Superpaco: «Como no me lancen un dulce no me tiro a parar nada»

Por  23:01 h.

Decir Francisco Ruiz Brenes es decir Superpaco, o lo que es lo mismo Sevilla Fútbol Club, superación y seguridad, la que muestra incluso cuando habla.

Superpaco junto al entrenador Carriega, en 1978

—Superpaco…

—No, no, la gente me llama Súper. Que sí, ¡ahí viene Súper!, que sí, Súper… Me lo puso un periodista que se llamaba Fernando Gelán después de un partido que jugué con España contra Bulgaria. Hasta ahora. En el último minuto paré un penalti que nos clasificaba para las Olimpiadas. Ahí empezó lo de Súper. Sí, hace ya muchos años.

—Treinta y un años.

—Sí, sí. A veces sueño que voy a salir al campo y que suena el pito dos veces en el vestuario y a mí me falta un guante. ¡Es curioso! Yo no sé cómo será ahora; en mi época sonaba un primer pitido que significaba que quedaba poco para saltar al terreno de juego y el segundo era que ya tocaba… Y lo que le contaba, hay veces que me despierto agobiado porque sueño que mientras mis compañeros salen a jugar a mí me falta una bota o un guante.

—Sí que es curioso.

—Mire, a mí, ahora, me pasan unas cosas muy raras. Por ejemplo, cuando pierde el Sevilla yo ya sé que no voy a poder dormir; peor que cuando jugaba. Y no sé, a veces lo pienso, y… claro, el Sevilla es una parte mía. Yo me acuerdo de cuando vino el Madrid, el Valencia… y ofrecieron 40 millones de pesetas por ficharme. Era una época en la que lo que más se pagaban eran ocho o diez millones. Miguel Muñoz me lo dijo cuando me entrenó: «¿Sabía usted que el Real Madrid lo quería fichar?» Al final, se llevaron a García Remón, que jugaba en el Oviedo.

—Igualito que ahora, ¿no?

—Lo que ocurre es que los que veníamos de abajo con tener para comer ya nos bastaba. Ponernos el escudo era más que el dinero. Yo me vestía de sevillista y me moría…

—Me dijo Bertoni que usted hacía los movimientos de la pantera rosa a la hora de pedirle al presidente, Montes Cabeza, las primas.

—¿Sí? Es verdad. Yo al presidente le daba mucha coba. Cuando ganábamos un partido y venía don Eugenio al vestuario le decía a los chicos: «Un aplauso para don Eugenio». Todos aplaudíamos y él, lógicamente, se moría. Yo no era el capitán, pero tenía mucha confianza con el presidente. ¿Sabe por qué dejé de ser el capitán? Llegué antes que Pablo Blanco y me correspondía, pero un día, en San Mamés, hubo una jugada comprometida en el área de Iríbar y fui corriendo. A la vuelta estaba asfixiado y se lo dije a Pablo: «Mira, mejor que tú seas el capitán».

—¿Cuántos amigos le ha dejado el fútbol?

—Una barbaridad. ¡Qué arte tenía Juanito! No puedo olvidarlo. Un día, mientras estaba sentado Biri-Biri en un sofá, se acercó por detrás y le empezó a jalar de los labios. Tenía que ver a este Biri-Biri corriendo detrás de Juanito por el salón. Luego lo repetía y Biri ya se reía. Le decía: «Biri, silba que tus labios son como los de una vaca». Pablo Blanco también, Antonio Álvarez, Gallego, Yiyi, el loco Bertoni, Lora…

—Dicen que la amistad se ve en los momentos malos.

—Sí, eso es verdad. Cuando yo pasé mi etapa mala, usted sabrá cuál es, el que llevó la bandera fue Enrique Lora. Yo tuve un problema muy gordo… Un día le pegaron a mi hijo entre cinco y decidí enfrentarme a ellos con tan mala suerte que los vi. Hoy sigo pensando que tenía que aguantarme. Desgraciadamente no pude, y se armó un follón muy grande. Esto fue en 1987, diez años después me llamaron para el juicio y me llevaron a la cárcel. Fueron 28 días. No estuve con la gente chunga, pero fue muy doloroso. Me daba vergüenza. Yo no había matado a nadie. Tengo tres hijos y se metieron con el más apocado, con Paquito. Le pegaron, le mearon, le dieron una paliza tremenda. una barbaridad… Y yo, claro, como padre, fui a buscarlos. Me he arrepentido mucho de eso. Ojalá no los hubiese visto.

—Ya.

—Pero fíjese cómo son las cosas, que precisamente la que hoy es mujer de Paco, que es abogada, tiene un tema penal contra uno de ellos. La casualidad también por una agresión.

—¿Y ahora?

—Valoro mucho la vida, lo que tengo, lo que he conseguido. Vivo de forma muy cómoda, tengo mi barco con mi bandera del Sevilla arriba, mi casa en Sotogrande, con unos restaurantes voy bien… No me va mal la cosa, la verdad.

—¿Cree que ha cambiado algo su forma de ser?

—No, yo creo que no. Hace un par de días estaba hablando con un marinero y me dijo: «Oiga, usted se porta con nosotros mejor que nadie». Soy sencillo. Antes de tener no he tenido…

—Eso es importante para tener los pies en la tierra, ¿no?

—Mi vida no fue fácil; con 16 años me fui a Sevilla y apenas tenía dinero para coger el autobús para ir a entrenar. Me quedaba en una pensión y allí comía.

—Hábleme de un portero, del que quiera.

—Palop, el que tenemos es magnífico. Está aprovechando el buen momento del equipo, que es el mejor de la historia. Sí, me gusta mucho Palop.

—¿Cuál fue su última parada?

—Hace por lo menos 14 ó 15 años, en un partido de veteranos con el Algeciras. ¿Y ahora…? Como no me lancen un dulce no me tiro a parar nada.

—Sí, señor, qué arte. Muchas gracias

—Abrazos.

Redacción

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