En la “ciudad del viento” el aire sale por un tubo

Por  17:15 h.

Viernes 27 de julio

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El ‘Chicago Trophy’

Cuando el Sevilla llegue hoy a Chicago, con el retraso de la expedición, yo ya voy a ser un veterano en la ciudad que entre las fechorías de Al Capone y las «levitaciones» de Michael Jordan es conocida en todo el orbe. Llegué al segundo aeropuerto por el que transitan más pasajeros del mundo desde el primero, el de Atlanta, en el que tuve que esperar seis horas tras mi llegada desde Madrid. No me convertí en Tom Hanks, el protagonista de «La Terminal», de milagro.

El taxista etíope. La primera persona con la que cruzo unas palabras en Chicago es con Mantoni, taxista de profesión, etíope de nacimiento y como para dar clases particulares de inglés pese a llevar ya cinco años en la ciudad de la torre Sears. Como me ve cara de colega trata de colgarse de mí con contrato indefinido durante mi estancia aquí. Ni la higiene del coche ni su pinta me infunden demasiada confianza, pero acepto hacer con él la vuelta al aeropuerto el lunes.

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Un taxista con su peculiar aire acondicionado

El taxi no es suyo, sino de una empresa, y cuando coloca mi maleta en él no puedo dejar de pensar en las películas del género negro americano cuando meten los cadáveres en el maletero. El suyo es enorme. Cabrían tres personas.

Un tubo como una serpiente. Entendía mejor en Shanghai hablando a un chino en mandarín que a Mantoni en inglés. Y en español sólo acierta a decir Real Madrid, Barcelona y George Finidi -sí, el ex jugador del Betis-, lo que no da ni para hablar del tiempo. Tampoco es que importe mucho porque iba alucinado con un tubo que sale de la parte delantera del coche y llega hasta atrás. A Chicago la llaman la «ciudad del viento», pero el aire va por un tubo. El aire acondicionado del viejo trasto del amigo etíope, que al ver la cara de asombro que pongo me promete que en el viaje de vuelta al aeropuerto me podré sentar junto a él. No sé…

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Margarito haciendo tortillas

A la rica tortilla. Una vez alojado en el hotel toca desayunar. Y nada más entrar en el restaurante nos encontramos con Margarito, un mexicano que se dedica exclusivamente a hacer tortillas. El tipo se mueve como una estrella de rock. Estoy por decirle que una sencillita, francesa, cuando observo la que está preparando para otro huésped. Una tortilla «políglota», con diez ingredientes al menos entre los que no escasean ni los tomates ni el pescado. Una cosa. Margarito, que sabe de la llegada del Sevilla, dice en broma que a los jugadores blancos les a va a cambiar las tortillas por entradas para los partidos para él y su hijo de 12 años, pero no creo que la dieta del doctor Escribano contemple un desayuno con tortillas americanas.

Las tres mil y una viviendas de Chicago. Nada como el Metro para moverse por una gran ciudad ni nada como el desconocimiento de ella para jugarse el pellejo. El caso es que desde una parada en North Michigan Square, muy cerca del hotel en que me hospedo, puedo ir directamente siguiendo la línea roja al campo de béisbol de los White Sok («Medias blancas» en español), uno de los clubes deportivos más representativos de la ciudad. Pero resulta que el estadio está enclavado al lado de la zona más difícil de Chicago, donde la Policía no entra si no es precedida por las tanquetas blindadas. Salí por la boca de metro equivocada y sin darme cuenta, según me comentaron luego los colegas americanos en el estadio, me paseé por «zona de guerra».

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Ozzie Guillén en el estadio de los White Sox

Esto es América. Mi idea era ver un partido de la Major League de béisbol, uno de los deportes más populares en Estados Unidos. Curioso que en las cuatro esquinas del estadio, por fuera, grupos de rocks amenizaran la espera a los aficionados desde horas antes del partido. Cuando voy a buscar mi acreditación de prensa, sorpresa. Me conducen hasta el sótano del estadio y cuando me vengo a dar cuenta estoy rodeado de tipos en calzoncillos. Me encuentro en el vestuario local, con la mirada de todos fija en mí, el nuevo espécimen de la canallesca que osa entrar en su territorio mientras se preparan para saltar al «diamante» (cancha de juego del béisbol que semeja dicha piedra preciosa). Al final me senté al lado del entrenador, Ozzie Guillén, un tipo con cara de muy buena gente que viéndome perdido entabló conversación conmigo (luego supe que fue una de las grandes estrellas del béisbol americano en la década de los ochenta). Y resultó ser un fanático de los toros: «Si hay una corrida en la tele o el mejor partido de béisbol, elijo los toros. En noviembre quiero ir a España, el problema es que esas fechas me parece que no hay corridas, ¿no?. Joder, qué mala suerte». Se ve que estaba puesto en el arte de la tauromaquia, justo lo contrario que el periodista. «Cuando me retire voy a irme a vivir un año a España para ir a todas las corridas», comenta. Al final, se pone la camiseta del Sevilla, después se la coloca en el bolsillo de atrás y sigue dando entrevistas. Un empleado del club me invita a seguirle. Veré el partido desde una cabina. No es de esas de uralita, precisamente, a la que estamos acostumbrados en los campos españoles. Soy un invitado y me colocan en una cabina vip, rodeado de lujos. Si Mantoni me ve lamentaría no haberle cobrado triple a tamaño «potentado».

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Redacción

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