Scotta: «Nunca me pude comer los potajes que hacía Juanito»

Por  18:40 h.

Son las nueve da la mañana —hora argentina— y Héctor Horacio Scotta lleva media hora despierto. Tiene 57 años, habla con nostalgia, le puede la emoción.

Héctor Horacio Scotta con la camiseta del Sevilla FC, en 1976

—Tengo una habitación con cuadros, camisetas, muchas cosas de mi vida en el fútbol y no puedo entrar. No lo hago porque se me caen las lágrimas. En fútbol te jubilás muy pronto, con 30 años ya eres viejo, y cuesta mucho volver a empezar. A mí me costó una depresión, mis hijos me tuvieron que sacar adelante, no quería salir a la calle, no quería comer, todo el día sentado. Lo pasé muy mal. No se lo deseo a nadie, es un momento muy malo. La familia te ve tirado como un papel.

—¿Tanto se echa de menos el pasar a un segundo plano?

—No, no, no es eso. No es que la gente te siga recordando o no; es el horario, me levantaba a las siete y media, me tomaba un mate, luego entrenaba hasta las doce, y después la cervecita con los compañeros. Y de un día para otro se acaba. No es fácil.

—¿Y ahora, cómo está Scotta?

—Bien, ya bien, no más; ahora estoy trabajando para el municipio Malvinas Argentinas en asuntos de deporte. Colaboro con los chicos y estoy bien, sí.

—¿Qué les enseña?

—Básicamente, la experiencia que yo he tenido en mi vida; tratar de sacarlos de las calles, de la porquería, de la droga. Mi país está muy mal. Hay mucha inseguridad. Uno sale a la calle y no sabe si va a volver. Ayer, casualmente, asaltaron a un vecino a las seis y media de la mañana cuando se iba a trabajar. Le dieron en la cabeza, y él se enfrentó. Son menores de edad, van armados, hay que cuidarse. Se vive con miedo, sobre todo por la familia, que si le puede pasar algo a algún nieto, algún hijo…

—¿Cuántos hijos tiene?

—Está el varón, Leo, y la niña, Cinthia, que vive en Sevilla precisamente. Llegó siendo una niña a España y con los años decidió volver. Y claro, la extraño, también a mi yerno, pero sobre todo a mis nietos. (Suelta una carcajada).

—La distancia…

—Así aprendí a manejar la computadora; en mi época me gastaba un gran dinero en el teléfono. Ahora, con internet, el cambio es total. Aprovecho también para escuchar la radio del Sevilla. Mandé, incluso, un mail dedicado a Antonio Puerta, unos días después de su fallecimiento. Lo sentí mucho; conozco a los papás de Puerta de una vez que coincidimos en el bar de Baby Acosta. Qué desgracia.

—Se queda uno sin palabras, ¿verdad?

—Cuando Dios nos llama…

—¿Qué le pide usted a la vida?

—Salud para mi familia, siempre. Para los desfavorecidos también. Es que en Argentina llevamos diez años muy malos, con los mismos políticos. Si es que uno va a votar y piensa. ¿a quién voto yo ahora? Todos son iguales.

—Bilardo se llegó a presentar a presidente del país, ¿no?

—Bilardo ya no sabe ni lo que hacer, se debe aburrir en casa. Todos los días leo el diario y veo que Bilardo está haciendo una cosa nueva.

—¿Cuál es el mayor elogio que le pueden decir?

—Eres una buena persona, honesto. Eso es máximo.

—No parece que el fútbol de hoy esté ligado a la honestidad…

—Mirá, cuando yo jugaba no había representantes. Yo arreglaba mi contrato directamente con el presidente. Y no se ganaba lo que hoy, qué barbaridad. ¿Cómo puede ganar un futbolista tanto con la pobreza que hay en la tierra? ¿Pero por qué no miramos a África? Nadie se fija en eso, ningún gobierno, nadie. No hay derecho a que se pague tanto a un futbolista viendo a los chicos con piel y hueso.

—¿Qué propone?

—Ayudar, como siempre hice. Hacer algo.

—¿Cómo fue Scotta de niño?

—Una vida humilde, no quise estudiar y trabajé de muy chico. Fui ordenanza municipal de mi pueblo, era el que limpiaba, el que hacía los mandados, el que servía el té o el café. ¿Y sabe? Apareció el fútbol, pero si me pregunta si volvería atrás, le digo que sí, que no tendría problemas en ser de nuevo el ordenanza.

—Pero usted estaba “tocado” para ser futbolista.

—Qué bueno, me acuerdo cuando apostaba con Paco, el arquero, una cervecita al final de los entrenamientos. Le tiraba y le tiraba. Y me acuerdo de Juanito, qué chistoso era, podía haber sido cómico. Veo a Julián Rubio cuando vino a mi casa… Son muchas anécdotas, muchas vivencias. Muchos momentos compartidos. Recuerdo que Juanito, cada cierto tiempo, invitaba a toda la plantilla a su casa a comer potaje. Lo hacía él. Yo le decía: “Juanito, mirá, yo voy a tu casa, pero yo no como potaje”. A mí lo que me gustaba era un asado. Cuando veía ese potaje, con chorizo colorado, con patitas de cerdo… No podía.

—¿Pero alguien se comía el potaje o no?

—Sí, sí, la gente se ponía… Gallego, San José, comiendo y comiendo.

—¿Y el peso?

—No había problemas; antes nos pesaban todos los días. Me acuerdo de que Carriega siempre insistía en el peso. Me decía: “Pesás 76,5, tenés que volver de las vacaciones con el mismo peso”. ¿Y sabe? Llegué con dos kilos menos. Carriega se volvía loco. “¿Usted fue a Argentina a comer o no?", me decía. Algunos sí llegaban con más peso, pero lo perdían pronto.

—¿Cómo?

—Con las pretemporadas, íbamos a Carmona, a las montañas. Yo estaba acostumbrado a las playas, a la arena, pero lo de la montaña era de locos. La primera vez me perdí. Así como le digo. Íbamos corriendo y los muchachos me dejaron atrás. Yo no sabía para donde tirar, y la única solución que se me ocurrió era volver para atrás. Me quedé loco. ¿Sabe lo que hice? Paré un coche y le dije al conductor: “Soy futbolista del Sevilla y me he perdido. Me puede llevar al hotel por favor”. Vaya la cara que puso el señor. Y vaya la cara de mis compañeros cuando llegué al hotel. "¿Pero qué hacés?", me decían. Claro, si me habían dejado sólo, ¿qué iba a hacer? Que bien lo pasé en el Sevilla…

—Bien lo he pasado hablando con usted.

—Gracias por acordarse de mí

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Redacción

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