la Real Sociedad sí ganaba la Liga. Le preguntaron a Zamora: «¿A quién le dedica la Liga?» ¿Y sabe lo que dijo? A Daniel Bertoni. ¡Jajaja!

—¿Qué tal era su relación con el periodista?

—Yo comprendo al periodista, al que critica para sumar, al que dice que hay que cambiar una cosa u otra; con lo que no estoy de acuerdo es con esos análisis de tipo peyorativo, como que tal futbolista es un desastre, o que el otro no puede jugar más al fútbol. ¿Pero quién es usted para decir que una persona es un desastre?

—La gran mayoría de los futbolistas dicen que no ven los periódicos.

—Eso es mentira. A ver, el futbolista es el primero, al terminar el partido, que sabe si ha jugado bien o mal. Pero luego está conocer la opinión del periodista, de la gente. El que diga que no ve los periódicos está mintiendo. Ya sea de reojo en un bar… Y luego, si jugó bien, lo compra; y si jugó mal… también lo compra para ver quién es el periodista qué lo escribió.

—Le haré caso.

—No se equivocará.

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Redacción

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