Comida española y cocheros vestidos de «flamencos»

Por  11:35 h.

Sábado 28 de julio
Fantástico el ambiente que viví en la cabina vip del campo de los White Sox de béisbol. El único problema fue que estuve a punto de crear un problema diplomático y a nuestro ministro de Exteriores, Moratinos, no se le da bien la Administración Bush. Vamos, que te defiende y acabas en Guantánamo. Resultó que antes del partido, con las urgencias, yo escribía mis crónicas en el palco para mandarlas a Sevilla y no caí en que sonaba el himno americano. La mirada que me echaron los colegas fue suficiente para dejar de escribir, ponerme en pie y escuchar respetuosamente el himno cantado por una chica de color.

ImageHorterada andante. Tras dormir espléndidamente bien y un desayuno continental, me eché a la calle en mi segundo día en la capital de Illinois. Y en la zona más comercial de Chicago me topé con una parada de coches de caballos. Yo no sé quién se atreverá a montarse en uno de ellos, porque parecerá que lo llevan a hacer la primera comunión. Son como los sevillanos, pero pintados completamente de blanco y los cocheros van vestidos como si estuviesen a punto de marcarse un «zapateao» en el tablao de Los Gallos: chaleco y pantalón negro y camisa blanca. Sólo les faltaban las chorreras. Cómo se sentirán de ridículos, que Susan García, puertorriqueña y cochera, se negó en redondo a ser fotografiada.

ImageRey Midas español. José Lagoa, un gallego que lleva en Chicago 33 años, es el dueño del mayor restaurante de comida española que opera en Estados Unidos. Se llama Café Ibérico, los televisores echan la programación de TVE y la música que se oye es la de Duncan Dhu. Un cartel en la entrada te recuerda que estás en territorio del dólar: «Si bebes para olvidar, paga antes de empezar». Su negocio es de récord Guinnes: restaurante de tres plantas, 2.500 metros construidos, 110 empleados de más de 20 nacionalidades, 1.500 comensales diarios y una zona gourmet exclusivamente dedicada a la venta de productos españoles. La caja diaria que hacía no la dijo, pero a cambio nos enseñó el proyecto de su vida: un hotel de cinco estrellas con 100 suites que está construyendo en la zona más cara de Chicago. Apunten su nombre: Hotel Castillo.

ImageLos vigilantes de la playa. Me habían comentado que una de las atracciones de Chicago son las orillas del lago Michigan, al que se asoma la ciudad, que los residentes toman como si fueran playas. Con una población de casi diez millones de habitantes –sólo Nueva york y Los Ángeles la superan– me las imaginé atestadas, pero hete aquí que no había un alma. Bueno, sí, los vigilantes de la playa, que no son como los de la tele, precisamente. Las chicas van vestidas igual, de naranja, y su turno de trabajo, según me contó Janette, es de ocho horas. Ni un minuto menos, que la vigila su jefe, Saúl Aguirre, mexicano, que empezó en el oficio con 15 años y ahora lleva galones de mando, de los que se enorgullece. Dice que los vigilantes no pueden hablar ni hacerse fotos, pero me deja que robe» algunas suyas mientras mira al horizonte. Por allí, Janette bosteza, un perro corretea de aquí para allá y es el único que se puede ahogar, y un tipo llamado Bruce M. Groeper, fisoterapeuta, tiene un chiringuito en el que da masajes a 30 dólares la hora. Si el perro no se apuntó, poco negocio hizo…

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Redacción

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