Enrique Montero: «La lesión me cambió la vida, unas horas antes había sido vendido al Barcelona»

Por  22:42 h.
Enrique Montero, en 1977

Las casualidades forman parte de la vida de Enrique Montero. En un mismo día, en el Carranza y cuando se lesionó, se sucedieron varias, tantas que le cambiaron la vida.

—Me quedé casi inútil. Vino todo de pronto. Falleció mi madre, me lesioné, luego murió mi suegra… Todo en apenas unos meses. Estuve dos años sin jugar, perdí mucho peso, me quedé 'chupao'. Fue en pretemporada, en verano, recuerdo que en 1981. Tuve nueve meses un primer yeso. Todavía hoy me acuerdo cuando me lo quitaron. No podía parar de llorar. La rodilla era más ancha que el muslo. No me imaginaba eso. Luego supe por qué vino tanta gente a acompañarme. Había por lo menos 14 personas, entre médicos y amigos. Claro, vinieron para animarme porque ya esperaban mi reacción. La pierna era sólo hueso. Me dijo un médico: «Intenta doblarla». Era imposible, ni una grúa la movía. Y yo lloraba y lloraba. Y la recuperación… eso fue lo peor. Los compañeros, me acuerdo, cuando me veían por la ciudad deportiva se apartaban.

—¿Por qué?

—Porque me veían sufriendo, escuchaban los gritos, cómo mordía la toalla por el dolor en la recuperación. No era agradable, la verdad. Con esa lesión me cambió la vida, ya nada fue igual. Estaba con el miedo, protegiéndome siempre la parte derecha de mi cuerpo. Y sí, es verdad. volví a jugar, pero ya era distinto.

—¿Cómo era antes?

—Mire, hay datos, hay cosas… ¡Yo ya había fichado por el Barcelona!

—¿Cómo?

—El mismo día que me lesioné, estando en el hotel de concentración, creo que se llamaba 'Hotel Jerez', tocaron en la puerta de mi habitación. Pregunté quién era. ¡Era Miguel Muñoz! Me extrañó mucho. Era la hora de la siesta, y el entrenador nos había dicho que no lo molestáramos a esa hora. Vamos, sabíamos que la siesta era sagrada para él. Abrí y me dijo. «Vete abajo que te está esperando el presidente». Cuando llegué a la recepción vi a Eugenio Montes Cabeza acompañado de Joan Gaspart. Se acuerda de Gaspart. ¿no? Era vicepresidente del Barcelona. Eugenio me dijo que tenía algo importante que decirme, que me acababa de vender al Barcelona y que me iría después del partido. ¡Era el fichaje más caro de la historia, 150 millones de pesetas y dos jugadores!

—¿Qué jugadores?

—El presidente me dijo que eran «Boquerón» Esteban y el «Lobo» Carrasco. Pero me lesioné.

—¡Vaya mala casualidad!

—¿Mala casualidad? Pues espere que hay algo más. Yo también lo tenía arreglado con el Barcelona, me pagaban el doble y un partido de homenaje. Pero eso era lo de menos, era la ilusión de seguir creciendo, de haber ayudado al Sevilla con esa oferta. ¡Todo estaba hecho! ¿Y sabe? Ya en el partido, íbamos ganando por bastante, Miguel Muñoz me dijo que pa’fuera, que me cambiaba, que ya está. Ya estaba esperando mi sustituto en la línea para entrar. Pero en un saque de banda a Sanjosé se le ocurrió pasármela a mí. ¡Uff! Un brasileño ni me dejó tocar el balón, me cazó… Se acabó.

—¿Se acuerda de cómo se llamaba el brasileño?

—Pasoli, creo –en las crónicas del partido figura como Polozi–.

—Está emocionado…

—Es normal, mi vida cogió otro rumbo, todo cambió. Pero no me quejo, de verdad. El cariño de la gente, los gritos de «Montero, Montero» en el Sánchez-Pizjuán, son muchas emociones. El otro día, cuando fui a ver el Sevilla-Real Madrid, se me ocurrió ir a una cervecería de Nervión Plaza antes de que comenzara el partido. Y allí, un aficionado se fijó en mí y me preguntó: «¿Usted es Montero?». Cuando le dije que sí, qué cosa, qué bonito… Empezaron a tirarse encima mío. Eso no se puede comprar, se tiene o no se tiene. También recuerdo, cuando ya estaba en el Cádiz, el primer día que fuimos a jugar contra el Sevilla. Fue decir mi nombre, usted sabe, en la presentación de los equipos, y todo el estadio coreando «Montero, Montero…». Hasta la megafonía se paró. Me acuerdo, sí, de mi compañero Manolito. Se me acercó y me dijo. «Joder, yo tengo los pelos de punta». En el Sánchez-Pizjuán aplaudían mis jugadas. ¡Tenía que ver las caras de mis compañeros del Cádiz! Estaban asombrados…

—¿Cómo acabó un chico de El Puerto de Santa María en el Sevilla?

—Me llamaron, fui y me quedé en la pensión de la calle Manuel Casana. ¡Fue una época preciosa! Nos quedábamos hasta cinco o seis en un mismo cuarto, en habitaciones grandes, ¿eh? Y siempre cenábamos algo con huevo, sí, me acuerdo que si no era tortilla eran huevos fritos… Como yo no engordaba, siempre fui muy flacucho, un entrenador que teníamos que hacía la selección de juveniles decidió cambiarme a otra pensión. Ni por ésas. Comiera lo que comiera, siempre estaba igual. Y bueno, un día, un futbolista que estaba en el primer equipo, que era de El Puerto de Santa María, me preguntó que qué tal me iban las cosas. Le dije que tenía entrenamiento al día siguiente a una hora determinada en el estadio. Y me dijo. «Pues ésa es la hora a la que entrena el primer equipo de los juveniles». Ése fue mi primer salto, luego, al grande. Al principio fue complicado, incluso recuerdo que antes de saltar al campo la gente, cuando me presentaban, gritaban y decían: «Fuera, fuera…». El míster, que era Carriega, decidió ponerme sólo en los partidos fuera de casa. Perdimos dos seguidos en el Sánchez-Pizjuán y dijo: «Hasta aquí, Montero juega el siguiente en casa».

—¿Y ahora? Montero ha vuelto a su casa, en El Puerto, ¿no?

—Sí, sí, llevo muchos años aquí; tengo una tienda de deportes y en ésas estamos, intentando sobrevivir a pesar de las grandes superficies, de los grandes comercios. Tenía también una tienda de pesca, pero la tuve que cerrar. Pero no me quejo, no me puedo quejar. Tengo cuatro hijos y hemos sacado, mi mujer y yo, a la familia adelante.

—Puede estar orgulloso, a pesar de las casualidades.

—Muchas gracias.

Redacción

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