Entre el balón y el capirote

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No es el escenario más deseado por las autoridades públicas la dispersión en focos en días de acontecimiento de una ciudadanía que, precisamente por encontrarse dividida y poder llegar a colisionar o crear reflujos en un momento de riesgo de desorden urbano, se vuelve más incontrolable en una situación que redobla la exigencia de control y vigilancia. Si bien se trata más de la excepción, el apretado calendario futbolístico, la servidumbre que imponen los imprescindibles contratos de televisión, la necesidad de unos horarios respetuosos con el comercio para evitar estadios vacíos y la potestad, casi de imperio, de organismos ajenos a la Liga, léase la UEFA, en el caso de competiciones internacionales, han obligado en los últimos años a adoptar medidas de seguridad excepcionales para garantizar la ausencia de incidentes cuando no ha habido más salida que coordinar la celebración de la Semana Santa de Sevilla y un encuentro de fútbol de alto nivel en la ciudad: esto es, decenas de miles de personas viendo procesiones, y más de treinta mil aficionados ante su otro santuario, el quincenal, el del fervor deportivo.

La escasa sensibilidad hacia una tradición que más allá de las condiciones de seguridad requiere el respeto de su exclusividad, impone la incomprensible coincidencia este Lunes Santo con motivo de un Sevilla-Mallorca programado para las nueve de la noche por mor de la unilateralidad contractual en este ámbito en favor de los operadores televisivos, en complicidad con la Liga de Fútbol Profesional. Pero, por más que la indignación en el Sevilla y el sevillismo cofrade haya estallado en toda su extensión, toda vez que durante unas tres horas el sevillista amante de la Semana Santa tendrá que elegir, no es la primera vez, ni parece que la última, que el Sánchez-Pizjuán tiene que abrir sus puertas para celebrar un encuentro mientras el resto de la ciudad pone sus ojos en palios y crucificados. Todo ello, además, con el club de Nervión promocionando dos entradas a diez euros para cada socio. Se impone captar seguidores, porque no son tiempos boyantes y el equipo necesita ganar la disyuntiva del aficionado, que ya tuvo que elegir, sí…

5 de abril de 2007. Jueves Santo. Sevilla-Tottenham. Apertura de los cuartos de final de la Copa de la UEFA, la segunda consecutiva que ganarían los de Juande Ramos. Que el máximo organismo del fútbol europeo no entiende de sentimiento cofrade ni de las más mínimas nociones de flexibilidad en fechas y horarios, quedó de manifiesto de forma meridiana en vísperas de este encuentro que el Sevilla remontó (2-1: Kanouté, de penalti, y Kerzhakov; Keane). Se imponía una solución al marrón que se les venía encima al Ayuntamiento y la Subdelegación del Gobierno, pues, con o sin entrada, se anunciaba la llegada de más de cuatro mil ingleses. Un partido programado para las 20.45, con la Semana de Pasión entrando en apogeo, ya que al Jueves Santo le sucedía la Madrugá, con lo que ello significa de afluencia de gente al centro de la ciudad. Se medió ante la UEFA en vano: incluso desde la Subdelegación se apuntó la disposición a «invitar al presidente Platini para que venga a ver la Madrugá y pueda entenderlo». La UEFA se escudó en que ya existía una jurisprudencia con motivo de festividades religiosas: nunca se había hecho una excepción. Jugar el Martes Santo tampoco se contempló.

«Hooligans» en la grada

En éstas, decidido el plan B de concentrar a los hinchas ingleses en un hospitality frente a Santa Justa, los vecinos del entorno mostraron sus quejas por lo que entendían como autorización de un macrobotellón y la seguridad privada del Sevilla se declaraba en huelga para ese jueves. Al final, los incidentes se limitaron, en las gradas de un Sánchez-Pizjuán con treinta y cinco mil espectadores, a una treintena de seguidores del Tottenham, de diez durante el día en general, que se enfrentó con la Policía. El resultado: cargas, sillas rotas, heridos.

