Cantudo: «Cuando llegué me puse una camisa verde y me tuve que ir a mi casa a cambiarme»

Por  22:07 h.

Sevilla FC: José Manuel CantudoCantudo, de nombre Antonio Manuel. Chicharrero, con bigote, delantero, de los años setenta. Es la historia de un luchador. Ya verán por qué…

—La vida no me va como querría; hace dos años me dio una trombosis cerebral y estoy batallando, intentando salir adelante. Me afectó a las piernas y tengo que andar con una muletita… Me salvé de chiripa. ¿Sabe cómo me llama el médico? ¡El milagrito! Cuando voy a verlo me pregunta «¿cómo está el milagrito hoy?» ¡Uff! Fue muy fuerte; estuve varios meses ingresado en el hospital, fueron desapareciendo los coágulos y así escapé.

—¿Cómo sucedió?

—Iba en el coche, estaba a unos 80 kilómetros de mi casa y me acompañaba mi hijo, menos mal. Por lo visto… paré el coche y le dije a mi niño algo así como que se bajara que mejor era ir en caballo… ¡Estaba desvariando! Mi hijo se extrañó y se lo dijo a mi mujer, me fui a hacer unas pruebas y así empezó todo.

—¿Cómo se encuentra ahora?

—Bien, como le digo, luchando… Tiramos muchas lágrimas, de verte solito, salir a la calle y no ser igual. No sé, te sientes mal; me tocó. Pero…

— Pero hay que seguir…

—Es que no me queda otra; ¿qué voy a hacer? Ahora juego con unos amigos al dominó, al futbolín, también tengo que ir a la piscina para ir recuperándome. Pero perdí la ilusión de mi vida, que era ser técnico. ¡Entrené al Esperanza y al Arona, dos equipos de mi tierra! Quién me lo iba a decir, que yo estaba en Sevilla y le decía a todos mis compañeros que podía dedicarme a cualquier cosa menos a ser entrenador. Yo los veía a todos unos hijos de… ¡Es que es muy difícil! Los que juegan, vale, pero los que no van ni en la lista de convocados es que te quieren matar.

—Usted era un guerrillero, ¿no?

—Tenía mis agarraditas, sí, con Migueli, Astrain, con algunos defensas más. Mi fútbol era ése, de pelearme, de correr hasta asfixiarme. Antes, como no estaba la televisión, había de todo… Yo acababa con los ojos hinchados, con algún diente roto.

—Y tirando muchas veces a los palos, ¿verdad? ¿Cómo era eso?

—¡Tremendo! Hubo una temporada que por lo menos tiré diez veces a los palos. Se me cerró la portería. Era mirar, chutar y pensar «seguro que se va a un palo». ¡Así era! Un día, en un partido contra el Bilbao, en un despeje del portero la pelota fue a parar a mí, con tan buena suerte que rebotó y fue gol. ¡Le di con el culo! Tenía que ver a mis compañeros riéndose después del partido. «Cuando los mete, los mete…», decían. Así iba la cosa, fui a sustituir a Baby Acosta, que era un ídolo, y no fue fácil, todo lo contrario. Me dijeron que entonces yo era el fichaje más caro del Sevilla y lo cierto es que no pude rendir lo que me hubiera gustado.

—¿Le pudo la presión?

—No, eso no; eran sensaciones extrañas las que tenía, desde que estaba en la caseta. En el vestuario se escuchaba eso de los nombres y los números. Con el siete, Lora; con el ocho, Blanco; con el nueve… ¡Uff! Se escuchaba de todo, me gritaban que pensaba que el estadio iba a estallar. Fíjese cómo tendría que ser que luego venía el diez y el once y nosotros, en el vestuario, no lo escuchábamos.

—¿No se enfadaban los que llevaban esos números?

—¡Yo qué culpa iba a tener! Sabían que no era cosa mía. Y además, la relación con los compañeros siempre fue maravillosa. Recuerdo a ese Juanito en la guagua, cantando, bailando; nos hacía más agradables los viajes tan largos. ¡Era un personaje bueno! Como Biri Biri no bebía alcohol por ser musulmán, Juanito cogía una botellita y se echaba un poquito en las manos, se iba detrás de Biri Biri, cuando éste estaba despistado, y le frotaba las manos por sus labios. También me acuerdo de Biri mirando como si nadie se estuviese dando cuenta, le daba con un tenedor la vuelta a la comida por si encontraba algún trozo de jamón. No quería verlo ni en pintura. ¡Y cuando los aficionados lo llevaban a hombros a su casa! Estaba en la Gran Plaza, por lo menos lo llevaron cinco veces. A mí la cosa no me estaba saliendo y se lo decía a Biri. Era el niño bonito. «Ten cuidado que cualquier día te tiran al río». Y con Juanito… pues igual que con Yiyi. ¿Se acuerda de Yiyi? Les enseñé cómo era la lucha canaria, unas agarraditas. Al final me ganaban. Ellos me enseñaron a bailar sevillanas. Estaba un día en 'La Trocha' y empezó a sonar la música. Yo lo pensé: «Ésta es la mía, vamos a bailar».

—¿Y qué tal?

—Bien, bien, más o menos, usted sabe. Sevilla es una ciudad especial, distinta. Fíjese que una vez, acababa de llegar, apenas llevaría tres días, me fui a la calle con una camisa verde. ¡La que se lio! Habíamos quedado con los compañeros y me dijeron que me cambiara, que era mejor, Me tuve que ir a mi casa. ¡Yo qué sabía! Yo he vivido el ambiente de un Tenerife-Las Palmas, pero lo de Sevilla es tremendo… Si yo conocí a unos amigos que antes de bautizar al niño le hicieron socio del Sevilla. Por lo visto era normal.

—Así es, eso sí que no ha cambiado. Mucho ánimo. Cantudo.

—Gracias. Dele un abrazo a todos los compañeros por favor.

—No se preocupe.

Redacción

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