Pintinho: «El Sevilla de mi época jugaba mejor que el actual»

Por  19:37 h.

Llegó a Sevilla el 23 de enero de 1981 y a punto estuvo de marcharse al día siguiente. Pero se quedó, para siempre. Han pasado casi 26 años y Pintinho presume y se enorgullece de haber encontrado en la ciudad hispalense su casa.

Pintinho

—El día que llegué había cinco grados, en pleno invierno. Yo venía de estar con 40 grados en Río de Janeiro, me quise morir. Se me pasó por la cabeza coger el avión de vuelta, «¿Qué hago yo aquí?», pensé. Salí medio llorando de Brasil y llegué igual a España. ¡Es que nunca había estado en un sitio con tanto frío!

—Pero se quedó.

—Y tanto que me quedé. Recuerdo que vine acompañado de mi abuela. Quería conocer cómo eran las cosas en Sevilla y no se fiaba mucho. Tuvo suerte porque la casualidad hizo que pudiera vivir la Semana Santa y la Feria. Le encantó y se marchó tranquila. Mis abuelos paternos fueron los que me criaron, siempre estaban pendientes de mí. Cuando fiché con 11 años por el Fluminense le dijeron a los directivos que no había problemas, pero que tenía que seguir estudiando, que si no lo hacía volvía para casa. Con sólo ocho días de nacimiento comenzaron a cuidarme mis abuelos.

—¿Y sus padres?

—Hubo unos líos, problemas con un divorcio… Pero bien, tuve una infancia maravillosa, con mucho cariño. Vivíamos bien. Mi abuelo tenía un cargo importante en la calle económica de Río y, de lo bueno, me daba lo mejor.

—¿Le pide algo a la vida?

—Salud para mí y mi familia, mis hijos y mi mujer. ¡Es una abogada tremenda! (se ríe). La conocí en Sevilla… Fue la abogada que llevó mi separación y hoy es la mujer de mi vida. Donde menos te lo esperas… Llevamos 15 años juntos y espero que sea para siempre. Mi hijo pequeño tiene 5 años y es un zurdo bueno, una maravilla. Los que lo ven me dicen que me va a quitar de la ruina. Rivelino, el que jugó en la selección brasileña, estuvo en Sevilla y me dijo que apostaba por Carlinhos. Vamos a ver… Y el mayor está estudiando periodismo en CEADE. Tiene 20 años. Hoy no es futbolista profesional porque no fue constante, le gustaba salir; bueno, le gusta vivir bien.

—Usted no se podrá quejar, ¿no?

—No, claro, no, no puedo reclamar nada a la vida. Yo sé lo que alguna gente dice de mí, que si no era constante. Y claro, también se lo dicen ahora a Ronaldinho. Estoy contento con haber disfrutado del fútbol, de haberlo hecho en equipos de categoría superior, en el Sevilla, en la selección brasileña. Habrá opiniones de todo tipo. Sucede que el Sevilla de aquella época dependía de Pintinho, y si no iba bien, pues la culpa era mía. Nada más llegar a Sevilla los equipos ponían a un defensor todo el día pegado a mí. No siempre era fácil hacerlo bien.

—¿Por qué futbolistas como Romario, Ronaldo…?

—Son polémicos, ¿no? Que les gusta salir por las noches… Los brasileños tenemos la fama, pero aquí todo el mundo sale. Ganábamos un partido y terminábamos saliendo todos, de verdad. Además, ahora es distinto. Cuando yo llegué a Sevilla sólo había dos negros en la ciudad, yo y un universitario. Precisamente, el otro día lo vi, creo que es médico, y lo hablábamos. Se lo dije: «¿Te acuerdas cuando llegamos tú y yo? Así nos llevábamos la fama, que si éramos unos vividores… Pero salía todo el mundo. Ahora hay montones de negros. Luego llegó César, pero en 1981 sólo estábamos el chaval este y yo.

—¿Se ha arrepentido Pintinho alguna vez de algo?

—De nada, nada. Siempre he intentado vivir sin hacer daño. Algunos en broma me dicen que tenía que haber nacido un poquito más tarde, más que nada por las fichas tan altas que hay ahora.

—¿Cuánto valdría Pintinho en el fútbol de hoy?

—No sé, eso mismo me preguntaba el otro día un taxista. Y eso que el que más ganaba en el Sevilla de aquella época era yo. Pero claro, no tiene nada que ver con lo de hoy.

—¿Cuál es el elogio que más le ha gustado que le dijeran?

—Me gustaba leer lo que escribía el periodista José Manuel García. «El rey de Nervión», «Viene la samba», «La perla negra»… son algunas de las cosas que decía de mí. Los reportajes los tengo todavía guardados.

—Hábleme de su Sevilla.

—A Manolo Cardo le gustaba jugar bien al fútbol. Éramos un equipo ofensivo total. Cuando jugábamos en casa ponía un sistema con un 4-3-3. Para mí, el Sevilla de aquella época jugaba mejor que el actual.

—¿Mejor que el Sevilla de Juande Ramos, el de los títulos?

—Para mí, sí. Pregúntele a la gente, al que nos ha visto. Lo que sucede es que el Sevilla de hoy juega al fútbol con una intensidad tremenda, mata al contrario, recupera el balón y al rival lo descoloca. La gente sabe, sí… A nosotros nos gustaba tocar la pelota.

—Un compañero.

—Francisco. Yo se lo digo muchas veces, para mí fue muy importante tenerlo a mi lado; me acuerdo del día ante el Zaragoza, cuando marqué cuatro goles. Debutaban Francisco y Manolo Cardo, como entrenador. Me tocó compartir habitación con Francisco y me tuvo loco… No me dejaba dormir por los nervios que tenía. Le pregunté qué le pasaba, que tenía que dormirse, que si no íbamos a estar los dos fatal en el partido. Se lo pregunté otra vez y me dijo que estaba nervioso, que estaba preocupado por si fallaba el primer pase. Usted sabe que en eso es muy importante acertar para ganar en confianza, sobre todo si ese día debutas. Bueno, lo que le estaba comentando, se me ocurrió una idea, y con el fin de que nos durmiéramos ya se lo dije. «Vamos a ver, Francisco, mañana tú me vas a pasar en el saque inicial. Yo lo hablo con el capitán, Curro Sanjosé, y ya está». Así fue. ¡Uff! Vaya partido que jugó Francisco, qué maravilla. Jugamos como si estuviéramos en el salón de mi casa. Había también compañeros con mucha gracia. Moisés era tremendo, con Álvarez tengo una buena relación. Y sí, sí, y Yiyi. Qué arte, no dejaba a la gente en paz, siempre estaba de cachondeo.

—¿Emociona mirar atrás?

—Claro, es normal, ¿no? A los compañeros los suelo ver en los partidos de los veteranos. Jugamos casi todos los sábados. Ahora estoy colaborando con La Sexta, lo paso bien, pero lo que quiero es dirigir un equipo, pues antes que nada soy entrenador.

—Mucha suerte.

—Muchas gracias.

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Redacción

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