Colusso: «Pasé cuatro años muy mal; sólo lo pude superar yendo a un psicólogo»

Por  19:23 h.

Diez años después, Cristian Colusso, el juguete roto, el niño estafado, puede oír hablar de Sevilla. Ha necesitado ayuda psicológica, haber viajado por medio mundo y soltar muchas lágrimas para intentar olvidar que un día su nombre dio la vuelta al mundo, y no por su fútbol.

—Lloré mucho, muchísimo, mucho; no le pude dar a mi familia nada, no pude tener… Mi papá es taxista y nunca nos sobró el dinero. Confié en una gente y luego resultó que me vi en la calle; te sentís utilizado, se hizo hasta falsificaciones de mi firma, de mi mamá, de mi papá. Fui a jugar al fútbol y lo perdí todo. Todo el mundo hablaba en Argentina de un Colusso con proyección, con mucho futuro, y nada. Me da lástima que la gente no me haya conocido más que por un caso, por el «caso Colusso», siento que estafaran al Sevilla, y claro, yo también fui engañado. Yo, como dicen en su país, no vi un duro. Estuve un año sin jugar porque no me dejaban entrenar, se cerró mi carrera. Muy duro, muy difícil.

—Vamos por partes, ¿cómo llegó usted al Sevilla?

—En ese momento mi representante era Roberto Rodríguez, y mirá como es el destino, a mí se me complicó y hoy Roberto es ciudadano español y colabora con el Real Madrid. A veces es injusto el destino. Es increíble, cuesta creerlo, yo nunca más pude ir a España. Bueno, yo en aquel momento tenía 19 años y mucha inexperiencia. Confiaba en la gente que me tenía que defender, que fueron los que me traicionaron. Luego, Roberto nunca más me atendió, nunca más lo vi, escondió el nombre de Colusso debajo de la alfombra.

—Lo habrá denunciado.

—Como le puedo decir… Yo tenía 20 ó 21 años cuando me fui de Sevilla, con una carrera por delante; no quería cerrarme puertas y Roberto tenía mucho poder. Además, me fui dando cuenta de lo que me perjudicó con los años. Me sentí como el caballito de batalla, utilizado. Hoy me arrepiento de cosas, de no hacer una rueda de prensa y explicar todo, que me dijeran luego, que me explicaran. Pero yo era un niño, sin experiencia.

—El presidente que lo fichó fue González de Caldas.

—Sólo hablé con él cuando arribé; después, nada. Me enteraba de lo que sucedía por el periódico. Es más, una vez estábamos en Valladolid y Camacho me viene y me dice que qué ha pasado conmigo. No sabía de qué me hablaba; me enteré luego de la estafa. Y después… el abogado que supuestamente me tenía que defender, Daniel Barreiro, tampoco hizo nada. Nadie se preocupó por mí, ni por mi familia. Entre ellos, cómo diría, se protegieron, a ellos no les podía tocar, rozar el caso. Fijate que en el libro del sevillismo, un libro que mi padre me compró, se habla del caso Colusso, lo he leído. Qué culpa habré tenido yo…

—¿Quién tuvo la culpa?

—Es que yo no tengo las pruebas, no le puedo decir, se cae de maduro. Lo que se compraron o lo que no se compraron… me da igual, ya no me importa. Yo no cobré nada, bueno, lo básico, que era menos de lo que podía ganar un oficinista. El contrato de imagen, no sé si usted lo sabe, llevaba la gran parte. Y no vi nada, fui el único jugador que fue a Europa y no ganó nada. Lo pasé realmente mal. Ahora puedo hablar de ello, antes no podía, no podía, no podía hablar de Sevilla.

—¿Cómo lo superó?

—Fue muy difícil, estuve cuatro años que no podía. No lo superaba. No podía creer lo que me sucedió. Podía estar en Primera en Europa y jugaba en la Segunda argentina. Y recurrí al tratamiento psicológico, fui a una psicóloga, tratando de superar.

—Y lo hizo.

