Pablo Blanco: «Kempes me llamaba obrero y yo le decía arquitecto»

Por  15:22 h.

Cuarenta años en el Sevilla dan para mucho. Es Pablo Blanco, historia viva del conjunto blanco

Sevilla FC: Pablo Blanco posa como capitán sevillista junto al entonces capitán bético, Julio Cardeñosa

-Yo jugaba en el Don Bosco, en el equipo de los Salesianos de la Trinidad, y me tocó defender al delantero centro del Sevilla. Tenía 16 años, recuerdo que era octubre de 1967. Ahí empezó todo. Se fijó en mí Castro Ríos, que estaba en la secretaría técnica, y me dijo que si quería fichar por el Sevilla… ¡Uff! En menudo problema me metí; yo vivía en los pabellones militares, que estaban lejísimos, por Pineda. Por entonces era como si fuera a ir a Moscú. Era el fin del mundo. A mi madre no le gustaba nada la idea porque llegaba todos los días muy tarde. Entrenábamos a las siete de la tarde y claro, la paliza que me tenía que pegar para llegar hasta mi casa era tremenda… Salía por la mañana para ir a clase y hasta las once no aparecía por casa.

-La constancia le permitió ser futbolista.

-La ilusión, sí, aunque era un lío familiar. Y lo cierto es que, por su pregunta, lo de ser futbolista nunca fue una meta prioritaria para mí; yo iba destinado a la carrera militar. Apareció el fútbol y mi vida cambió de rumbo.

-¿Militar?

-Mi padre lo fue. Él falleció cuando yo sólo tenía nueve meses, y ese hubiera sido mi camino.

-Ahora usted es padre…

-Es una sensibilidad especial, intento estar mucho tiempo con ellos, que me vean cerca. Tengo a Pablo, de 10 años, y Sergio, de seis. Por el mediodía vemos «Doraemon» y los muñequitos. Y por la tarde, fútbol, siempre. Enciendo la televisión y busco fútbol por cualquier lado.

-¿Quién es el mejor futbolista que ha visto en el Sevilla?

-¿El mejor? Daniel Bertoni. Sí, ¡qué futbolista! También Suker, Polster, y ahora Daniel Alves.

-¿Y el mejor rival?

-Hay muchos… Kempes era un monstruo, venía de ser campeón del mundo, era dificilísimo pararlo; Cruyff era la leche, el futbolista más completo que he visto en mi vida. También jugué contra Maradona. Y a mí me tocaba perseguirlos por todos lados, hacía un marcaje al hombre. Recuerdo a Kempes diciéndome: «¡Qué pesado sos obrero!». ¡Me llamaba obrero! ¿Y sabe lo que yo le respondía? Lo perseguía por el campo y le decía: «¡Arquitecto, aquí estoy».

-Eso sí que es arte. Hábleme del mayor personaje con el que ha compartido vestuario.

– El mayor personaje que ha pasado por el Sevilla ha sido Biri Biri, sin duda. He conocido a muchos, como Superpaco, Scotta, Bertoni, Enrique Lora… Pero lo de Biri Biri era un espectáculo. Y luego, como futbolista, tremendo… La gente no venía a vernos a nosotros, la gente pagaba por verlo a él. En los primeros meses nos entendíamos por señas. Vivía en la pensión Maruja, en la Gran Plaza. Yo iba a buscarlo y siempre estaba con lo mismo, que si Gambia tiene, que si en Gambia había… Cuando se iba de vacaciones desaparecía, había que irlo a buscar. Fíjese ahora, que sólo habla de Sevilla. ¡Qué época más bonita! Y otro que era un personaje era Rafa Jaén. ¡Éste tiene una entrevista buena! ¡Yo lo tengo localizado…! Te cautivaba por su forma de ser. Fuera del campo era muy simpático, tenía mucho arte; dentro, mejor tenerlo en tu equipo. En la selección olímpica coincidió con Leal, del Atlético, y sabía que tenía un problema en la mano, de escafoide. Fue jugar un partido de Liga contra el Atlético y decirnos: «A Leal hay que darle en la mano, hay que darle…». Se sabía la vida y las lesiones de todos sus rivales. Era una cosa increíble.

-¿Cómo era Pablo de joven, cuando jugaba ya en el primer equipo?

-No sé, normal, tenía mucho tiempo libre, y un poco chuleta sí que era. Pero eso sí, siempre respeté a todo el mundo. Yo rulaba mucho, estaba mucho tiempo fuera.

-¿Por dónde salía?

-A veces iba con algunos compañeros a El Coto. También estaba la discoteca Groucho, pero ahí el que iba más era Pintinho. Es como ahora. Mire, si los resultados son buenos vas a cualquier lado y te invitan; si pierdes, y aunque no salgas ni a la calle, dicen que hasta se han emborrachado contigo…

-De la alegría a la tristeza. ¿Cuándo fue la última vez que lloró?

-Con Antonio Puerta. Me ha dejado muy mal, muy sensible. No hay nada más importante que la vida, ¿verdad? Cuando veo gente enfadada, yo lo digo. «¿Pero no ves lo que ha pasado, para qué te enfadas?». Si estamos de paso. En un minuto te cambia la vida.

-Es cierto.

-Fíjese, el pediatra de mis hijos, que vive en el mismo bloque que nosotros, se cayó en el hospital en el que trabaja, en el Virgen del Rocío, se dio en la cabeza y lleva treinta días en coma, con varias operaciones cerebrales. ¡La vida nos cambia en un segundo!

-¿Cómo le gustaría que le recordasen?

-Como una persona justa; me repatea la injusticia, que la gente hable sin conocerme. Sí, por mi posición —director de la cantera del Sevilla— tengo que tomar decisiones y no siempre es fácil. Ahora he cambiado un poco.

-¿En qué sentido?

-Antes daba más consejos, ahora se los doy al que me los pide. Creo que la gente no escucha. No es fácil que todos los chavales puedan vivir del fútbol. Yo lo digo, por una causa o por otra te pueden tapar el hueco. Por ejemplo, si Daniel Alves está diez o doce años en el club, son diez o doce años que termina con los laterales derechos. Y hay padres que no lo entienden.

-Lo que yo no entiendo, tal y como están hoy las cosas con la ida y vuelta de jugadores, entrenadores, que usted lleve 40 años en el mismo club.

-Sí, no es lo normal, aquí estoy muy bien, toda una vida. En una ocasión, me enteré con el tiempo, el Valencia hizo una oferta por mí; me quería Di Stefano. Me lo dijo Eugenio Montes Cabeza un año después. Y claro, antes no habian representantes, ni tantos periodistas. Había cosas de las que ni te enterabas.

-¿Y cómo se resolvió?

-No, no, yo quería quedarme. Además, me renovaron el contrato y me regalaron un Rolex de acero inoxidable.

-Así da gusto.

-Sí, ¿verdad?

Redacción

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