Jesús Despojado

Por  12:20 h.

Mi tristeza no es porque se nos haya ido un jugador excelente, maravilloso. Me aflijo porque se va lejos de Nervión un jugador que, cuando besaba el escudo, lo hacía como lo hace ese hijo tuyo que llevas de la mano a Nervión y le inoculas la bendita enfermedad de la palangana. Solo los niños y los jugadores como Navas besan nuestro escudo de verdad. Como se besa a la primera novia. Como se besan las manos gubiadas de la imagen de tu devoción. Un beso es una muestra de amor y respeto que no pueden devaluar los que besan en falso, como Judas entre los olivos de aquella noche evangélica. Un beso es la plasmación sincera, emocionada e intensa de un sentimiento. Y Jesús Navas, como tu hijo cuando lo llevas al Pizjuán, sabe besar el escudo de verdad. No es mentira que otros también lo besan. Pero de forma profesional. Muy profesional. Esperando quizás la algarabía de una grada loca por entregarse a un nuevo ídolo… falso. O buscando la foto fácil que, al día siguiente, los periódicos y las televisiones pasearán por peñas, casinos, bares y clubes de fans dando una imagen incierta de lo que es la militancia. Entre compromiso y publicidad hay una enorme diferencia que suele delatar los sentimientos.

El fútbol español se ha arruinado, se ha vuelto pobre. Y vemos cómo despoja a nuestras canteras y a nuestros equipos la Europa rica. Antes, ojo, nosotros pertenecimos a ese club de potentados que despojaban los potreros argentinos y brasileros, para traernos, a buen precio, joyas como Baptista, Alves, Adriano, Renato. El mundo da muchas vueltas. Y lo que hoy está arriba, mañana se puede arrastrar por el piso del zaguán de una iglesia pidiendo limosnas para comer. Así está nuestro fútbol. Atacado por la miseria. Comido por la ruina. Con muchos clubes de primera y de segunda en situación preconcursal. Vivíamos en palacios con grifos de oro y ahora lo hacemos arrojados al arroyo de los desheredados. El Sevilla es uno de esos equipos. Como tantos otros de nuestra liga de las estrellas… fugaces. Una de esas estrellas, quizás la más luminosa para el sevillismo, sin dudas la más invocada por los nuestros en las noches donde nos hacía falta que la magia se vistiera de blanco, se ha tenido que ir a trabajar a Inglaterra. Otro joven más que se va lejos de la plaza de su pueblo para solucionar su vida y arreglar, en buena medida, la de su casa. Jesús ha sido despojado de lo que más amaba: el equipo donde aprendió a regatear a los charcos y que, en tiempos de bonanza, compró para él solo todos los terrenos de las bandas derechas de los campos de fútbol españoles, europeos y mundiales. Se hizo terrateniente. Dueño de una pampa futbolera que iba de portería a portería en cualquier campo. Tanta grandeza no le hizo olvidar sus orígenes y siguió respetando como muy pocos al escudo. Tan de verdad que parecía besar los pies del niño de quien tomó su nombre. No se ha ido sólo un enorme jugador. Se ha marchado un sevillista de corazón.

Otros antes que él también se marcharon. El mismo Palop que merece que hagamos en una portería del Pizjuán un altar a su memoria como en Roma se levantaban altares a los cónsules vencedores. Se marcharon todos los que nos hicieron grandes, confiados y felices. Pero la marcha de Navas a mí, personalmente, me ha afligido de manera especial. Quizás porque él sí nació en el Sevilla. El Sevilla de las muchas horas en los campos menores, en la polvarea de las sub divisiones, en el espejo ilusionante de la cantera. Navas es cien por cien producto nacional sevillista. La bandera de un ejército autóctono que campó a sus anchas por el mundo cosechando trofeos y haciendo prisioneros encantados de su fútbol. Se marcha Navas por un buen puñado de euros. Más los que le perdona a su club de toda la vida. Despojado de Jesús echo mano del poeta para cantar con Hernández aquello de «aunque tú no estás, mis ojos de ti, de todo, están llenos». Te seguiré soñando en tu ausencia. Si yo tuviera que sustituirlo, primero aprendería a besar de verdad y, después, derramaría romero y juncia por la banda por la que Navas ensanchó los caminos del Sevilla. Ese amor de Jesús despojado…