—Fui limpiando, claro, obviamente el odio y rencor a esas personas no me las va a sacar nadie. Yo estoy con mi conciencia tranquila.

—Hay quien dudaba de que usted fuera un futbolista de alto nivel.

—No me molesta, sólo hacía falta verme tocar la pelota para saber que yo era un jugador de calidad. Cualquiera que supiera de fútbol se daría cuenta.

—Usted dijo que le temblaban las piernas en el Sánchez-Pizjuán.

—Ésta fue otra. La frase fue sacada de contexto en el primer partido, contra el Zaragoza. Me sentí muy contento porque había mucha gente en el estadio. Lo dije de una forma… para decir lo bueno que estaba entrar en la cancha. Y claro, se buscaba lo malo y sacaron que me temblaban las piernas. Lo dije, pero no con ese sentido. Además, podés entrar en la página de Rosario Central y ver el estadio. El que juega ahí puede jugar en cualquier parte del mundo.

—Hábleme de Camacho.

—Con él muy bien. Cuando llegué en pretemporada me dijo que yo iba a ser de los mejores de Europa, me veía con condiciones. Salió este problema y me tuve que ir. Dije de jugar incluso en el filial y el técnico, Álvarez, me vio muy bien. Tenía que firmar otro tipo de contrato y mis representantes me dijeron que no, que nada.

—Jugó sólo seis partidos.

—Hasta que se armó el escándalo. Estaba adaptándome. A Vassilis Tsartas le pasó parecido, pues tuvo un año que lo querían matar y luego fue un ídolo. Decían que si no corría, etcétera, pero la calidad que tenía era impresionante y eso ganó al final.

—¿Qué tal con sus compañeros?

—Mirá, yo era muy pequeño, la mayoría eran mayores. Me llevaba bien con Marinakis, Unzué, Prieto, se notaba que había cariño con los argentinos por Bilardo. Sobre todo me ayudaron mis papás, mi señora, que era mi novia en Sevilla. Al principio, cuando surgió todo, estaba mi papá en Sevilla. Estuvo bien que estuviera allí… Luego, bueno, había momentos en que era mejor estar solo para sacar la bronca uno mismo, no con el de al lado.

—¿Y ahora?

—Ahora estoy bien, me casé, estoy en mi ciudad y a la espera de una llamada para ver dónde voy a jugar.

—¿Qué ha hecho durante todo este tiempo?

—Uff, pasé por tantos sitios… Jugué en México y luego en Inglaterra, en el Oldham Athletic, en la Second division, y allí fue donde mejor estuve en toda mi vida, un país maravilloso; también jugué en el Carrarese, en Italia —militó en Segunda B—, volví a Argentina para jugar en el Almirante Brown, en Tercera; luego me fui a Argelia por el contrato, que era muy bueno. Pero salió mal. Me fui porque no me adaptaba, era una cultura muy distinta; después estuve en Ecuador, en el Universidad Católica, para irme luego a Venezuela, al Deportivo Anzoátegui —en Segunda—. Allí el problema era la inseguridad, después de las cinco de la tarde no podía salir de mi departamento. Y ahora estuve un año muy bueno en mi ciudad, en el San Martín Mendoza. Es así como en Segunda B. Estoy esperando una llamada para ver dónde voy a jugar.

—¿En Primera?

—No, no, en Argentina con 30 años ya eres viejo. Y claro, menos mal que soy una persona que me controlo, de pocos gastos, de gustos poco costosos. Ahí estamos, viviendo tranquilo en Rosario.

—¿Qué hará después del fútbol?

—Tenía mucha ideas, muchas ganas de aprovechar las vivencias que me pasaron para ayudar a los futbolistas a que no les pasara lo mismo que a mí, ser un tipo de consultor… Lo veo difícil realmente por cómo están las cosas. Me gustaría ser técnico e igual hago el curso. Lo tendré que decidir.

—Que decida usted bien y que tenga mucha suerte.

—Gracias por acordarse de mí. Transmita por favor mi felicitación al Sevilla por lo que ha logrado.


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Redacción

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