9 de abril de 2006. Domingo de Ramos. Para las siete de la tarde se programa el Sevilla-Zaragoza, de la trigesimosegunda jornada de Liga (1-1: Sergio García; Maresca en el último minuto). El Sevilla, en el que eran noticia por cierto las grandes colas para viajar con el equipo a Gelsenkirchen (aquella eliminatoria de UEFA que cambió la vida al sevillismo), había solicitado jugar a las doce, como había sido tradición desde decenios, antes de que se impusiera adelantar el partido al Sábado de Pasión, y el Zaragoza tenía idéntico interés ya que así disponía de más tiempo para preparar la final de Copa el Miércoles Santo en el Bernabéu frente al Español (perdería por 4-1). Televisión y Liga no atendieron a razones y en pleno día grande de la Semana Santa más de treinta y cinco mil personas, cifra habitual en Nervión, lo que son las cosas, aparcaron el capirote por el balón. Ese Domingo de Ramos la recogida de las cofradías contó con un reflujo esperado. Suerte que, como en el caso del Jueves Santo, no había procesiones que pasaran por el barrio. Pero es que eso, sí, ya había ocurrido.

8 de abril de 1998. Miércoles Santo. Sevilla-Hércules (1-0: Carlos mantenía alguna esperanza de alcanzar la promoción de ascenso a falta de seis partidos). No existía el fútbol de pago ni la televisión dominaba el planeta fútbol. El encuentro no se daba por la pequeña pantalla, ya que además el Sevilla penaba por la Segunda. El club local ponía la hora en una jornada intersemanal obligada por lo apretado de las 42 fechas que tiene, todavía hoy, la categoría. Ocho y media de la tarde. Primer y único partido en el Sánchez-Pizjuán en Miércoles Santo. El final coincidía con el regreso de dos cofradías del barrio —junto con la de San Benito las dos a las que el club tradicionalmente ha visitado en sus templos para hacer una ofrenda a sus titulares—. Se trataba de La Sed, cuyo paso cortaba Luis Montoto, y San Bernardo, lo mismo pero con Eduardo Dato. La Sed, con un cortejo de unas mil seiscientas personas, es la que pide, mediante escrito dirigido al Ayuntamiento y la Delegación del Gobierno, que se cambie la hora del Sevilla-Hércules, al tiempo que expresa su profundo malestar con el consejo presidido por Rafael Carrión por no haber impedido la situación. La negativa del club obliga a una reunión entre las autoridades, la Hermandad, el Sevilla y los Cuerpos de Policía para reforzar la seguridad. A la ausencia de incidencias ayudó la escasa asistencia al estadio. Consecuencias de estar sumidos en una honda crisis institucional y deportiva.

Con todo, y de ahí que otros precedentes reflejen partidos el Sábado de Pasión, en la matinal del Domingo de Ramos (contra el Sporting en el 99, el Zaragoza en el 96 y el Oviedo en el 93) o en un día más tranquilo como el Sábado Santo (ante el Tenerife en 2010 o el Real Madrid en 2002), no se ajusta a la sensatez la designación en uno de los días centrales de tan magno festejo. Al menos este Lunes Santo no habrá procesiones en las calles de Nervión más allá de Kansas City y Soleá; ahí se quedará el Cautivo del Polígono, si la lluvia lo permite.

Maradona y el control antidoping

Antes de que se respetara el deseo de los clubes sevillanos de adelantar sus partidos al Sábado de Pasión y de que la televisión impusiera su dictadura, era usual jugar el Domingo de Ramos a las doce del mediodía. Una de las últimas veces que ocurrió en el Sevilla fue en la temporada 92-93, con Bilardo en el banquillo y Maradona en el campo. Era el 4 de abril del 93. El Oviedo ganó en Nervión 0-1 (Carlos, de penalti; se rompía la tradición victoriosa del Domingo de Ramos). La anécdota estuvo en que el astro argentino tuvo que pasar el control antidopaje, algo que no extrañó al Pelusa, según dijo, después de que esa semana fuera sancionado por dopaje (cocaína) su compañero en la selección Caniggia. Éste volvería tras la sanción para el Mundial de Estados Unidos, en 1994, del que Maradona fue expulsado por… un positivo.